Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan” Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Llevándole luego a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque me la han entregado a mí y yo se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya”. Jesús le respondió: “Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y solo a él darás culto”.
Le llevó después a Jerusalén, le puso sobre el alero del Templo y le dijo: “Si eres hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna”.
Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios”.
Acabada toda tentación, el diablo se alejo de él hasta el tiempo propicio.
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Antes de iniciar el comentario del evangelio de este primer domingo de cuaresma, quisiera decir algo con respecto a este tiempo de misericordia y gracia de Dios. Yo los invito a ustedes, como a mí mismo, a no caer en dos errores. El primer error: vivir la cuaresma sólo como un recuerdo necesario. La cuaresma, ya por sí misma, es un Tiempo de gracia, que la Iglesia nos invita a vivir como un “tiempo favorable, hoy es el día de la salvación...."
El otro error, es vivirlo como algo independiente de nuestra vida. Porque, en realidad, todos tenemos una vía, como Cristo, y este tiempo de cuaresma nos invita a examinar nuestra vida y dejarnos purificar por Dios.
El evangelio del domingo pasado, nos ha puesto en la antesala de este tiempo. ¿Qué significa amar al enemigo? Ya san Pablo en la segunda lectura nos hablaba del hombre celeste, en otras palabras el hombre que en Cristo ha sido recreado. Las lecturas del Miércoles de Ceniza, nos han hablado de tres medicinas para contrarrestar nuestras tendencias contrarias a los designios de Dios: ayuno, oración y limosna.
Teniendo estas lecturas, que han sido como una ambientación para introducirnos a la Cuaresma, paso ahora primero a dar unos comentarios breves a las tres lecturas y luego pasamos a la conclusión.
En la primera lectura, la ofrenda de las primicias se asocia a una antigua confesión de fe de Israel, en la cual de modo resumido se nos narra la acción salvífica de Dios: Jacob el errante sin patria que sirve en Aram a su suegro Labán, aquel que venía del extranjero a establecerse en Egipto, tierra extraña y lugar donde crecería por muchos años el pueblo de Israel. La salida de esta tierra de opresión y esclavitud, sólo por gracia de Yahvé, y el paso a la tierra prometida por voluntad de Él mismo, son los hechos que proporcionan a Israel el bienestar y la vida estable o sedentaria. Por esta razón, las primicias de todos los frutos pertenecen a Dios. La confesión de fe es el reconocimiento y los dones son símbolos externos de esta actitud interior de fe.
En la segunda lectura se da la confesión a través de la palabra que: "... está cerca, en los labios y en el corazón..." del creyente. Esa palabra es el mismo Cristo, que es una palabra que el creyente ha de pronunciar por sí mismo y para sí mismo, no como fórmula de memoria o aprendida obligatoriamente, sino como afirmación de estar en disposición total de aceptar y proclamar las verdades de la fe: que Cristo es el Único Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos. Esta confesión de fe expresa confianza en la justicia y salvación que el Señor nos ofrece más allá de cualquier mérito que podamos creer que tenemos.
Según el evangelio de hoy, la actividad pública de Jesús se inicia con un peregrinaje sin patria por el desierto, comparativamente se recuerdan los cuarenta años que Israel anduvo errante por el desierto. Y fue en este tiempo de prueba, dificultades y tentaciones, en el cual el pueblo sucumbió al pecado más de una vez. Pero a la par, este fue un tiempo de relación con Dios de manera solitaria, tiempo durante el cual la fe se va forjando de manera definitiva. Jesús también vivió este tiempo, también ayunó en el desierto y se vio sometido a múltiples tentaciones relacionadas con su misión mesiánica.
Las tentaciones de este tiempo para Jesús son pruebas duras y sumamente profundas. Él, que tomó sobre sí cada uno de nuestros pecados, sólo por amor, quiso también conocer nuestras debilidades, tentaciones, y el maligno y engañoso poder de seducción. Todo lo que le propone Satanás podría parecer muy útil para lograr afirmar su posición de Mesías frente al pueblo. Pero aún sintiendo como hombre, Jesús replica y se opone al demonio, con respuestas amargas y trabajosamente conseguidas, pero con la fortaleza que su Padre y la obediencia a su misión le brindan. Las respuestas de Cristo son una confesión existencial de fe.
En la liturgia de esta semana vemos que, como dice Orígenes, al comentar el Cantar de los Cantares: ".. Cristo ha asumido nuestra condición para vencer en nuestra naturaleza todas las sutilezas y librarnos de la esclavitud del demonio...". De esta manera san Lucas, que escribe a un auditorio que es griego, remarca la presencia del espíritu como signo sólo por el nuevo nacimiento y la comunión con Dios, confesándolo como el único Dios que vence y rechaza al maligno.
Por eso, las tres lecturas de este domingo, de una u otra manera, son una confesión de Fe. Esta confesión está haciendo un recuento histórico de la historia de la salvación. De esta manera, nosotros en este tiempo de gracia, seremos conscientes de que las insidias del diablo arruinan nuestra vida y que podemos estar bajo su dominio. Por ello, nuestra confesión de fe en el único Dios debe ser expresión de nuestra propia historia de salvación, reflejando que Dios en Cristo está obrando en cada uno de nosotros.
Así como Cristo confiesa el amor al Padre con todo su corazón, alma y fuerzas, nosotros sólo unidos a Cristo al confesar nuestra fe, con toda nuestra existencia; con el corazón -el alma y nuestras fuerzas, hacemos profesión de fe, y por consiguiente rechazamos el ofrecimiento que nos hace el diablo. Porque la equivocación puede ser esta: pensar sólo que Cristo no cayó en la tentación, pero que esto no incide en nuestra vida. Al confesar a su Padre, está proclamando que Dios es el único, y que no existe otro camino por donde el hombre pueda andar para llegar a la plenitud del amor y de la felicidad.
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