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La presente semana, por motivos de salud, haremos una presentación de diversas explicaciones y comentarios de las lecturas propuestas para el domingo. Para una mayor profundización se recomienda leer la palabra prójimo en el Diccionario Teológico, y en el Diccionario de Teología Espiritual las palabras: indiferencia, fariseísmo, caridad.
En la primera lectura, para el Deuteronomista, la Palabra es la revelación de Dios, primeramente en el Sinaí y ahora en la llanura de Moab. Una revelación divina que no es algo principalmente extrínseco, sino que realmente es una Palabra interior de la que todo seguidor de Jesucristo se apropia hasta llegar a hacerla suya. Una Palabra y una revelación que adquieren rostro y nombre propios en Jesucristo. Él es la Palabra hecha carne. Él es la Palabra que resuena en todas las palabras de la Biblia. Él es la Palabra que, por obra del Espíritu Santo, se adentra en el alma del creyente hasta anidar en ella, convirtiéndola en su morada. Está en nuestros labios la Palabra, porque cuando leemos la Escritura leemos a Cristo en ella. Está en nuestro corazón, porque la Palabra no es un sonido hueco, tampoco un mero contenido noético, sino una persona, a la que se conoce y ama en la intimidad, por la vía del corazón. Para un cristiano, esa palabra cercana e interior, que está en sus labios y en su corazón es Jesucristo. Él es la Palabra que nos aproxima al conocimiento y a la intimidad de Dios, que nos aproxima al verdadero conocimiento de nosotros mismos y del sentido de toda la creación.
El centro de las ideas de la liturgia de este domingo está en el mandamiento que resume la Ley entera de Moisés: amar a Dios y al prójimo, amar a Dios en el prójimo. Es una Ley, como nos lo dice el final de la primera lectura, que Dios inscribe en el corazón de cada uno y que no necesita códigos o explicaciones complejas. Dios es amor que nos manda amar. San Agustín decía: “Ama y haz lo que quieras”. Nada puede ser verdaderamente amor sin ser, al mismo tiempo, verdaderamente Dios y san Agustín lo sabía.
En la misma línea de pensamiento, la segunda lectura, nos hace notar que en Cristo Jesús se borra toda segregación posible. Cristo ha reconciliado con Dios a todos los seres y nadie ni nada puede ser excluido de nuestro amor. Cristo, dice San Pablo, es la imagen del Dios invisible; en Él se hace visible el amor infinito e incondicional de Dios. Pero no nos lo creemos; seguimos hablando de Dios no como quien nos reconcilia a todos en Cristo y por Cristo; seguimos hablando de Dios como quien nos ama sólo si nos portamos bien y como quien se siente colérico por nuestro mal comportamiento.
Jesús es la imagen visible del Dios invisible, es el primogénito, es decir, el arquetipo de toda criatura, punto de referencia, por tanto, del cosmos y de la historia. En definitiva, la creación entera mira hacia Jesucristo como a su modelo, su razón de ser, su último destino. Por eso, el himno de la carta a los colosenses nos dice que en Jesús reside toda la plenitud. Finalmente, aplica a Jesús otros dos nombres: cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, o sea, centro de cohesión y de dirección de los cristianos, y primogénito de entre los muertos. Aquel en quien anticipadamente se nos muestra el destino final de todos los hombres que buscan sinceramente a Dios. Como primogénito de la creación, todo lo engloba, todo lo configura, todo lo sella con su imagen y con su amor.
El Evangelio de este domingo de san Lucas, nos cuenta la conocida parábola del buen samaritano. Siempre que puede, Jesús coloca como prototipo de aceptación de los valores del Reino, y de una vida consecuente a ellos, a alguien que no es israelita, sino despreciado por los israelitas y sus representantes religiosos. Corresponde a la idea de señalar que, cuando se puso por escrito el Evangelio, eran los no judíos los que le daban aceptación al Evangelio del Reino y, más bien, los israelitas quienes lo rechazaban. Aparte de eso, Cristo nos cuestiona a todos los que creemos formar parte de la comunidad de justos; si Dios me ha amado incondicionalmente, yo debo amar sin condiciones, segregaciones o distingos.
El fariseo que pregunta, en este trozo del Evangelio, sólo quería ver a qué escuela de la Ley de Moisés pertenecía Jesús y se encontró con que Jesús compartía muchas de sus ideas. Tuvo la idea de añadir una pregunta retórica: “Pero, y quién es mi prójimo”? Y Jesús le respondió que es uno el que debe ser próximo, prójimo, de quien lo necesite.
Como parábola, sólo tiene una intención, revelar que la pregunta en el Reino de Dios no es “¿quién es mi prójimo?”, sino “¿de quién debo ser prójimo.
En cualquiera de los casos, esta parábola tiene detalles terribles; el samaritano, cualquier samaritano, por el hecho de serlo, era mirado con odio y desprecio, no sólo civil, sino religioso, porque era un hereje, según la mentalidad judía. Jesús, en esta parábola, compara con ventaja el comportamiento de este “hereje” y enemigo con el de un sacerdote y el de un levita. Ante el pueblo que lo oyó debe haber sonado como lo siguiente: es preferible ser hereje y portarse como se portó éste, que ser sacerdote y portarse como se portó el de la parábola.
Lo importante para Cristo no es ser sacerdote o laico, sino vivir el amor plenamente. Es más, la única verdadera ortodoxia es amar, puesto que Dios es amor; la única verdadera herejía es no amar porque el que no ama no conoce a Dios.
Nuestro Señor usó la parábola del “buen samaritano” para enseñarnos que no basta proclamar de palabra lo que, como cristianos, debemos hacer por la fe. No basta saber, ni predicar, ni enseñar.
Hay que actuar. Sin embargo un cristiano debe saber actuar a la sombra, sin que se note, sin que se vea.
El cristiano actúa haciendo obras de amor y de misericordia porque sabe que de lo contrario no puede disfrutar de la vida cristiana, es decir, de la vida eterna de que Cristo habló tantas veces. Para que no nos quedaran dudas sobre cómo debemos amar al prójimo, Jesús usó la parábola del buen samaritano. Aquel sacerdote que pasó de largo puede servirnos de ejemplo para enterarnos que la caridad no es algo que se hace de vez en cuando. Es una actividad permanente de bondad y amor al prójimo. Es la base de la vida de un buen cristiano. Sin ella, como dice san Pablo, somos como una campana que suena.
El levita también pasó despreocupándose del herido que estaba tendido en el camino. Es la figura de los cristianos cómodos que creen cumplir con Dios yendo a la iglesia de vez en cuando. Incluso representa a los que van a la iglesia cada domingo pero que lo hacen de rutina. No viven la misa ni tampoco la caridad. Echan algo a la colecta, haciendo que se vea bien, para que todo el mundo sepa cuanto han dado. No lo hacen por amor al prójimo sino por la vanidad y la soberbia que hay dentro de ellos.
El samaritano, precisamente el extranjero, es el que muestra la actitud que debe tener el cristiano que sabe compadecerse y ayudar con sus obras al prójimo. Seguramente, en el camino de nuestra vida, nosotros encontraremos gente herida de alma y de cuerpo; gente con falta de cariño, ó que carece de los medios materiales más indispensables; gente que ha sufrido humillaciones que van contra la dignidad humana, despojados de los derechos más elementales. Cuando encontramos estas situaciones, si estamos unidos al Señor, la preocupación de ayudar a los otros debe hacernos salir de nuestro camino rutinario y dejar de pensar solamente en nosotros mismos.
Jesús concluyó diciéndole al doctor de la ley: “…Vete y haz tú lo mismo...” Que quiere decir, "Sé tú el prójimo inteligente, activo, discreto y comprensivo con todos los que te necesitan”. Recordemos que estas palabras son dirigidas también a nosotros.
Los dos planteamientos no deben estar necesariamente alejados. Para el cristiano, la posibilidad y el mandamiento de amar se basan precisamente en la fuerza que viene del Espíritu de Jesucristo.
Entonces, volvemos a la pregunta: ¿Quién es mi prójimo?. Para Jesús lo importante no es saber quién es mi prójimo , sino hacerse uno prójimo de los demás, acercarse, aproximarse, ayudar al otro. Y, cuidado, no se es prójimo así como así, sino que tenemos que hacernos prójimo unos de otros y en especial del caído y maltratado. Porque está claro que tenemos la tentación todos de perdernos en discusiones verbales e intelectuales mientras el hermano se puede morir desangrado en el camino, y también tenemos todos la tentación de aislarnos, y ojos que no ven, corazón que no siente, o aunque hayamos visto pasar de largo. La maravillosa parábola del buen samaritano, que se lee en este domingo, es un reflejo de cómo hay que vivir en concreto la ley del amor a Dios y a los hombres.
Conviene recordar que Dios ha sido el primero que se ha hecho próximo al hombre a través de su palabra y de la manifestación de su poder. La Biblia está salpicada de diálogos con el hombre ya desde las primeras páginas del Génesis. Pero, sobre todo, Dios se ha hecho próximo en su Hijo, mediador único y universal, de quien proviene todo y es fuente del amor misericordioso del Padre. Cristo es el verdadero buen samaritano, que antes de enseñar la parábola, la hizo realidad en su vida acogiendo a todos, amando a los pobres, perdonando a los pecadores, defendiendo a los marginados, curando a los enfermos, salvando hasta entregar la última gota de su sangre en la cruz.
Como un aporte adjuntamos la meditación del P. Antonio Luis Martínez
“¿Y quien es "mi" prójimo?
Nadie... si lo preguntas
Cualquiera... si lo amas
La pregunta con que el fariseo trata de justificar su falta de amor delante de Jesús sigue abierta en el desamor de tantas y tantos que hoy pretenden justificarse delante de Dios.
Por eso, la parábola del buen samaritano es una respuesta a la pregunta que el egoísmo nos impide formular, al mismo tiempo que es un mentís a la hipocresía latente en nuestra pregunta. El prójimo no es nadie para el que sólo pregunta porque la pregunta misma levanta una muralla de separación, al despersonalizar al prójimo y reducirlo a objeto de curiosidad. Para el que se conforma con la pregunta el prójimo no está próximo, sino lejos, al otro lado de nuestra curiosidad.
En cambio, el amor aproxima y nos hace descubrir al prójimo. Por eso para el que ama, cualquiera es prójimo. El prójimo es sólo y siempre aquel a quien tenemos que amar, mejor dicho, aquel a quien ya amamos. Quizá por eso, porque no amamos al prójimo, no acabamos de enterarnos de que el prójimo es el otro: el rico para el pobre y el pobre para el rico, el débil para el poderoso y el poderoso para el débil, la izquierda para la derecha y la derecha para la izquierda, el católico para el ateo y éste para el católico, el hombre para la mujer y la mujer para el hombre. No amamos al prójimo y así indagamos antes sobre las buenas cualidades del prójimo para cerciorarnos de si es o no digno de nuestro amor. ¡Como si no fuera el amor el que hace al prójimo amable a nuestros ojos!
El mandamiento de Jesús nos invita a amar pero no nos autoriza a juzgar al prójimo. Y la conclusión de la parábola del buen samaritano no es como podría esperarse la indicación de quién es el prójimo sino la recomendación a conducirnos como prójimos, es decir, la invitación al amor porque su corazón estaba tocado por el amor al prójimo. Quizá ahora se entiende mejor el interrogante del titular. Según Cristo, el cristiano, aunque no sea causante del mismo, debe sentirse interpelado ante el mal que sufre cualquier hombre y ayudarle como hermano”.
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