Homília de Ordenación de Presbiteros
Domingo, 30 de junio de 1996.
En el Evangelio de hoy, Jesús pide a sus seguidores una fidelidad radical. Esta fidelidad compromete a todos los discípulos de Jesús, por tanto a todos los miembros de la Iglesia. La fe cristiana es seria y es exigente, incluso superior al amor de los padres y al amor de la propia vida. Está claro que tenemos que ordenar todos los valores como el amor a la propia familia y a la propia vida con referencia al amor a Cristo.
Todos somos enviados por Jesús a dar testimonio de Él en el mundo. Para ello tenemos que amar a Cristo y su Reino por encima de los demás valores a los que nos invita el mundo.
Amamos a la familia, pero a Cristo más. Amamos nuestra vida, pero al Reino de Dios más. Jesús se atreve a decirnos: Que tomemos la Cruz cada día y le sigamos. Por eso el seguimiento del cristiano a Cristo deberá ser radical. Y esto nace de nuestra consagración bautismal y de las renuncias que hicimos el día de nuestro bautismo, promesas y compromiso que tenemos que renovar cada día, lo mismo los pastores que los laicos y los religiosos.
En la oración colecta he orado al Padre diciendo: Oh Dios, que constituiste a tu Hijo primogénito Sumo y Eterno Sacerdote; te rogamos que cuantos fueron elegidos por Cristo como ministros de tus misterios, se mantengan siempre fieles en el cumplimiento de tu servicio.
Siguiendo a S.S. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, quiero reflexionar con ustedes hermanos que solicitan ser ordenados presbíteros en esta Iglesia Diocesana del Callao, y a los que son ya presbíteros sobre algunos aspectos de esa nuestra elección y consagración sacerdotal:
1. Vivir la verdad de nuestro sacerdocio, verdad sorprendente que ha configurado todo nuestro ser, pero la tenemos que vivir con ojos de Cristo en su verdad completa.
2. Cristo es ungido por el Espíritu Santo y enviado para anunciar la buena noticia de la salvación, ofrecida por el amor de Dios; salvación continuada en el misterio de la Iglesia como sacramento universal de salvación. Y nosotros somos ministros de Cristo y de su Iglesia y ungidos por el Espíritu, por la imposición de las manos. (Rito de consagración)
3. Los presbíteros participamos de la consagración y misión de Cristo de modo específico y singular. Participamos de su único y eterno sacerdocio y lo representamos en medio de la comunidad eclesial.
El sacerdocio ministerial es cauce privilegiado para que el ministerio del amor de Dios se haga presente y operante en el corazón de la Iglesia y del mundo. Nosotros brindamos nuestra persona.
4. La relación de nuestro sacerdocio con Jesucristo y su Iglesia como ministros ordenados es parte esencial de nuestro ser y de nuestro obrar. Nuestro ministerio encuentra su raíz en la gracia de haber sido escogidos gratuitamente por el Señor como instrumentos vivos de la obra de la salvación. Elección por la predilección y el amor de Jesucristo a nosotros: "yo os he elegido".
Nuestra identidad como presbíteros implica una relación fundamental que nos une con Cristo Cabeza y Pastor y nos hace participar de manera específica y profunda de la unción y de la misión de Cristo. Ahí encontramos la plena verdad de nuestra identidad.
5. Es por eso que el presbítero es --debe ser-- una imagen viva de Cristo sacerdote. "Estamos unidos sacramentalmente al Hijo enviado por el Padre como sumo sacerdote y Buen Pastor y somos servidores de Cristo, imagen viva y ministros de Jesús Buen Pastor".
6. Estamos configurados con Cristo como todos los cristianos bautizados, pero esta configuración adquiere todavía un mayor significado si tenemos en cuenta que siempre está referida a Cristo como Cabeza y Pastor de su Iglesia.
Los presbíteros son en la Iglesia y para la Iglesia una representación de Jesucristo Cabeza y Pastor, y deben saber representar delante de los hombres a Cristo.
En esta representación los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo Cabeza y Pastor y están llamados a hacerse Epifanía y transparencia del Buen Pastor.
7. Pero es sobre todo en el servicio de la presidencia de la Celebración Eucarística, donde el presbítero aparece asumiendo la máxima personificación de Cristo diciendo en su nombre: "esto es mi Cuerpo", "éste es el cáliz de mi Sangre".
Es aquí donde debemos sintonizar vivamente con el misterio que celebramos, viviendo la misma actitud de Cristo en su ofrenda al Padre y en su entrega a los hombres. La actitud donante que lleva al sacerdote a "Unir su entrega personal al ofrecimiento Eucarístico de Cristo", es una de las actitudes íntimas que la Eucaristía fomenta".
La calidad pastoral del sacerdote "no sólo fluye de la Eucaristía, sino que en ella encuentra su más alta realización, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera sacrifical toda su existencia.
8. Pero no olvidemos la relación originaria que vincula al presbítero con Cristo por razón del bautismo recibido. El sacerdote no sólo está al frente de la Iglesia, sino ante todo en la Iglesia. También nuestro sacerdocio ministerial está enraizado y tiene su fuente en el bautismo y pertenecemos al mismo pueblo de Dios sacerdotal.
9. Por lo que somos, el sacramento del Orden en relación con Jesucristo y con su Iglesia, debemos hacerlo realidad existencial en la propia vida. Hemos sido escogidos por Cristo no como una cosa, sino como una persona y en este sentido, "en el ejercicio del ministerio está profundamente comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote" (PDV, 25).
10. Según Juan Pablo II (PDV) no puede darse una auténtica configuración con Cristo, aquello de Pablo "Cristo vive en mí", si no vivimos un profundo encuentro con Él. Y él mismo nos recuerda tres grandes valores y exigencias que nos abre camino con Jesús: la meditación fiel de la palabra de Dios, la participación activa de los sagrados misterios de la Iglesia y el servicio de la caridad a los más pequeños.
Les sugiero a todos los presbíteros unos puntos de reflexión en este día de la ordenación de ocho hermanos nuestros:
-¿Medito todos los días la Palabra de Dios que anuncio?
-¿Cómo vivo la Eucaristía que presido?
- Mi pastoral ¿se orienta de modo preferente al servicio de los más pequeños y de los más pobres?
-¿Siento a María, la madre de Jesús, como madre y educadora de mi sacerdocio? ¿Cómo expreso este culto y devoción a la Virgen María?
-¿Me dedico fundamentalmente o al menos prioritariamente al ministerio sacerdotal y pastoral al servicio del pueblo que se me ha confiado?
Ésta es una de las grandes preocupaciones mías como Obispo y Pastor.
Que la palabra del Evangelio llegue a toda la tierra y que todos los hombres consagrados en Cristo formen el Pueblo santo de Dios.
Junto con Cristo, el Espíritu Santo y el Padre de la Iglesia misionera del Callao en estado y actitud de misión.
+ MIGUEL IRIZAR CAMPOS, C.P.
Obispo del Callao