«Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano, había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón.
Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis.
Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.
“Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas.» |
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Siempre es bueno retomar las lecturas de la semana anterior. En este caso, la semana pasada las tres lecturas presentaban como temática la misión del hombre de Dios. Dios, principio y causa primera de nuestra vida de santidad, ha revestido - reviste - con su gracia a sus elegidos.
Hoy las lecturas se centran en el hombre cuya vida en Dios es una bendición, no en que va a serlo si cumplimos determinadas cosas; sino que la vida en Dios comienza y es toda una bendición en Cristo.
En nuestros días ¿creemos que esto es verdad?, porque si no fuera así tendríamos que preguntarnos ¿qué Dios es el que sigo, es el Dios que en Cristo se me da a conocer y quien me ama, es El Dios en quien creo y espero, o no será aquel que debe conformarse según mi forma de vivir y cumplir mis expectativas y alejarme de todo sufrimiento?
Pasamos ahora a presentar brevemente las lecturas, teniendo de trasfondo, como los anteojos para ver, el salmo 1.
En la primera lectura, el profeta Jeremías nos hace saber que es "... bendito todo hombre que pone su confianza en el Señor..."; aquel que con toda confianza y abandono extiende sus raíces hacia la corriente de Dios. Como nos dice san Agustín: "tiene sus raíces en el cielo y desde allí crece hacia la tierra".
Este abandono confiado en las manos del Señor basta para que sea "dichoso" (bienaventurado) en el sentido que da Jesús a ser bienaventurado, para que ante cualquier adversidad terrena que se le pueda presentar, por muy dura, amarga o difícil, no se inquieta por la aridez del momento. A este hombre dichoso, se contrapone el "...hombre que confía en el hombre...", y que por dar preferencia a esto aparta su corazón del Señor. Aquí el profeta nos pone claramente la disyuntiva que se presenta a todos quienes queremos vivir como cristianos: o vivimos por Dios y para Dios, o bien viven para sí y por sí mismos.
Es así que en el evangelio de hoy aparecen cuatro bienaventuranzas (bendiciones) y cuatro maldiciones. Entonces debemos apreciar y aclarar el significado de ser "dichoso". Debemos comprender, en primer lugar, que no está el término referido a ser "feliz" en el sentido que damos los hombres a esta palabra. No se trata de que cada cual vaya por su camino con tranquilidad y buen humor. El “dichoso” no tiene relación con nada que pertenezca a los hombres, o que pueda sentir y experimentar éste por sí mismo; se trata de algo en Dios que concierne al hombre. Es en este contexto que Jesús habla de una recompensa de algo intemporal que Dios manifestará al hombre a su debido tiempo. De modo similar en el caso de las maldiciones.
Los pobres de los que habla Jesús, aquellos a quienes les pertenece el reino de Dios, es decir los pobres de Yahvé, muestran que a su pobreza corresponde una posesión en Dios: Dios los posee a ellos y por lo tanto ellos poseen a Dios. Igualmente es en el caso que menciona a los que tienen hambre, a los que lloran, a quienes son odiados por causa del Padre. Es así que, si los pobres lo son en Dios, los ricos son considerados como ricos sin Dios; ricos sólo para sí mismos, saciados y felices, alabados por los propios hombres, pero sin tesoro en el cielo. Por eso es que se nos hace ver que su posesión no es más que una apariencia pasajera.
Todo esto nos hace ver que los pobres son en último término realmente pobres, cuando no poseen nada, y no ricos a escondidas que tratan de acumular en el cielo. Ser pobre es vivir la entrega confiada en el abandono total en Dios que es en donde se encuentra la dicha.
La segunda lectura también presenta una división de los hombres en dos grupos, quienes creen en la resurrección de Cristo y en la nuestra; y aquellos que la niegan. Si Cristo no ha resucitado entonces nuestra fe no tiene sentido. Dice el apóstol "...somos los hombres más desgraciados del mundo...". Sin embargo, para el creyente la fe en la resurrección es confiar y abandonarse del todo en la esperanza de la resurrección y de la vida eterna.
La expresión del Salmo 1:"... son como la paja seca que se lleva el viento...", puede resumir de manera clara lo que la primera lectura y el evangelio nos han presentado: el hombre que vive para sí mismo. Estas lecturas, nos deben llevar a ver con claridad la obra de Dios en nosotros, porque si nuestra vida es frondosa como dice la primera lectura, es por la gracia de Dios en nosotros. Pues, sólo Dios nos puede ayudar a sentir que nuestra vida, aún frente a la situación más difícil en que se encuentre, no será seca porque Él es como ese río de agua fresca que impide la aridez, que cualquiera que sea el tiempo, mantiene vigorosa nuestra vida.
Esto es una manera simbólica de decir: "... si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación,..."; pues tantas veces sólo creemos que Dios es y existe, porque me concede las cosas que en la oración le he pedido. Pero cuándo esto no sucede así, ¿dónde queda entonces la "predicación"?, tiene algún sentido para nuestra vida?
¿Qué significa la predicación para las personas que vienen ordinariamente a la Iglesia?. Creo incluso que en ocasiones nosotros mismos, los ministros no predicamos como deberíamos. Decimos a la gente que crea en Dios, que sean buenos, se porten bien, etc., pero esto es reducir la vida cristiana a aquello que algunos estudiosos, cuestionando los principios morales de la Iglesia, llaman: "moral jurídica" o de normas, donde la libertad del hombre por consiguiente queda anulada. Entonces, cómo llegar a que nuestra vida sea una bendición de Dios, pues no tiene otro significado el ser bienaventurado, según el evangelio de hoy.
La palabra bienaventurado, que en otras ocasiones se ha explicado, presenta al hombre que ha nacido de Dios, pero para que se dé este nacimiento ha sido precedido por toda una gestación, como el hijo para los esposos. Antes del nacimiento deben darse necesariamente actos previos; lo mismo en la vida cristiana, sobre todo hoy, en nuestros tiempos, en que nos encontramos ante una sociedad totalmente laica - secularizada - agnóstica - relativista - positivista. Donde lo que impera es un subjetivismo, que se impone ante los demás como “mi norma de vida”. Por eso, la predicación es como el semen que fecundará nuestra vida en el espíritu de Dios, para ser recreados, ser revestidos de una vida nueva. Pero alguno me dirá: ¿qué ha significado entonces mi bautismo?: un don de Dios para la vida de quien lo ha recibido. Pero volviendo al ejemplo de los esposos: ¿quién te ha educado, te ha llevado de la mano en la vida cristiana? Por eso la misión de la Iglesia es no sólo dar a conocer a Cristo, éste es el primer impacto, pero la predicación será la pedagogía de la Iglesia a través de la cual se nos irá dando la gracia, la que nos prepara a recibir la vida sacramental -de Gracia-, y a vivir la vida de Cristo, que es un don no vivido desde nuestras fuerzas.
Esta es la vida de un bienaventurado: es ser otro Cristo. |