La historia es parte de nuestra identidad. Conocer la historia ayuda a adquirir una fuerte identidad. La historia es también una fuente de sabiduría; nos hace descubrir nuestras fortalezas y debilidades. Conocerlas nos permite crecer, construir.
El Dios en quien creemos es un Dios que se ha revelado en la historia. La historia es el lugar de la revelación de Dios, su lenguaje, el espacio en el que se realiza la salvación. Creemos en un Dios que se da a conocer en las entrañas de la historia, y cuya máxima expresión es la persona de Jesucristo, el Dios hecho hombre, nacido en nuestra historia. Él es el centro de nuestra historia. La historia, es, pues, el lugar de nuestro encuentro con el Señor de la Historia.
El acontecimiento fundante de la religión judía es la experiencia histórica del éxodo. El éxodo es fundamentalmente una experiencia histórica de salvación. Es por ello que el Credo se expresará en términos históricos y será clave fundamental de interpretación religiosa de la historia.
Para un judío, recitar el Credo era recitar la historia de las intervenciones de Dios a favor de su pueblo .
En el momento más doloroso y crítico para el pueblo creyente, el del destierro en Babilonia, el recordar la historia fue la fuente de resistencia de la fe y de la identidad del mismo pueblo en un contexto pagano y extranjero. Es cuando nacieron los llamados libros históricos . El activar la memoria histórica fue una manera de mantener la fe y la identidad del pueblo, que había perdido su libertad, su tierra, que ya no tenía reyes, ni sacerdotes, ni templo.
El misterio de la persona de Jesucristo, lejos de aislar la fe de la historia, exigirá una relectura de la historia, una recomprensión de la misma. Recitar el Credo, será narrar el misterio de Jesucristo (1 Cor. 15, 3-8) . El encuentro de los discípulos de Emaús con Cristo resucitado no se da antes de que éste les explique lo acontecido con
Él, a la luz de la Escritura. Fue un encuentro real, pero que no se dio al margen de una experiencia de fe (Lc. 24, 5-7) .
En ocasión del jubileo del año 2000, convocado por S.S. Juan Pablo II, el mismo Papa nos dio un ejemplo. El jubileo motivó el mirar con honestidad la historia para dar gracias, pedir perdón y lanzarse al encuentro del futuro, como don y tarea a la vez. El futuro se acoge y se construye:
¡Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8) .
Queremos nosotros, que como Iglesia diocesana hemos hecho un camino de 35 años, echar una mirada contemplativa a la historia, para descubrir en la voz del Señor, sus dones, sus llamados a la conversión; para pedir perdón, para dar gracias. Queremos, como Iglesia local, interrogarnos sobre nuestra misión, para asumir con nuevo ímpetu la tarea evangelizadora: renovarnos para evangelizar.
La Nueva Evangelización del Callao requiere, con carácter prioritario, una lúcida visión del ser más íntimo de nuestra Iglesia particular y de su intrínseca relación con la Iglesia universal. No se puede pensar en la Nueva Evangelización sin tomar consciencia de lo que hasta ahora se ha hecho, con sus luces y sus sombras. El pasado de la Iglesia estructura su presente y lo acompaña hacia el futuro . No se puede edificar prescindiendo de los cimientos.
La debida autoconciencia de su identidad más profunda y más propia contribuirá a que la Iglesia en el Callao del tercer milenio prosiga su misión de llevar la salvación a los hombres y santificar el nombre de Dios. Conocer los orígenes y el desarrollo hasta la situación actual de nuestra Iglesia local, permitirá a los agentes de la Nueva
Evangelización percatarse de aquellos aspectos en los cuales es más urgente fortalecer o completar lo avanzado por sus predecesores.
Al mismo tiempo, la visión integral del misterio de la Iglesia tal como se ha realizado en nuestra Provincia Constitucional, hará posible un renovado encuentro con las corrientes de gracia que hasta ahora la han sustentado y será motivo de aliento para los agentes de la actual tarea eclesial. En este sentido, mientras más profundo sea el encuentro consigo misma, la Iglesia en el Callao podrá entrar con mayor madurez al milenio que comienza. De esta manera, cual Esposa de Cristo, desempeñará con renovada fidelidad y mejor fruto, la misión que su Señor le ha encomendado. |