El Papa correspondió el gesto y cariño del pueblo hablando sobre la realidad de la evangelización en América y sobre los santos peruanos, así en el Discurso de Llegada al país dijo: “… El nombre del Perú hace evocar los ecos remotos del Imperio Inca del Tahuantinsuyo, que supo vencer la formidable barrera de los Andes. Después de la evangelización, ese nombre habla de figuras tan notables como los Santos Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Francisco Solano, Martín de Porres, Juan Macías, Sor Ana de los Ángeles (…) Los quinientos años de la evangelización de estas tierras -fecha para nosotros tan cercana- son una exigencia de construcción urgente de un hombre latinoamericano y peruano más recio en su fe, más justo, más solidario, más respetuoso del derecho ajeno al defender y reivindicar el propio, más cristiano y más humano…” (Juan Pablo II, Discurso de llegada al Perú, 1 de febrero de 1985).
A los jóvenes el Papa les dirigió un Mensaje partiendo de la lectura del Sermón de la Montaña: “…el ideal que el Señor propone en las Bienaventuranzas es elevado y exigente. Pero por eso mismo resulta un programa de vida hecho a la medida de los jóvenes, ya que la característica fundamental de la juventud es la generosidad, la abertura a lo sublime y a lo arduo, el compromiso concreto y decidido en cosas que valgan la pena, humana y sobrenaturalmente.(…) yo, Peregrino de la Evangelización, siento el deber de proclamar esta tarde ante vosotros, jóvenes del Perú, que sólo en Cristo está la respuesta a las ansias más profundas de vuestro corazón, a la plenitud de todas vuestras aspiraciones; sólo en el Evangelio de las Bienaventuranzas encontraréis el sentido de la vida y la luz plena sobre la dignidad y el misterio del hombre (cf. Gaudium et spes, 22)…” (Juan Pablo II, Discurso a la juventud peruana, 2 de febrero de 1985).
Otro de los hechos importante para la Iglesia fue la consagración sacerdotal de 47 presbíteros en el Hipódromo de Monterrico, el 3 de febrero de 1985, cabe mencionar que además esta celebración estuvo dirigida a las familias peruanas. El sábado 2 de febrero, Juan Pablo II beatificó a Sor Ana de los Ángeles Monteagudo y coronó a la Virgen de Chapi en Arequipa.
A los sacerdotes que confirió la ordenación presbiteral Juan Pablo II les dijo: “…este pueblo pide a sus sacerdotes que sean ante todo auténticos maestros en la fe, en la verdad, en la vida espiritual, y no meros dirigentes humanos; aunque también ha de preocuparles hondamente la promoción humana, cultural y social de sus hermanos, iluminados por el Evangelio. «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Ibíd. 17, 16), os dice el Señor hoy. Vais a ser consagrados para llevar un estilo de vida que os une a Cristo con un vínculo inefable e irrevocable por el carácter sacramental. Acogiendo el mandato de la Iglesia, actuaréis «in persona Christi»: consagrando su Cuerpo y su Sangre, perdonando los pecados, predicando su Palabra, administrando los demás sacramentos. El testimonio de vuestra vida ha de ser, por ello, de amor y de servicio: hombres de Dios, hombres para los demás…” (Juan Pablo II, Homilía en la Santa Misa a las familias, 3 de febrero de 1985).

Además a los matrimonios y familias cristianas les recordó que: “…son las «iglesias domésticas» (Cfr.Lumen Gentium,11), como se lee en los primeros textos cristianos, que constituyen un lugar específico de la presencia de Dios, santificado por la gracia de Cristo en el sacramento. El sacramento del matrimonio nace, como de una fuente, del sacrificio redentor de Cristo, que con su pasión y muerte comunica la gracia que santifica. Desde la majestad imponente de la cruz, el Señor parece dirigirse a todas las familias, a todos los cónyuges para decirles: «Por ellos me consagro a ti, para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Io. 17, 19)…” (Ibid).
Siempre aludiendo al tema que ampliamente desarrolló durante su magisterio, el Siervo de Dios Juan Pablo II, habló concretamente de la realidad y esencia del matrimonio, en estos tiempos en los cuales los ataques a la familia y al matrimonio son tan constantes, sus palabras mantienen gran actualidad: “…el papel de la familia cristiana se pone en plena evidencia (…) Las palabras de Jesús «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt19,6) han de ser ley para todo aquel que se llame cristiano. Recordad por ello que el cristiano auténtico ha de rechazar con energía el divorcio, la unión no santificada por el sacramento, la esterilización, la contracepción y el aborto que eliminan a un ser inocente. Y, por el contrario, el cristiano ha de defender con toda el alma el amor indisoluble en el matrimonio, la protección de la vida humana, aun de la todavía no nacida, y la estabilidad de la familia que favorece la educación equilibrada de los hijos al amparo del amor paterno y materno, que se complementan mutuamente….” (Ibid).
En la ciudad de Trujillo, el Santo Padre celebró una Misa dirigida especialmente a todos los trabajadores, a quienes dijo: “…el trabajo humano, que para el cristiano encuentra su máxima inspiración y ejemplo en la figura de Cristo, el Hombre del trabajo (…) Jesús predicaba ante todo el reino de Dios. Y a la vez, el destino definitivo del hombre a la unión con Dios. Pero esta perspectiva sobrenatural mostraba igualmente el profundo significado del trabajo del hombre. Porque no pertenece solamente al orden económico temporal de la sociedad humana, sino que entra también en la economía de la salvación divina. Y aunque no sólo el trabajo sirve a la salvación eterna, el hombre se salva también mediante su trabajo. Esta es la enseñanza del Evangelio que la Sagrada Escritura nos transmite, repetidas veces, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento…” (Juan Pablo II, Homilía en la Misa para los trabajadores de Trujillo, 4 de febrero de 1985).
El recuerdo de esta visita nos lleva a meditar nuevamente en la misión evangelizadora de la Iglesia, de sus pastores y de todos los creyentes quienes estamos invitados a seguir al único y verdadero Pastor –representado en la persona del Santo Padre-, en palabras de Juan Pablo II: “…conocer la voz del Maestro y Buen Pastor, sin seguir la voz de los extraños, elemento esencial que ha de distinguir la evangelización en el Perú hoy: la fidelidad a la enseñanza de Jesucristo, único Maestro y Señor...” (Juan Pablo II, Liturgia de la Palabra en Piura, 4 de febrero de 1985).
El Santo Padre visitó seis ciudades del país y pronunció nueve discursos, entre los que destacan el llamado a los jóvenes a construir una nación más fraterna y reconciliada, sin violencia, y la enérgica exhortación a los terroristas en la que les precisó que: "…¡El mal nunca es camino hacia el bien!..." (Juan Pablo II, Discurso en Ayacucho, 3 de febrero de 1985).
Al despedirse del Perú nuestro querido Siervo de Dios dijo: “…yo quería invitaros, antes de dejar vuestro suelo, a hacer de esa cruz de la Pasión el símbolo de vuestra fidelidad a Cristo y al hombre por Él. Frente a quienes os invitan a abandonar vuestra fe o la Iglesia en que os hicisteis cristianos; frente a quienes os invitan al materialismo teórico o práctico; frente a quien os muestra caminos de violencia; frente a quien practica la injusticia o no respeta el derecho de los otros (…) Quiera Dios que marque un atisbo de primavera y que comience aquí la germinación de nuevos frutos de fe y de vivencia en el obrar de cada día…” (Juan Pablo II, Discurso de despedida, 5 de febrero de 1985).

Juan Pablo II, el Papa Peregrino, llegó a una tierra donde la violencia era nuestro pan de cada día, pero su presencia, esto lo recordaremos siempre, todo lo cambió, todos fuimos generosos y servidores del prójimo. Su presencia bastó para que la fuente de nuestra vida, el corazón, se abriera con toda su bondad. Su presencia entre nosotros en Lima, Callao, Cusco, Ayacucho, Arequipa, Piura, Trujillo, Villa El Salvador, y su despedida en Iquitos, donde manifestó que "el Papa también es charapa", hoy vuelven con nostalgia y actualidad, son recuerdos imborrables e imperecederos.
El día 1 de febrero de 1985, hace 25 años, arribó al Perú por primera vez nuestro recordado Venerable Siervo de Dios Papa Juan Pablo II, en una visita histórica para la Iglesia Católica y para millones de fieles que lo recibieron con alegría en diferentes ciudades del país. La visita se desarrolló del 1 al 5 de febrero e incluyó las ciudades de Lima, Callao, Cusco, Ayacucho, Trujillo, Piura e Iquitos.
A su llegada a la capital peruana, tras bajar del avión, Juan Pablo II se inclinó para besar el suelo peruano en señal de saludo y humildad. Banderitas amarillas con blanco flamearon en las calles durante todos los días de su estancia y los miles de fieles que lo acompañaron en cada recorrido pronunciaban sin cesar la famosa frase: “Juan Pablo, amigo, el Perú está contigo”.
El Papa correspondió el gesto y cariño del pueblo hablando sobre la realidad de la evangelización en América y sobre los santos peruanos, así en el Discurso de Llegada al país dijo: “…El nombre del Perú hace evocar los ecos remotos del Imperio Inca del Tahuantinsuyo, que supo vencer la formidable barrera de los Andes. Después de la evangelización, ese nombre habla de figuras tan notables como los Santos Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Francisco Solano, Martín de Porres, Juan Macías, Sor Ana de los Ángeles (…) Los quinientos años de la evangelización de estas tierras -fecha para nosotros tan cercana- son una exigencia de construcción urgente de un hombre latinoamericano y peruano más recio en su fe, más justo, más solidario, más respetuoso del derecho ajeno al defender y reivindicar el propio, más cristiano y más humano…” (Juan Pablo II, Discurso de llegada al Perú, 1 de febrero de 1985).

A los jóvenes el Papa les dirigió un Mensaje partiendo de la lectura del Sermón de la Montaña: “…el ideal que el Señor propone en las Bienaventuranzas es elevado y exigente. Pero por eso mismo resulta un programa de vida hecho a la medida de los jóvenes, ya que la característica fundamental de la juventud es la generosidad, la abertura a lo sublime y a lo arduo, el compromiso concreto y decidido en cosas que valgan la pena, humana y sobrenaturalmente.(…) yo, Peregrino de la Evangelización, siento el deber de proclamar esta tarde ante vosotros, jóvenes del Perú, que sólo en Cristo está la respuesta a las ansias más profundas de vuestro corazón, a la plenitud de todas vuestras aspiraciones; sólo en el Evangelio de las Bienaventuranzas encontraréis el sentido de la vida y la luz plena sobre la dignidad y el misterio del hombre (cf. Gaudium et spes, 22)…” (Juan Pablo II, Discurso a la juventud peruana, 2 de febrero de 1985).
Otro de los hechos importante para la Iglesia fue la consagración sacerdotal de 47 presbíteros en el Hipódromo de Monterrico, el 3 de febrero de 1985, cabe mencionar que además esta celebración estuvo dirigida a las familias peruanas. El sábado 2 de febrero, Juan Pablo II beatificó a Sor Ana de los Ángeles Monteagudo y coronó a la Virgen de Chapi en Arequipa.
A los sacerdotes que confirió la ordenación presbiteral Juan Pablo II les dijo: “…este pueblo pide a sus sacerdotes que sean ante todo auténticos maestros en la fe, en la verdad, en la vida espiritual, y no meros dirigentes humanos; aunque también ha de preocuparles hondamente la promoción humana, cultural y social de sus hermanos, iluminados por el Evangelio. «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Ibíd. 17, 16), os dice el Señor hoy. Vais a ser consagrados para llevar un estilo de vida que os une a Cristo con un vínculo inefable e irrevocable por el carácter sacramental. Acogiendo el mandato de la Iglesia, actuaréis «in persona Christi»: consagrando su Cuerpo y su Sangre, perdonando los pecados, predicando su Palabra, administrando los demás sacramentos. El testimonio de vuestra vida ha de ser, por ello, de amor y de servicio: hombres de Dios, hombres para los demás…” (Juan Pablo II, Homilía en la Santa Misa a las familias, 3 de febrero de 1985).
Además a los matrimonios y familias cristianas les recordó que: “…son las «iglesias domésticas» (Cfr.Lumen Gentium,11), como se lee en los primeros textos cristianos, que constituyen un lugar específico de la presencia de Dios, santificado por la gracia de Cristo en el sacramento. El sacramento del matrimonio nace, como de una fuente, del sacrificio redentor de Cristo, que con su pasión y muerte comunica la gracia que santifica. Desde la majestad imponente de la cruz, el Señor parece dirigirse a todas las familias, a todos los cónyuges para decirles: «Por ellos me consagro a ti, para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Io. 17, 19)…” (Ibid).

Siempre aludiendo al tema que ampliamente desarrolló durante su magisterio, el Siervo de Dios Juan Pablo II, habló concretamente de la realidad y esencia del matrimonio, en estos tiempos en los cuales los ataques a la familia y al matrimonio son tan constantes, sus palabras mantienen gran actualidad: “…el papel de la familia cristiana se pone en plena evidencia (…) Las palabras de Jesús «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt19,6) han de ser ley para todo aquel que se llame cristiano. Recordad por ello que el cristiano auténtico ha de rechazar con energía el divorcio, la unión no santificada por el sacramento, la esterilización, la contracepción y el aborto que eliminan a un ser inocente. Y, por el contrario, el cristiano ha de defender con toda el alma el amor indisoluble en el matrimonio, la protección de la vida humana, aun de la todavía no nacida, y la estabilidad de la familia que favorece la educación equilibrada de los hijos al amparo del amor paterno y materno, que se complementan mutuamente….” (Ibid).
En la ciudad de Trujillo, el Santo Padre celebró una Misa dirigida especialmente a todos los trabajadores, a quienes dijo: “…el trabajo humano, que para el cristiano encuentra su máxima inspiración y ejemplo en la figura de Cristo, el Hombre del trabajo (…) Jesús predicaba ante todo el reino de Dios. Y a la vez, el destino definitivo del hombre a la unión con Dios. Pero esta perspectiva sobrenatural mostraba igualmente el profundo significado del trabajo del hombre. Porque no pertenece solamente al orden económico temporal de la sociedad humana, sino que entra también en la economía de la salvación divina. Y aunque no sólo el trabajo sirve a la salvación eterna, el hombre se salva también mediante su trabajo. Esta es la enseñanza del Evangelio que la Sagrada Escritura nos transmite, repetidas veces, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento…” (Juan Pablo II, Homilía en la Misa para los trabajadores de Trujillo, 4 de febrero de 1985).
El recuerdo de esta visita nos lleva a meditar nuevamente en la misión evangelizadora de la Iglesia, de sus pastores y de todos los creyentes quienes estamos invitados a seguir al único y verdadero Pastor –representado en la persona del Santo Padre-, en palabras de Juan Pablo II: “…conocer la voz del Maestro y Buen Pastor, sin seguir la voz de los extraños, elemento esencial que ha de distinguir la evangelización en el Perú hoy: la fidelidad a la enseñanza de Jesucristo, único Maestro y Señor...” (Juan Pablo II, Liturgia de la Palabra en Piura, 4 de febrero de 1985).
El Santo Padre visitó seis ciudades del país y pronunció nueve discursos, entre los que destacan el llamado a los jóvenes a construir una nación más fraterna y reconciliada, sin violencia, y la enérgica exhortación a los terroristas en la que les precisó que: "…¡El mal nunca es camino hacia el bien!..." (Juan Pablo II, Discurso en Ayacucho, 3 de febrero de 1985).
Al despedirse del Perú nuestro querido Siervo de Dios dijo: “…yo quería invitaros, antes de dejar vuestro suelo, a hacer de esa cruz de la Pasión el símbolo de vuestra fidelidad a Cristo y al hombre por Él. Frente a quienes os invitan a abandonar vuestra fe o la Iglesia en que os hicisteis cristianos; frente a quienes os invitan al materialismo teórico o práctico; frente a quien os muestra caminos de violencia; frente a quien practica la injusticia o no respeta el derecho de los otros (…) Quiera Dios que marque un atisbo de primavera y que comience aquí la germinación de nuevos frutos de fe y de vivencia en el obrar de cada día…” (Juan Pablo II, Discurso de despedida, 5 de febrero de 1985).
Juan Pablo II, el Papa Peregrino, llegó a una tierra donde la violencia era nuestro pan de cada día, pero su presencia, esto lo recordaremos siempre, todo lo cambió, todos fuimos generosos y servidores del prójimo. Su presencia bastó para que la fuente de nuestra vida, el corazón, se abriera con toda su bondad. Su presencia entre nosotros en Lima, Callao, Cusco, Ayacucho, Arequipa, Piura, Trujillo, Villa El Salvador, y su despedida en Iquitos, donde manifestó que "el Papa también es charapa", hoy vuelven con nostalgia y actualidad, son recuerdos imborrables e imperecederos.
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