Editorial
Queridos amigos:
Al iniciar un año nuevo el último de los tres años preparatorios al 2000 se nos hace lugar común el volver la mirada sobre lo vivido, seguramente para dar gracias al Señor por los frutos saludables que vemos germinar, y tal vez también para elevar nuestra humilde suplica de perdón por las fallas cometidas, las omisiones consentidas.
Sin embargo 1999 - bendición de un año nuevo - nos lanza de lleno al hori zonte cercano y abierto del Jubileo 2000. Comenzamos este año con un acontecimiento eclesial de trascendencia. El Papa Juan Pablo II se ha dirigido en estos días a tierras americanas para visitar al país hermano de México y luego hacer un alto de un día en St. Louis, EEUU. Fue en 1979 en que el Papa peregrino, comenzando sus viajes por el mundo, visitó por primera vez la nación azteca, fructificada con el don de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. En aquella histórica oportunidad inauguró a la 3era Asamblea General del CELAM en Puebla de los Ángeles.
El viaje pareciera ser todo un signo del Espíritu, particularmente porque el propósito de la visita pontificia es hacer entrega del documento Post Sinodal de América, que ha de marcar los siguientes años y quien sabe decenios, con una intensa labor evangelizadora que con la luz del Evangelio integre en la unidad de la fe a los hemisferios norte y sur del continente americano. Con la clara conciencia de las diferencias culturales que marcan los polos norte y sur de América, diferencias que provienen en buena medida de dos historias y procesos de colonización diversos, ya el Sínodo de América fue un momento fuerte de toma de conciencia de la unidad en la fe para las dos porciones del Pueblo de Dios.
La única Iglesia de Cristo presente en los hemisferios norte y sur tiene sus riquezas y dones particulares que aportar desde cada lugar y cultura de cara a la Nueva Evangelización. La presencia del Santo Padre en Ciudad de México avizora, pues, un mensaje renovador para los esfuerzos de nueva evangelización.
No es menos cierto que a cada Iglesia local toca escuchar y acoger el mensaje del Santo Padre y hacerse eco de él. Cuánto mayor ha de ser para todos nosotros el sentido de urgencia por anunciar la Buena Nueva, por ser portadores de Reconciliación, por abrir nuevos espacios de presencia y vitalidad a la Iglesia. Ella tiene encomendado el servicio de anunciar la verdad del Evangelio, de iluminar con la luz de la esperanza y de fortalecer la humanidad en la unidad de la caridad. Que este año de 1999 nos lleve a preparar con diligencia y esfuerzo el tiempo de gracia singular que significará el año 2000.