Historia de la Diócesis Dctos: Papa Juan Pablo II
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«Cristo: Pan de Vida y el Pan de cada día»

1) Hechos de los Apóstoles

El libro de los Hechos que hemos leído durante tiempo Pascual nos ha ambientado en la experiencia comunitaria y solidaria de las primeras comunidades cristianas que eran constantes en escuchar las primeras enseñanzas de los apóstoles, en la comunicación de bienes, en la comunidad de vida, en la fracción del pan y en la oración.

La Eucaristía se había convertido en fuente originante y central de aquellas comunidades cuyo testimonio de comunión y solidaridad resultaba tan elocuente y convincente.

Los creyentes tenían todo en común, partían el pan en las casas y comían juntos. Eran bien vistos por todos y el Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando como dice el libro de los Hechos. En la comunidad cristiana primitiva no había pobres, no porque fueran ricos, sino porque todo se compartía, es decir, se vivía el ideal de la solidaridad.

A la luz de esta experiencia pos-pascual de fraternidad cristiana, queremos examinar hoy nuestras comunidades cristianas, locales, diocesanas y aún más allá de las fronteras de la Iglesia, cuando encontramos a otros hermanos o hermanas que viven la solidaridad y saben compartir el pan y los bienes de esta tierra que Dios ha puesto para el crecimiento y el bienestar de todos sus hijos.

Sabemos sin embargo por el apóstol Pablo que muy pronto en su propia comunidad de Corinto se produjeron situaciones de división e incluso de escándalo que contradecían el signo de la comunión y de la fraternidad entre los invitados a la mesa del Señor, lo que en términos actuales pudiéramos expresar en términos de bienestar y de abundancia de unos pocos y en empobrecimiento creciente de la mayoría de los pueblos, llegando incluso a la pobreza extrema y a situaciones de exclusión.

2) Multiplicación de los panes

"¿Dónde podremos comprar pan para que coman éstos?" Se preguntaba el apóstol Felipe ante la solicitud y la preocupación de su Maestro que pretendía dar de comer a una multitud hambrienta de pan.

Y nosotros seguimos preguntando lo mismo. Y el reciente documento de este Consejo Pontificio «Cor Unum» ha cuestionado y planteado en todos los tonos y en todos los aspectos el problema del hambre en el mundo.

Nosotros, discípulos del Señor Jesús, somos los encargados de realizar el milagro de la multiplicación de los panes recogiendo inteligente y solidariamente los panes y los peces de los que hoy dispone la humanidad y que deben alcanzar a todas las bocas y distribuir más equitativamente los recursos disponibles para saciar el hambre de todos los hombres y mujeres del mundo.

Como creyentes y continuadores de la obra de Jesús no nos contentamos con saciar el hambre de estómago, sino queremos al mismo tiempo saciar su hambre de Dios alcanzándoles el Pan de Vida eterna: la Palabra y el Cuerpo y la Sangre del Señor Crucificado y Resucitado.

Su Santidad Juan Pablo II en su primera visita al Perú en 1985 clamaba como el Buen Pastor ante la muchedumbre reunida en la ciudad de Lima en Villa El Salvador: «Hambre de Dios Sí, Hambre de pan No».

Este grito del Santo Padre inspiraría luego el himno del Congreso Eucarístico y Mariano de los países Bolivarianos celebrado en Lima en mayo de 1988: «Danos hoy hambre de Dios, aliméntanos Señor y que el fruto de tu amor limpie el rencor, nos de la paz, traiga el perdón».

El Papa durante el encuentro que tuvo con los pobladores de los pueblos jóvenes de Villa el Salvador en Lima, caracterizó al pueblo peruano como un pueblo con Hambre de Dios y con Hambre de Pan, es decir, un pueblo con un hondo sentido de Dios y fuertemente golpeado por la crisis económica-social que no permite su desarrollo integral como personas humanas y como hijos e hijas de Dios. La Iglesia peruana nos dijo el Papa, debe de responder a estas dos hambres del pueblo peruano, para ser fiel al doble Ministerio que le ha sido confiado, el de la Palabra y el de la Mesa del Cuerpo y Sangre del Señor.

3) Congreso Eucarístico Bolivariano (1988)

Los Obispos del Perú con motivo del Congreso Eucarístico Bolivariano hemos escrito una Carta Pastoral en cuya preparación participé muy activamente y que lleva por título: «La Iglesia cuerpo de Cristo que vive del cuerpo de Cristo» y cuya motivación y lema era el siguiente: «Te reconocemos Señor al partir el Pan».

He aquí algunas de nuestras reflexiones de entonces.

a) La Eucaristía manantial de vida

Durante las celebraciones eucarísticas dominicales oramos fervientemente para prepararnos al V Congreso Eucarístico Bolivariano: «Señor Jesús, Pan de Vida, Tú nos dices «el que viene a Mí nunca tendrá hambre, el que cree en Mí nunca tendrá sed»". Con ello queremos expresar que la Eucaristía, por voluntad del Señor es manantial y fuente de vida personal y comunitaria de todos los miembros de la Iglesia.

La Iglesia es el Pueblo de Dios que vive y se alimenta del Cuerpo de Cristo y se hace al mismo tiempo Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. La comunión en la mesa de Cristo asegura su unidad y construye la comunidad, pues todos comemos del mismo Pan. El Señor es uno, pero está presente en todas partes, y se sienta a la mesa con los suyos al unirlos entre sí y con El mismo.

La participación plena y consciente en la Eucaristía, especialmente los domingos, nos alimenta y dispone para el compromiso cristiano de construir la unidad y la fraternidad hoy tan resquebrajada entre nosotros en el Perú: «Reconcílianos contigo, aliméntanos, fortalécenos y renuévanos por tu Eucaristía y tu Palabra, para que reconciliados entre nosotros como hermanos, seamos capaces de edificar todos unidos la ansiada Civilización del Amor, y así calmar el hambre de pan, de verdad, de justicia, de amor y de paz» (oración preparatoria del V Congreso Eucarístico Bolivariano - Arq. Lima).

b) Te reconocemos al partir el Pan y nos reconocemos en el Pan de la Caridad

Los discípulos de Emaús reconocieron al Señor en el fracción del pan y creyeron en su gloriosa Resurrección. Desde la última Cena del Señor antes de su Pasión, los cristianos somos reconocidos al partir el pan que es su «Cuerpo entregado por nosotros», pero somos al mismo tiempo reconocidos a través de nuestra entrega a los hermanos: «en esto conocerán todos que sois discípulos míos si os amáis unos a otros» (Jn XIII, 35).

Ambas dimensiones son inseparables en la vida del cristiano que participa responsablemente en la Eucaristía. Ella nos conduce necesariamente a una constante conversión a través de la reconciliación personal, y la construcción de la fraternidad en Cristo para que «reconciliados entre nosotros como hermanos, seamos capaces de edificar todos unidos la ansiada Civilización del Amor» (Oración por el V Congreso Eucarístico Bolivariano de Lima).

Nuestro compromiso social ante los desafíos de la historia presente, es el de instaurar la justicia y restaurar la unidad y la fraternidad rota por el pecado. La Eucaristía nos hace presente la muerte y Resurrección de Jesús. El murió para darnos vida y vida en abundancia. El venció el pecado y la muerte a través del misterio de su Resurrección, misterio del que participamos cada vez que nos reunimos para celebrar la muerte del Señor:«"anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección, ven Señor Jesús» (Aclamación después de la consagración).

c) Eucaristía - Centro de la Vida Cristiana

Fue el Concilio Vaticano II el que centró el culto eucarístico en su verdadero lugar y dimensión, señalándolo como la cumbre y la fuente de toda la vida de la Iglesia y de su liturgia.

Centró la atención y la fe de las comunidades cristianas en la Eucaristía, don entrañable del Señor a la Iglesia; memorial de la Pascua y sacramento que construye la comunidad.

Después de celebrar el acontecimiento de la Pascua, la Fiesta del Corpus se centra en la Eucaristía no solo en la misa, sino fuera y más allá de la misma celebración.

No solo celebramos la Eucaristía dominical, sino que rendimos culto con fe y con reverencia el Santísimo Sacramento en el altar, en el sagrario, y lo veneramos públicamente en las calles y en las plazas.

Si en otro tiempo la adoración eucarística absorbió el culto eucarístico, hoy tememos que esta veneración al Santísimo Sacramento fuera de la misa, pase casi desapercibida o relegada entre los fieles, en los propios sacerdotes y en la comunidad misma.

d) La Espiritualidad Eucarística

Como expresábamos los Obispos del Perú en 1988, tenemos que renovar la auténtica espiritualidad eucarística y con ella la actitud de adoración, homenaje y contemplación del misterio eucarístico, aspectos últimamente algo descuidados en nuestra piedad y catequesis.

Queremos fomentar en nuestra Iglesia diocesana las expresiones y devociones eucarísticas centradas en la adoración al Santísimo Sacramento, como son la Exposición Solemne, la adoración continua y otras formas de piedad.

Asimismo, tenemos que revitalizar el sentido de la procesión eucarística tan arraigada en las comunidades y pueblos del Perú desde los tiempos de la primera evangelización. Sobre todo queremos incentivar las procesiones del Corpus Christi con toda su riqueza en las custodias u ostensorios, alfombra de flores, cantos, etc.

El pueblo de Dios quiere testimoniar públicamente la fe en la Eucaristía como lo hacemos hoy en el corazón del Callao en esta procesión del Corpus que parte de la Iglesia Catedral.

+ MIGUEL IRIZAR CAMPOS, C.P.
Obispo del Callao