Historia de la Diócesis Dctos: Papa Juan Pablo II
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Santo Padre Claususra la Asamblea del Sinodo de Obispos para América con una Homilía . Síntesis de sus Principales Derroteros

 

El Papa Juan Pablo II en una solemne celebración Eucarística en la que se cantaron canciones en varias lenguas de América clausuró el Sínodo con una homilía que probablemente pasará a la historia como un texto fundamental para la Nueva Evangelización de América de cara al tercer milenio adveniente. En una imponente ceremonia celebrada en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, nombrada Patrona de toda América, el Papa pronunció un sintético mensaje dirigido a todos los participantes del Sínodo y a la Iglesia que peregrina en todas las tierras de América.

A continuación presentamos una traducción al castellano de la homilía plurilingüe, pronunciada en segmentos en italiano, castellano, inglés y portugués en una traducción oficiosa que viene circulando en Roma.

Homilía del Santo Padre:

1. "En aquellos días, María se puso en camino..." (Lc 1, 39).

¡Cuán sugestivo es volver a escuchar la página evangélica de la Visitación durante esta celebración, con la que se concluye la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos!

La Iglesia está siempre en peregrinación, "en camino". Ella es enviada y existe para caminar en el tiempo y en el espacio, anunciando y dando testimonio del Evangelio hasta los últimos confines de la tierra.

Hace cerca de cinco siglos, la Iglesia peregrinante en la historia se puso en camino hacia el Continente americano, recién descubierto. Desde entonces, ella ha afincado su morada en las múltiples culturas de esas tierras; ha asumido los rasgos de la gente del lugar, como lo demuestra de forma elocuente la imagen de la Virgen de Guadalupe, cuya memoria celebramos en la liturgia de hoy.

Y he aquí que este año, mientras todo el Pueblo de Dios está en camino hacia el gran Jubileo del año Dos Mil, se ha celebrado este Sínodo continental. Se trata, por cierto, de un punto de llegada; pero, más aún, de un nuevo punto de partida: la Comunidad cristiana, a ejemplo de María, sigue poniéndose en marcha, impulsada por el amor a Cristo, para llevar a cabo la nueva evangelización del Continente americano. Es el inicio de una renovada misión, que ha encontrado en la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos su "cenáculo" y su "pentecostés", precisamente al inicio de un año totalmente dedicado al Espíritu Santo.

Es el Espíritu quien guía incesantemente al pueblo cristiano a lo largo de los caminos de la historia de la salvación. Por esto queremos hoy dar gracias al Señor, reconociendo que Cristo mismo está presente entre nosotros y camina con nosotros.

Venerados Hermanos en el Episcopado, amadísimos Hermanos y Hermanas, dirijámonos juntos en peregrinación espiritual a Belén y depositemos los frutos de nuestro compromiso a los pies del Hijo de Dios, que viene a salvarnos: "Regem venturum, Dominum, venite adoremus!".

2. Durante estas semanas hemos hecho nuestras las últimas palabras de Cristo, el Hijo de Dios encarnado, su testamento, que para los bautizados es también su gran mandamiento misionero: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20).

Vosotros, Pastores de las Iglesias que estén en América, fieles a ese mandamiento en el cual está fundado nuestro ministerio, no os canséis de anunciar a un mundo sediento de la verdad a Cristo vivo, nuestra única salvación. Sólo Él es nuestra paz; sólo Él es la riqueza de la cual podemos recibir siempre fuerza y gozo interior.

A lo largo de los trabajos sínodales, ha resonado el eco de las voces de los primeros evangelizadores de América, que nos han recordado el deber de una profunda conversión a Cristo, única fuente de auténtica comunión y solidaridad. Ha llegado el momento de la nueva evangelización, una ocasión providencial para guiar al Pueblo de Dios que está en América a cruzar el umbral del tercer milenio con renovada esperanza.

¡Cómo no dar gracias a Dios, hoy, por todos los misioneros que durante cinco siglos de historia han trabajado en la evangelización del Continente! La Iglesia tiene una gran deuda con ellos. De muchos conocemos los nombres, pues han llegado a la gloria de los altares. Pero la mayor parte de los misioneros permanece desconocidos, sobre todo religiosos, a los que América les debe mucho, no sólo en el campo religioso sino también en el cultural. Como en Europa, de donde procedían los misioneros, también en el continente americano, el íntimo vínculo entre fe, evangelización y cultura ha dado origen a innumerables obras de arte, de arquitectura, de literatura, así como a celebraciones y tradiciones populares. De esta forma, ha nacido una rica tradición, que constituye un patrimonio significativo de los pueblos de América del sur, del centro y del norte.

Entre estas regiones hay diferencias que se remontan a los orígenes mismos de su evangelización. Sin embargo, el Sínodo, ha puesto de manifiesto con gran claridad que el Evangelio las ha armonizado. Los participantes en el Sínodo han experimentado esta unidad, manantial de solidaridad fraterna. De este modo, el Sínodo ha cumplido su principal objetivo, el que indicada su mismo nombre, syn-odos, que quiere decir comunión de caminos. Damos gracias al Señor por esta comunión de caminos, por los que han avanzado enteras generaciones de cristianos en ese gran continente.

 3. Queridos Hermanos y Hermanas, durante la Asamblea sinodal han sido examinados los problemas y las perspectivas de la nueva evangelización en América. Toda solución se funda en la conciencia del urgente deber de proclamar con ardor y valentía a Jesucristo, Redentor de todo hombre y de todo el hombre. Sólo tomando de este vivo manantial es posible enfrentar con eficacia todos los desafíos.

Quisiera recordar algunos: la enseñanza auténtica de la doctrina de la Iglesia y una catequesis fiel al Evangelio, adecuada a las necesidades actuales; las tareas y la interacción de distintas vocaciones y de distintos ministerios dentro de la Iglesia; la defensa de la vida humana desde el momento de su concepción hasta su término natural; el papel primordial de la familia en la sociedad; la necesidad de hacer que la sociedad, con sus leyes y sus instituciones, esté en armonía con las enseñanzas de Cristo; el valor del trabajo humano, mediante el cual la persona humana coopera en la actividad creadora de Dios; la evangelización del mundo de la cultura bajo sus distintos aspectos. Gracias a una acción apostólica enraizada en el Evangelio y abierta a los desafíos de la sociedad, podréis contribuir a difundir en toda América la tan deseada civilización del amor, que resalta con fuerza la primacía del hombre y la promoción de su dignidad en todas sus dimensiones, comenzando por su dimensión espiritual.

De una manera más profunda y más amplia, la Iglesia en América podrá darse cuenta de las consecuencias de la reconciliación auténtica con Cristo, que abre los corazones y permite a hermanos y hermanas en la fe renovar sus formas de colaboración mutua. Para la nueva evangelización, es fundamental que se lleve a cabo concretamente la colaboración entre las distintas vocaciones, los distintos ministerios, los diversos apostolados y carismas suscitados por el Espíritu, ya sean los de los institutos religiosos tradicionales o aquellos que nuevos movimientos y asociaciones de fieles han hecho nacer más recientemente.

4. Venerables y queridos Padres sinodales, que habéis formado la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos, a cada uno de vosotros va dirigido en este momento mi cordial saludo, junto con mi más vivo agradecimiento. Siempre que me fue posible, traté, también yo, de estar presente en los trabajos sinodales. Para mí ha sido una experiencia significativa, que me ha facilitado reforzar los vínculos de comunicación afectiva y pastoral que me unen a vosotros en Jesucristo. Esta unidad espiritual se concluye ahora en la celebración de la Eucaristía, centro y cumbre de la vida de la Iglesia y de todo su proyecto apostólico.

Al dejar Roma, de regreso a las distintas diócesis de América, llevad con vosotros mi bendición y transmitidla a vuestros fieles, especialmente a los sacerdotes, vuestros colaboradores, a los religiosos y a las religiosas que integran vuestras Comunidades, a los laicos comprometidos en el apostolado, a los jóvenes, a los que sufren y a los ancianos. Aseguradles mis oraciones y mi afecto. ¡Que el Espíritu Santo, en este año que le está especialmente dedicado, nos ayude a caminar unidos en nombre del Señor!

Concluimos los trabajos sinodales en el día dedicado a la Virgen de Guadalupe, primer testigo de la presencia de Cristo en América. Su Santuario, en el corazón del continente americano, constituye una memoria indeleble de la evangelización llevada a cabo a lo largo de estos cinco siglos. La Madre de Cristo se apareció a un hombre simple, un indio de nombre Juan Diego. A él mismo lo escogió como representante de todos los amados hijos e hijas de aquellas tierras, para anunciar que la divina Providencia llama a salvar a los hombres de todas las razas y culturas; los indígenas, que allí habitaban desde siglos antes, así como las personas venidas de Europa para traer, aun con sus límites y culpas, el inmenso don de la Buena Nueva.

Durante el Sínodo, hemos experimentado la especial cercanía de Nuestra Señora, Madre de Dios, venerada en la Basílica de Guadalupe. Y hoy queremos confiarle el futuro camino de la Iglesia en el gran Continente americano.

5. Al concluir los trabajos, hace algún día, vosotros, acogiendo la propuesta de los tres Presidentes Delegados, me habéis manifestado el deseo de que, para la promulgación de la Exhortación Apostólica postsinodal, vuelva como peregrino a su Santuario, en la Ciudad de México. A este respecto, le confío todo proyecto y anhelo a Ella. Pero ya desde ahora me postro espiritualmente a sus pies, recordando mi primera peregrinación en enero de 1979, cuando me arrodillé delante de su prodigiosa imagen para invocar sobre mi recién iniciado servicio pontifical su materna asistencia y protección. En aquella circunstancia puse en sus manos la evangelización de América, especialmente de América Latina, y tomé parte después en la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla.

Renuevo hoy, en nombre vuestro, la invocación que entonces le dirigí: María, Virgen de Guadalupe, Madre de toda América, ayúdanos a ser fieles dispensadores de los grandes misterios de Dios. Ayúdanos a enseñar la verdad que tu Hijo anunció y a extender el amor, que es el primer mandamiento y el primer fruto del Espíritu Santo. Ayúdanos a confirmar en la fe a nuestros hermanos. Ayúdanos a difundir la esperanza en la vida eterna. Ayúdanos a custodiar los grandes tesoros espirituales de los miembros del pueblo de Dios que nos ha sido confiado.

¡Reina de los Apóstoles! Acepta nuestra disponibilidad a servir sin reservas la causa de tu Hijo, la causa del Evangelio y la de la paz, fundamentada en la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos.

¡Reina de la paz! Salva las naciones y los pueblos de todo el Continente que tanto confían en ti; sálvalos de las guerras, del odio y de la subversión. Haz que todos, gobernantes y súbditos, aprendan a vivir en paz, se eduquen para la paz, cumplan todo lo que exigen la justicia y el respeto de los derechos de cada hombre, para que así se consolide la paz.

¡Escúchanos, Virgen "morenita", Madre de la Esperanza, Madre de Guadalupe!