Homilía en la Ordenación Sacerdotal
Hermanos: Es siempre gratificante para un Obispo imponer las manos a nuevos presbíteros que desde hoy quedarán agregados al presbiterio de nuestra Iglesia diocesana del Callao. Ellos son nuestros hermanos José Del Rosario y Roberto Moncada.
Esta Ordenación coincide providencialmente con la fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, el Santo Arzobispo de Lima y Patrono del Episcopado latinoamericano, en quien los Obispos y pastores tenemos un extraordinario ejemplo de santidad y de entrega a nuestro ministerio para la edificación de la Iglesia local y universal.
Asimismo, estoy cumpliendo este ministerio de ordenación de nuevos sacerdotes cuando acabo de cumplir 40 años de mi propia ordenación sacerdotal el pasado mes de marzo.
A este recuerdo siempre emotivo para todo sacerdote se agrega en mi caso la celebración jubilar de mis bodas de plata episcopales, que cumpliré el próximo 25 de julio.
Para ser agregado al Colegio Episcopal uno debe de haber sido primero ordenado sacerdote y ejercido su ministerio en la Iglesia local o en mi caso dentro de mi familia religiosa de la Congregación Pasionista. Pero antes quiero recordar con ustedes, miembros todos del pueblo de Dios, que ante todo fuimos agregados al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia en la fuente bautismal y por tanto hechos miembros del pueblo sacerdotal de donde fuimos llamados por la gracia y don del Espíritu Santo a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal.
Cada uno de nosotros, los llamados tanto a la vida religiosa como al sacerdocio ministerial, tenemos cada uno su propia historia, historia de una vocación que es iniciativa del Señor y por tanto don y misterio que se cumple en la respuesta personal y singular de cada uno de nosotros hemos dado a la llamada del Señor.
Así también los dos hermanos que me han sido presentados para que sean agregados por la imposición de mis manos a nuestro presbiterio, tiene cada uno de ellos su historia y su itinerario de fe, de gracia, de amor y de misericordia de parte del Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, del que ellos serán desde hoy su presencia sacramental en la comunidad a donde serán enviados por parte de su Obispo.
Es también providencial que eta ordenación ocurra al término de la semana de oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas en nuestra Iglesia. Quiero que esta celebración sea en sí misma una catequesis, una fiesta de la Iglesia diocesana del Callao y una acción de gracias a nuestro Padre Dios, de quien procede todo don en el cielo y la tierra.
Evangelio de Hoy
San Juan nos ha relatado en el discurso de despedida de Jesús antes de la Pasión los sentimientos de nuestro Señor y de nuestro Maestro: «Yo soy la vid y ustedes son los sarmientos y mi Padre es el labrador». Injertados por el bautismo en esa vid que es Cristo nuestra cabeza, renacidos en el agua y en el Espíritu Santo, plantados en la viña de la Iglesia, hemos crecido en la fe y en el amor, en el itinerario de nuestro caminar como discípulos del Señor hasta llegar a este servicio del ministerio sacerdotal que lo realizamos y vivimos en nombre, "in persona Christi" que nos ha asociado plenamente a su propia misión sacerdotal.
Si permanecemos unidos a Cristo, la vid verdadera, daremos frutos de verdad y de santidad. Los llamados a ejercer este sagrado ministerio, debemos examinarnos sobre nuestra fidelidad y nuestra plena comunión e identificación con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
En el mismo discurso de la Ultima Cena encontramos una frase que realmente nos anima y nos compromete en el seguimiento de Jesús: «Nadie tiene mayor amor que el que da vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (15, 13-15).
Así lo comentaba el Papa Juan Pablo II en la carta que nos dirigiera en el reciente Jueves Santo «Amigos»: así llamó Jesús a los Apóstoles. Así también quiere llamarnos a nosotros que, gracias al sacramento del Orden, somos partícipes de su Sacerdocio. Escuchemos estas palabras con gran emoción y humildad. Ellas contienen la verdad. Ante todo la verdad sobre la amistad, pero también una verdad sobre nosotros mismos que participamos del Sacerdocio de Cristo, como ministros de la Eucaristía. ¿Podía Jesús expresarnos su amistad de manera más elocuente que permitiéndonos, como sacerdotes de la Nueva Alianza, obrar en su nombre, in Christi Capitis? Pues esto es precisamente lo que acontece en todo nuestro servicio sacerdotal, cuando administramos los sacramentos y, especialmente, cuando celebramos la Eucaristía. Repetimos las palabras que pronunció sobre el pan y el vino y, por medio de nuestro ministerio se realizan la misma consagración que Él hizo. ¿Puede haber una manifestación de amistad más plena que ésta? Esta amistad constituye el centro mismo de nuestro ministerio sacerdotal.
Cristo nos dice: "No me habéis elegido vosotros a mí, como sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).
Roberto y José, Jesucristo os ha elegido para este ministerio y la Iglesia os acoge tras un largo discernimiento que hemos realizado conjuntamente con vuestros formadores y nuestro presbiterio. Para mi es un gozo recibiros e integraros a nuestro Colegio Presbiteral, pero también es una gran responsabilidad cuidar en adelante de vuestra fidelidad y perseverancia con el testimonio de todos nuestros sacerdotes y la ayuda y la oración de todos los miembros de este pueblo de Dios que está en el Callao.
Todos somos responsables de las Vocaciones Sacerdotales
El año pasado en mi Homilía de Ordenación de Presbíteros comenté el significado teológico y pastoral del Ministerio Sacerdotal. Hoy al término de la semana de las vocaciones sacerdotales y religiosas quiero referirme más bien a la responsabilidad compartida por todos los miembros de la Iglesia, para la promoción y cuidado de las vocaciones sacerdotales, como nos exhortara Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, 41:
La vocación sacerdotal es un don de Dios, que constituye ciertamente un gran bien par quien en su primer destinatario. Pero es también un don par toda la Iglesia, un bien para su vida y misión. Ella es responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones sacerdotales. En consecuencia, la pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la Iglesia particular y, análogamente, desde ésta a la parroquia y a todos los estamentos del Pueblo de Dios.
Es muy urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la convicción de que todos los miembros de la iglesia, sin excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones.
La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones sacerdotales es el Obispo, que está llamado a vivirla en primera persona, aunque podrá y deberá suscitar abundantes tipos de colaboraciones. A él, que es padre y amigo en su presbiterio, le corresponde, ante todo, la solicitud de dar continuidad al carisma y al ministerio presbiteral, incorporando a él nuevos miembros con la imposición vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de la pastoral ordinaria, es más, que esté plenamente integrada y como identificada con ella. A él compete el deber de promover y coordinar las diversas iniciativas vocacionales.
El Obispo sabe que puede contar ante todo con la colaboración de su presbiterio. Todos los sacerdotes son solidarios y corresponsables con él en la búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales. En efecto, como afirma el Concilio, «a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe procurar, por sí mismos o por otros, que cada uno de los fieles sea llevado en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación».
Una responsabilidad particularísima está confiada a la familia cristiana que en virtud del sacramento del matrimonio participa, de modo propio y original, en la misión educativa de la Iglesia maestra y madre. Como han afirmado los Padres sinodales, «la familia cristiana, que es verdaderamente "como iglesia doméstica" (Lumen gentium, 11), ha ofrecido siempre y continúa ofreciendo las condiciones favorables para el nacimiento de las vocaciones. Y puesto que hoy la imagen de la familia cristiana está en peligro, se debe dar gran importancia a la pastoral familiar, de modo que las mismas familias, acogiendo generosamente el don de la vida humana, formen "como un primer seminario" (Optatam totius, 2) en el que los hijos puedan adquirir, desde el comienzo, el sentido de la piedad y de la oración y el amor a la Iglesia» En la continuidad y en sintonía con la labor de los padres y de la familia está la escuela, llamada a vivir su identidad de «comunidad educativa» incluso con una propuesta cultural capaz de iluminar la dimensión vocacional como valor propio y fundamental de la persona humana.
También los fieles laicos, en particular los catequistas, los profesores, los educadores, los animadores de la pastoral juvenil, cada uno con los medios y modalidades propios, tienen una gran importancia en la pastoral de las vocaciones sacerdotales.
En el ámbito de las comunidades diocesanas y parroquiales hay que apreciar y promover aquellos grupos vocacionales, cuyos miembros ofrecen su ayuda de oración y de sufrimiento por las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como su apoyo moral y material.
También hay que mencionar aquí a los numerosos grupos, movimientos y asociaciones de fieles laicos que el Espíritu Santo hace surgir y crecer en la Iglesia, con vistas a una presencia cristiana más misionera en el mundo. Estas diversas agrupaciones de laicos están resultando un campo particularmente fértil para el nacimiento de vocaciones consagradas y son ambientes propicios de oferta y crecimiento vocacional. En efecto, no pocos jóvenes, precisamente en el ambiente de estas agrupaciones y gracias a ellas, han sentido la llamada del Señor a seguirlo en el camino del sacerdocio ministerial y han respondido a ella con generosidad.
Por consiguiente, hay que valorarlas para que, en comunión con toda la iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su colaboración específica al desarrollo de la pastoral vocacional.
Los diversos integrantes y miembros de la Iglesia comprometidos en la pastoral vocacional harán tanto más eficaz su trabajo, cuanto más estimulen a la comunidad eclesial como tal -empezando por la parroquia - para que sientan que el problema de las vocaciones sacerdotales no pueden ser encomendado en exclusividad a unos «encargados» (los sacerdotes en general, los sacerdotes del Seminario en particular) pues, por tratarse de «un problema vital que está en el corazón mismo de la Iglesia», debe hallarse en el centro del amor que todo cristiano tiene a la misma.
Roberto y José: Encomiendo vuestro sacerdocio a la Madre del Redentor, Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, asociada plenamente al ministerio y a la vida de su Hijo.
Acoged a la Madre del Señor en vuestro corazón y en vuestras vidas, como lo acogió Juan el discípulo amado.
+ MIGUEL IRIZAR CAMPOS, C.P.
Obispo del Callao