Jubileo
La inquietud de la humanidad de final de siglo en el Via Crucis del Papa
El pontífice confía a miles de peregrinos sus reflexiones íntimas
El imponente Via Crucis de la noche del Viernes Santo, presidido por Juan Pablo II en el Coliseo, se convirtió en un intenso momento de meditación espontánea. Tras recorrer el camino de la cruz, el pontífice dejó a un lado el discurso que había preparado para ofrecer a los miles de peregrinos presentes, provenientes de todos los continentes, las confidencias que le inspiró la conmemoración de la pasión de Cristo. En el mismo lugar en el que, según la tradición, los primero cristianos derramaron su sangre, el pontífice cargó lentamente con la cruz por todos los pueblos que sufren. Fue ayudado por personas de todos los continentes, incluyendo países martirizados por la violencia y la guerra, como Sierra Leona o Liberia. Entre ellos se encontraba también un sacerdote ortodoxo de Rumanía.
Mientras el Papa avanzaba por las estaciones del Viacrucis, la reflexión del poeta italiano más grande de finales de siglo, Mario Luzi, se adentraba en el dolor más íntimo de la pasión de Cristo: la incomprensión y la soledad.
Un texto de una gran crudeza, en el que al final resplandece la íntima esperanza de la resurrección. El objetivo que se planteó desde el primer día de su pontificado se convirtió en el tema de meditación de Juan Pablo II: la transición de la Iglesia al tercer milenio. Sus pensamientos fueron llevados de la mano por las últimas palabras de Cristo en la cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». «Hoy queremos poner las mismas palabras en los labios de la humanidad al final del segundo milenio, al final del siglo XX», explicó el Papa quien, a pesar del cansancio de estos días, demostraba encontrarse en buena condición física. «Las queremos poner en los labios de todos los hombres que han sido ciudadanos de nuestro siglo XX, de nuestro segundo milenio. Porque estas palabras, este grito de Cristo crucificado, no sólo cierran una vida, constituyen una apertura».
En el texto que había preparado para concluir el Via Crucis y que prefirió sustituir por su reflexión espontánea, el Santo Padre meditaba en el dolor de Cristo y en el dolor del hombre contemporáneo. Y concluía: «Despreciado y desechado está Cristo en el hombre afrentado y aniquilado en la guerra del Kosovo y en cualquier lugar donde triunfa la cultura de la muerte; «molido por nuestras culpas» está el Mesías en las víctimas del odio y del mal de todos los tiempos y en cualquier lugar. «Como ovejas errantes» parecen a veces los pueblos divididos y marcados por la incomprensión y la indiferencia».