Jubileo
Los Horizontes inesperados de la Cuaresma
Juan Pablo II profundiza en el proceso interior de todo penitente La Cuaresma que ahora
comienza está caracterizada en esta ocasión por «la llamada a la misericordia divina:
estamos en el año del Padre, que nos prepara inmediatamente al gran Jubileo». Juan Pablo
II, que vive con auténtica pasión la reparación al año 2000, recordó a unos 8 mil
fieles que abarrotaban el aula de las audiencias generales del Vaticano el carácter
excepcional de este período que viven en estos momentos los mil millones de católicos.
El itinerario penitencial de la Cuaresma, que ha comenzado con el austero rito de la
imposición de las cenizas, abre horizontes inesperados. «Si es verdad que el pecado
cierra el hombre a Dios, por el contrario, la sincera confesión de los pecados reabre la
conciencia a la acción regeneradora de su
gracia». Recordando la «conmovedora» parábola del «Hijo pródigo», afirmó: «El
hombre no vuelve a encontrar la amistad de Dios hasta que no salen de sus labios y de su
corazón las palabras: "Padre, he pecado"».
Dejándose llevar de la mano del texto
evangélico, el pontífice se adentró en los momentos decisivos del proceso interior de
todo penitente. Tras la lejanía de Dios, en el momento de la conversión. el hombre «al
darse cuenta de lo que ha perdido, madura el paso decisivo del regreso en sí mismo:
"Me levantaré, iré a mi padre". La certeza de que Dios "es bueno y me
ama" es más fuerte que la vergüenza y el desaliento: ilumina con una nueva luz el
sentido de la culpa y de la propia indignidad».
Finalmente llega el regreso. «Para el padre sólo hay una cosa importante: ha vuelto a
encontrar al hijo. El abrazo con el hijo pródigo se convierte en la fiesta del perdón y
de la alegría».
«¡Cuántos hombres de todos los tiempos han reconocido en esta parábola los rasgos
fundamentales de su historia personal!», exclamó el pontífice. «El camino que,
después de la amarga experiencia del pecado condice a la casa del Padre, pasa a través
del examen de conciencia, del arrepentimiento y del
firme propósito de conversión --aclaró--. Es un proceso interior que cambia el modo de
evaluar la realidad, permite tocar con la mano la propia fragilidad y lleva al creyente a
abandonarse en los brazos de Dios. Cuando el hombre, apoyado por la gracia, recorre en el
interior de su espíritu estas etapas, nace en él la necesidad de volver a encontrarse a
sí mismo, así como su propia dignidad de hijo en el abrazo del Padre».
Por este motivo, el Papa repitió la admonición divina que la Iglesia recordó a los
fieles con el rito de las cenizas: «convertíos y creed en el Evangelio». «La palabra
de Dios nos exhorta a convertirnos y a creer en el Evangelio, y la Iglesia nos presenta en
la oración, la penitencia y el ayuno, así como en la ayuda a los hermanos, los medios
que nos permiten entrar en el clima de la auténtica renovación interior y comunitaria».
El Santo Padre concluyó afirmando que la Cuaresma es, por este motivo, «el período más
propicio para acercarnos al sacramento de la penitencia».