Jubileo
Juan Pablo II bautiza a ocho adultos en San Pedro
Emocionante vigilia de Pascua en San Pedro
Juan Pablo II, durante la vigilia de Pascua («la madre de todas las vigilias») de la noche del 3 de abril bautizó a ocho catecúmenos adultos de seis países de Europa, Asia y África. El más joven, quien tomó el nombre de Bautista, tenía 14 años y provenía de Cabo Verde. El más anciano era un chino de 53 años, quien fue llamado Pablo.
Los demás nuevos cristianos eran otro joven de Cabo Verde de 15 años (hermano de Bautista) cuyo cristiano es Jorge; una húngara de 24 años que a partir de ahora será llamada Renata; otra China de 19 años, Alejandra; un francés de 24 años, David; un albanés de 27 años, Francisco; y una marroquí de 17 años, Helena. Tras los sugerentes ritos de la bendición del fuego y de la iluminación del cirio pascual en el atrio de San Pedro, la celebración continuó en el interior de la imponente basílica vaticana, en cuyo interior brillaban los miles y miles de velas de los fieles, mientras la lectura de los pasajes de la Biblia recapitulaban la historia de la salvación: la creación, el pacto con Abraham, el paso del Mar Rojo, la promesa divina del don de un corazón nuevo y la narración de la resurrección de Jesús. En la homilía, el Papa se dirigió a los catecúmenos que estaban a punto de entrar a formar parte de la Iglesia para exhortarles a ser «auténticos testigos del amor de Dios». Y al resto de los bautizados les recordó que ser cristianos significa participar personalmente en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación es realizada de manera sacramental por el Bautismo sobre el cual, como sólido fundamento, se edifica la existencia cristiana de cada uno de nosotros». A continuación, Juan Pablo II recordó que ésta ha sido la Pascua del año dedicado a Dios Padre. De este modo penetró en un misterio absolutamente inexplicable: la decisión de Dios de aceptar el sufrimiento de la pasión y muerte de su hijo. La opción divina por la máxima impotencia, por la cual ante el desgarrador ultraje, el Padre sólo pudo «velar». «El misterio de la victoria de Cristo sobre el pecado del mundo está encerrado precisamente en el velar del Padre aclaró el pontífice. Él «vela» sobre toda lamisión terrena del Hijo. Su infinita compasión llega a su culmen en la hora de la pasión y de la muerte: la hora en que el Hijo es abandonado, para que los hijos sean encontrados; el Hijo muere, para que los hijos puedan volver a la vida».