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En este domingo celebramos en la Iglesia la Solemnidad de la Ascensión del Señor: "...Cristo que salió del seno del Padre vuelve al Padre...", como dice la Constitución Gaudium et Spes: "en Cristo, en el misterio de Cristo se revela el misterio de la vida del hombre"; por lo tanto así como el Hijo de Dios se encarnó en el seno virginal de la Virgen María, y hoy celebramos su vuelta al Padre; igualmente nosotros los hombres creados a imagen y semejanza de Dios, por el don de la vida entramos en el tiempo, y como decía San Francisco de Asís: "la hermana muerte"; mediante la muerte retornamos al seno del Padre, pues la muerte es el paso, el puente de retorno a la Casa del Padre de la Misericordia.
Es importante señalar que hay una gran diferencia entre la fiesta de la Ascensión del Señor, y la de la Asunción de la Virgen María. Cristo retorna al seno del Padre, o sea asciende al cielo; la Virgen María, según el dogma de la Asunción, es llevada al cielo; porque aquella que había llevado en su seno a Dios mismo, no podía experimentar su cuerpo la corrupción.
A continuación presentaremos un pequeño comentario a las lecturas de esta solemnidad.
La primera lectura, el inicio de los Hechos de los Apóstoles, da término a las pocas expectativas de los discípulos, quienes siguen esperando todavía la restauración del reino de Israel, y amplía de manera expresa el campo misionero de la Iglesia, el cual parte de Jerusalén, pasa por Judea, Samaria, y llega hasta los confines de la tierra. La reconciliación, que Dios nos concede en Cristo, afecta a todos, al mundo entero, todos los pueblos han de conocerla. Los apóstoles no propagan una religión simplemente, ellos anuncian un acontecimiento divino que concierne a todos desde el principio, que afecta a todos, lo sepan o no. Este hecho o acontecimiento divino todos deben conocerlo para poder poner sus vidas bajo esta nueva luz que le dará sentido y orden. La universalidad de la verdad de Cristo exige que su verdad objetiva sea afirmada también subjetivamente por los hombres. Afirmada o negada, aceptada o rechazada, lo que es también una forma de ser conocida.
La segunda lectura remarca el carácter único y definitivo del acontecimiento de Cristo. Si este acontecimiento fuera repetible, no tendría una validez universal. La Antigua Alianza estaba bajo el signo de la repetición, porque la ofrenda de la sangre de los animales no podía producir una expiación definitiva ante Dios; pero el sacrificio de Cristo fue tan irrepetible y suficiente que en virtud de él podemos entrar en el santuario de Dios a través de la cortina que antes era un elemento separador: lo que parecía separarnos de Dios, nuestra carne mortal, se ha convertido, por la ascensión de Cristo, en lo que ha penetrado hasta el Padre, ha purificado nuestra mala conciencia y nos ha dado la "... firme esperanza que profesamos..." en la fidelidad de Dios, ahora definitivamente demostrada.
En el evangelio, San Lucas nos narra la ascensión del Señor, con una mirada retrospectiva que conduce al mismo tiempo a la misión en el futuro. En el evangelio el Señor remite a la esencia de la Sagrada Escritura: la pasión y la resurrección del Mesías, y esto es lo que se anunciará de ahora en adelante a todos los pueblos. Los discípulos han sido y siguen siendo los testigos oculares de esta esencia de toda la revelación, y esta gracia única: "...dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis...", los convierte en los "testigos privilegiados". Pero el testigo principal es el propio Dios, su Espíritu Santo, que conferirá a sus palabras humanas "... la fuerza de lo alto...". Los discípulos han de esperar a este Espíritu de Dios, de modo que su misión exigirá una obediencia permanente al Espíritu Santo. La ascensión de Jesús hacia el Padre está precedida de una bendición final que envuelve a todo el futuro de la Iglesia, una bendición cuya eficacia durará siempre y bajo la que hemos de poner toda nuestra actividad.
Un hecho que podemos resaltar en esta solemnidad que celebramos hoy día en la Iglesia, es que Cristo en esta fiesta aparece como el Sumo Sacerdote, según el rito de Melquisedec. El gesto último de la despedida de Cristo, en donde Él bendice a sus apóstoles y éstos lo adoran. Para entender este hecho es bueno recordar un texto del Antiguo Testamento que ponía en evidencia la bendición que impartía al pueblo el Sumo Sacerdote al final de la fiesta de la Expiación:
"... El pueblo suplicaba al Señor Altísimo,
permanecía en oración ante el Misericordioso,
hasta que terminaba la ceremonia del Señor
y concluía el servicio litúrgico.
Entonces él bajaba y elevaba las manos
sobre toda la asamblea de los hijos de Israel,
para pronunciar con sus labios la bendición del Señor
y tener el honor de invocar su nombre.
Y por segunda vez todos se postraban
para recibir la bendición del Altísimo..." (Eclo 50, 19-22)
Durante el transcurso de la vida pública-terrena de Cristo, se había manifestado más de una vez, y sobre todo en sus últimas apariciones de resucitado de entre los muertos como el Supremo Sumo Sacerdote. Esto quiere decir que no hay una necesidad de celebrar la fiesta de expiación como el pueblo de la antigua Alianza, en Cristo con su muerte en cruz ha llevado a cumplimiento todos los sacrificios de la antigua alianza, y ha expiado todos los pecados de la humanidad reconciliándonos con el Padre. La Ascensión por tanto nos invita a ver en Cristo al Altísimo, ante el cual todos los hombres somos llamados a postrarnos, porque Él mismo es el Señor; por esto como dice el texto del evangelio: "... y viéndolo elevarse sobre las nubes lo adoraron...".
La bendición que Cristo da a sus apóstoles en el momento que los va dejando no explica solamente el perdón de los pecados obtenido mediante su muerte en cruz. Esta bendición es sobre todo el signo que expresa el manantial de beneficios que a través de su misterio pascual consumado en la cruz, Él nos los adquiere y nos lo retorna con lo cual nos colma de los beneficios del Padre, por eso San Pablo dice: "... hemos sido adoptados en Cristo,... y si hijos también herederos...".
Esta bendición significa también que aunque Cristo no estará visiblemente presente entre nosotros, Él mismo en el evangelio de Mateo nos ofrece una continua presencia invisible, por eso el evangelista dice: "... yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo..."; dándonos a entender que nos proveerá las gracias y dones abundantes de parte de Dios para nuestra vida y la misión para la cual Dios nos llamará, sea para la vida matrimonial como para la vida consagrada. De esta manera el amor que Cristo nos ha manifestado durante su vida terrena, la Iglesia no dejará de sentirlo ni vivirlo, porque este amor de Cristo que nos lleva al conocimiento del Padre, permanecerá también con nosotros aunque Él esté ahora a la diestra del Padre; como nos dijo el evangelio de San Juan la semana pasada en la liturgia del domingo: "...si me amáis, guardareis mis Palabras, (...) yo y el Padre haremos morada en él...".
Hermanos, esta bendición en particular, nosotros la recibimos hoy en esta fiesta de la Ascensión del Señor. Entre todas las bendiciones que nosotros quisiéramos recibir, ésta es la más perfecta, la mayor entre todas. En ésta se fundamentan las demás, de esta bendición brota la vida de la Iglesia, porque en el Cristo Glorioso que hoy contemplamos, ésta bendición inaugura y sostendrá a la nueva humanidad recreada en el misterio pascual de Cristo, porque esta bendición: es el bien que de parte de Cristo recibimos como Señor de la muerte y de la vida, en Aquel que ha abierto las puertas del infierno, nos ha rescatado a todos los hombres y nos ha trasladado al Reino del Padre. Por eso esta bendición es vivir de los bienes de Dios a través del Cristo Glorioso que hoy en la liturgia celebramos que Asciende al cielo, para desde allí interceder por nosotros.
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