« “Pero a vosotros, los que me escucháis, yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y tratad a los hombres como queréis que ellos os traten. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?. Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis?. ¡También los pecadores hacen otro tanto!. Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?. También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; entonces vuestra recompensa será grande y ser éis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los perversos.
“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá”.»
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El evangelio de esta semana está vinculado a alas bienaventuranzas. La semana pasada las lecturas nos hacían presente cómo se llega a ser bienaventurado en el Señor", que significa ser más que una persona simplemente feliz. San Pablo hablaba de la predicación, que es como la semilla. El Espíritu Santo es quien va transfigurando nuestra vida. Sólo así se puede comprender que el hombre pueda poner toda su confianza en el Señor su Dios.
En la segunda lectura, que nos presenta la liturgia de hoy, vemos como a la actitud y virtud terrenas se contraponen la actitud y virtud celestiales. El ser humano, hombre creado a imagen y semejanza de Dios, por más que sea la suprema creación, con relación al resto de la naturaleza y del cosmos, sigue siendo un ser "terreno" en quien se encarnan las normas naturales que nos rigen. Lo justo en el mundo es distribuir dando a cada quien lo que le corresponde como suyo. Pero esta justicia humana ha sido superada en Cristo, el segundo Adán, quien no conoce límites y puede darse a sí mismo y repartir su amor de manera ilimitada de modo que llega a todos sus descendientes, creados a su imagen y semejanza, y por tanto también coherederos de este don.
La primera lectura nos presenta la situación que vive David, cuando gracias a su habilidad tiene la oportunidad de matar a su adversario Saúl. deshacerse de él sería lo más fácil y es lo que le aconsejan quienes piensan según la lógica de la guerra.. Pero David no hace lo que todos esperaban, él perdona la vida del rey, acto que lleva a cabo por magnanimidad y porque en su corazón piensa y sabe que no se puede atentar contra la vida de otro, más aún siendo este otro el Ungido del Señor. El temor de Dios ha llevado a David a este gesto de grandeza, buen ejemplo de perdón e incluso de amor a los enemigos.
Esta primera lectura se enlaza con el evangelio, en el cual Jesús dice: “... sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Esto va mucho más lejos que el entendimiento humano: "...amad a vuestros enemigos... orad por lo que os injurian...". Jesús resalta en sus palabras el amor ilimitado, la característica principal del amor cristiano que supone, para nuestra capacidad, una total inversión de nuestra tendencia humana habitual. Se trata de buscar en todo el bien de los demás, sin límites y sin excepciones, hasta llegar a devolver bien por mal. La actitud del corazón es lo importante para llegar a la grandeza, y no lo es en virtud de una bondad superior propia, sino que esta grandeza se expresa en Jesús y en su entrega por cada uno de nuestros pecados. Jesús se eleva sobre todo entendimiento humano, su magnanimidad divina es absoluta, dispensa amor a los que le odian y desprecian, y todo esto puede hacerlo porque él mismo es el don de Dios a todos sus enemigos, un don de amor que nos convierte a todos en "ungidos del Señor". De todo esto se puede desprender que en la medida en que cada uno sea misericordioso con el otro, sin distinciones y sin juicios, también experimentará la generosidad sin límites del amor de Dios.
Por ello, en la segunda lectura la intención de san Pablo no es ponernos delante una dicotomía irreconciliable entre el hombre de la carne y el hombre celeste. Haciendo una lectura superficial del texto se podría entender que nosotros mientras estemos en este mundo no podremos ser fieles a Dios. Pero no es así. Cuando san Pablo habla del hombre de la carne, se está refiriendo a aquellos que viven bajo sus propios proyectos e ideas. Viven como quieren, y estos mismos proyectos son la norma propia de sus vidas. En otras palabras escuchan cuando les conviene y aman de la misma manera, egoísta.
Pero cuando Cristo dice "..amad a vuestros enemigos..", no nos está mandando un mandato imposible, sino que amar así es posible sólo si Dios ha transformado nuestra vida. Por eso, si la semana pasada el evangelio nos ha hecho presente por qué se es bienaventurado, el evangelio de este domingo nos hace presente cuál es la actitud de un bienaventurado: uno que ama como Cristo, hasta dar la vida. Pues amar de verdad a otro, diverso de nosotros, significa aceptarlo como me es dado. Cristo, por eso, cuando se ha encarnado ha tomado la realidad del hombre como estaba.
El amor cristiano, debemos decirlo, no es un esfuerzo meramente voluntarista para tener méritos delante de Dios. Si amamos es porque la vida de Dios, su Espíritu Santo, habita en nosotros, y como decía la oración colecta de la semana pasada: "...Él ha hecho de nosotros su templo...". El amor cristiano tiene un rostro, una dimensión: Dios-Padre, pues Cristo nos ha dicho: "... sed perfectos como vuestro Padre es perfecto...".
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