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Como en la semana anterior hemos celebrado la Fiesta de la Ascensión del Señor, solemnidad con la cual se expresa en plenitud el sentido del Misterio Pascual de Cristo; la obra redentora del Mesías Salvador fue el cumplimiento de las promesas hechas a nuestros antiguos padres por parte del Dios de la Misericordia, dándose la siguiente secuencia:
-La Anunciación
-Su vida transcurrió oculta hasta los 30 años en el seno de una familia
-Con su vida pública inaugura el anuncio del Reino de los Cielos, que incluyó: Pasión y Muerte de cruz al final de su vida entre nosotros
-Al tercer día vence el poder de la muerte, como dice el Credo: "... y al tercer día resucitó...",
-Sus apariciones después de su Resurrección a los apóstoles y algunas mujeres; y
-La Ascensión a la diestra del Padre
Como se expresó en la introducción del comentario de la semana pasada, Cristo desvela el misterio de la vida del hombre; pues el hombre al igual que Cristo, al llevar a cumplimiento la voluntad del Padre, está llamado a que su vida tenga esta orientación: salimos de las manos de Dios y a Él retornamos.
A continuación presentamos algunas sugerencias y comentarios que serán de ayuda para la Homilía de esta Solemnidad de Pentecostés, que es la celebración de las Promesas del Padre de la Misericordia, a través de la cual nos hace partícipes de todos sus bienes: "... porque cuando venga el Paráclito (...), os llevará hasta la verdad completa...".
En la primera lectura, no alcanzaremos a comprender nada del acontecimiento de Pentecostés, que nos describen los Hechos de los Apóstoles, si no tenemos presente por siempre que el Espíritu que desciende sobre la Iglesia es tanto el Espíritu de Jesucristo como el de Dios Padre; en otras palabras es el Espíritu de amor recíproco hasta la total inhabilitación del uno en el otro, amor que tiene al mismo tiempo su fruto: la Tercera Persona en Dios.
La tempestad y el fuego, con el que el Espíritu Santo llena en Pentecostés a la Iglesia en su totalidad y a cada discípulo en particular mediante una lengua de fuego que se posa encima de cada uno, es para ella la prueba que Dios Padre y Dios Hijo le dan de su fecundidad: en el Espíritu de la fecundidad divina, la Iglesia podrá ser también fecunda en lo sucesivo, cosa que se manifiesta enseguida en el milagro de que cada uno de los judíos devotos que entonces se hallaban en Jerusalén, procedentes de todas las diferentes naciones de la tierra, oían hablar a los discípulos en su propia lengua. Ocurrió exactamente lo contrario de cuando los hombres pretendieron construir la torre de Babel: pretensión de ser, a partir de la sola fuerza del espíritu humano, una única unidad internacional que apuesta abiertamente contra la unidad de Dios; ahora la única lengua de la Iglesia, que "...anuncia las maravillas de Dios...", deviene comprensible para todas las naciones por la fuerza de Dios. Todos pueden y deben comprender que esta lengua no es como las demás lenguas, sino que es superior a todas ellas, al igual que la Palabra y la Verdad de Dios supera a todas las religiones inventadas por los hombres.
San Pablo, en la segunda lectura, expresa claramente que la diversidad de dones, de carismas, de servicios, que el Dios trinitario distribuye procede de su unidad y tiende a su unidad. Se trata de una unidad fundada por el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo que, en cuanto previamente dada, despliega su plenitud interior, donde cada elemento particular está al servicio de la plenitud de la unidad. Para explicar esto, San Pablo se sirve de la imagen del único cuerpo que sólo en virtud de su vitalidad interior tiene muchos miembros. Este cuerpo es al mismo tiempo un cuerpo espiritual, formado por el Espíritu, y un cuerpo carnal, perteneciente al Hijo encarnado. Las dos cosas son inseparables: "...Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo..."; la vida interior-espiritual y la constitución exterior son inseparables en la Iglesia de Dios.
En el evangelio de San Juan, se nos muestra el origen de esta unidad: el Hijo de Dios se ha hecho hombre no por su propio arbitrio, sino porque fue llevado por el Espíritu Santo al seno de la Virgen; Él es desde el principio tanto verdadero hombre, nacido de María, como portador del Espíritu en todo su obrar hasta la cruz. Allí, donde Él ha consumado obedientemente toda su misión, espira su Espíritu en la muerte, obteniendo después, como resucitado por el Padre, un poder divino de disposición sobre ese Espíritu. Él exhala sobre su Iglesia el Espíritu de su unidad con el Padre: aquí, en el Evangelio de San Juan de hoy día, en cierto modo en el silencio del cenáculo cerrado para el silencio del perdón personal de los pecados, pero en Pentecostés en la tempestad y el fuego audibles y visibles para todos, públicamente, ante el mundo entero y para él; porque la Iglesia tiene las dos dimensiones; actúa en lo escondido y públicamente, a plena luz,
El libro del Génesis nos narra que en el principio, cuando Dios creó al hombre de barro, insufló el hálito del Espíritu, podemos decir que esta celebración de Pentecostés es el nuevo soplo de Dios por el cual la humanidad herida por el pecado y sometida a la esclavitud y a la muerte eterna, es recreada. Cuando Cristo Resucitado se aparece a sus discípulos sopla sobre ellos, como dice San Juan, el Espíritu Santo sobre ellos. Este soplo es el signo sensible del soplo espiritual que a ellos quiere comunicar, o sea, el Espíritu Santo. Pues este nuevo soplo animará ahora la vida y la misión de los discípulos de la Nueva Alianza.
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En el día de Pentecostés, este nuevo soplo se manifiesta materialmente como un golpe de viento, que de una manera impetuosa invade el lugar donde se encontraba reunida la primera comunidad junto con María. La violencia con la cual este soplo llena la casa, da testimonio de la potencia divina que invade y llena a esta comunidad reunida, de esta manera aparece ante nosotros la Iglesia, ardiente y dinámica, que con la fuerza de este Espíritu va a llenar todo el universo. El signo sensible corresponde así a la realidad: todos los discípulos son transformados en el mismo instante por un viento-soplo que transforma su existencia, y esta fuerza de lo alto los envía a cumplir la misión dada por el Maestro antes de ascender al cielo.
Jesús tenía preparado el acontecimiento del Pentecostés, porque reunió en torno a sí un cierto número de discípulos. La actividad de su vida pública consiste no sólo en el difundir la Buena Noticia, sino que también en constituir, poco a poco, una comunidad a la cual confiaría su revelación, sus intenciones, y el poder recibido de su Padre. Por ello, para convertirse en Iglesia, la comunidad tenía la necesidad de la acción más decisiva de este Espíritu que tenía que reunirla más vigorosamente en un mismo Espíritu, para así iniciar la aventura de la Evangelización de la humanidad.
En la Revelación cristiana el soplo de Dios no es más solamente una fuerza que transforma al hombre: es una persona divina que penetra al interno del hombre, y hace del hombre lo que Cristo dice en el Evangelio de San Juan: "... Yo y el Padre haremos morada en él...". Por eso, todo el amor divino que ha inspirado el diseño de salvación, se comunica a la humanidad a través de la persona del Espíritu Santo. En efecto, la vida más íntima de Dios, la revelación de su amor, y ese soplo divino es el respiro del amor del Padre y del Hijo, de modo que el Espíritu es este amor que sopla y que atrae a la humanidad, envolviéndola tiernamente en este amor recreador y regenerador de Dios. Este nuevo soplo que hace surgir a la Iglesia en el día de Pentecostés es un soplo de amor. Mediante el Espíritu Santo la comunidad cristiana animada de la vida divina y el amor divino. Esta comunidad recibe la fuerza para amar: "...como Cristo nos ha amado..."
El Papa Juan Pablo II dice en su Encíclica escrita en el año '86, refiriéndose al Espíritu Santo (Tercera Persona de la Santísima Trinidad): "... La Iglesia es sacramento de Cristo en la humanidad...". El 14 de mayo del presente año, en un mensaje dado por el Papa a la Asamblea de las Comunidades de la Renovación en el Espíritu, les dijo: "... el Espíritu Santo no dejará de enriquecer el testimonio de cada uno con los dones espirituales y los carismas que le otorga la Iglesia. Entre estos carismas, revisten importancia peculiar los que sirven para la plenitud de la vida espiritual ...".
Este soplo-viento es al mismo tiempo, como se ha dicho anteriormente, el que impulsa a la Iglesia a un amor universal por los hombres, como el de Cristo Buen Pastor. El amor que conforma a la comunidad en la unidad no la lleva a encerrarse en sí misma, más aún la estimula a la apertura y a la acogida. El Espíritu inspira la voluntad de comunicar a todos el don de la vida de Cristo. Festejar Pentecostés significa, por tanto, abrirse a este viento transformador que nos comunica la Gracia ganada por Cristo, nuestro Mesías-Salvador-Redentor.
Entonces podemos unirnos con gozo a las palabras de San Pablo: "... llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se manifieste que lo sublime de este amor viene de Dios y no viene de nosotros (...). Así mientras nosotros morimos el mundo recibe la vida...". En el evangelio de San Mateo, la Iglesia se va revelando y concibiendo como un servicio a los hombres, ya que el mismo evangelista dice: "... vosotros sois la luz del mundo, (...) vosotros sois la sal de la tierra...". El 14 de mayo del presente año, el Papa Juan Pablo II con motivo del XVII Centenario de la muerte de San Ambrosio mártir, manifestó al respecto lo siguiente: "... la sangre derramada en comunión con el sacrificio de Cristo es semilla de Nueva Vida evangélica ...".
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