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las lecturas de la semana pasada se hacía referencia al querer
de Dios desde el principio, es decir en donde la creación del hombre
y la mujer. Ellos no sólo han sido creados a imagen y semejanza
de Dios, sino llamados a una vocación originaria que es la vida
común. Por consiguiente ésta llamada a la vida (comunión
vocación) lleva al hombre y a la mujer a celebrar juntos
el amor de Dios, en una llamada a ser signos de la fidelidad de Dios con
los hombres. Dios se reserva el derecho de sellar y consagrar esta vida
en común: ... lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre....
En
las lecturas de este domingo el evangelista continua profundizando en
la identidad del ser humano.
La
semana anterior nos presentó la vocación originaria del
hombre y la mujer; y en las presentes lecturas se nos va a manifestar
el modo de vivir según Dios.
Empezando
por la lectura del Evangelio podemos decir que se dan como tres momentos
que entrelazados:
Primero,
la pregunta del joven rico, que indudablemente es aclarada por Cristo,
como enmendada, cuando le responde: ... ¿por qué
me llamas bueno? ... sólo Dios es bueno... De esta manera
Cristo nos dice a todos nosotros que la vida nueva, los milagros, signos
que Él realiza conjuntamente con su predicación, están
anunciando una vida nueva que no consiste en observar una ley y tratar
de cumplirla, sino que esta ley que todavía permanece nos quiere
llevar a desear una vida plena que no esté sujeta sólo
a una observancia, por eso la pregunta del joven rico: ...¿qué
tengo que hacer para heredar la vida eterna?... y su respuesta
posterior ... todo esto lo he cumplido desde mi juventud...;
está demostrando simplemente la falta, el ansia de una plenitud,
ya que la observancia de la ley no puede llegar a saciar plenamente
el corazón ni la vida del hombre.
Sólo
la menciono, porque más adelante se enlazará con otra
afirmación, la invitación de Cristo tan radical y desconcertante,
y que siempre ha desconcertado los corazones de los hombres pero ha
llevado a otros a la felicidad plena: ... una cosa te falta, ve
vende tus bienes y dáselo a los pobres....
En
un segundo momento el Evangelio nos presenta a Cristo como dando una
sentencia: ...qué difícil es que los ricos entren
en el Reino de Dios... Lamentablemente lo primero que se nos viene
al pensamiento es pensar en aquellos que tienen dinero, pero tenemos
que decir que no es de riqueza de la que habla Cristo en este momento.
Tampoco podemos negar que el dinero lleva al hombre a afianzarlo, a
que se sienta aparentemente no necesitado, que lo hace creer que es
dueño de su vida y que incluso puede disponer arbitrariamente
de la vida de los demás, o tratando de pensar en un sentido positivo,
que puede ayudar y hacer el bien a los demás según sus
propios criterios por el poder que el dinero le puede facilitar y ofrecer
y disponer.
No
es esta riqueza necesariamente la que impide al hombre entrar al reino
de los cielos. Pues tampoco podemos negar que puede ser uno de los obstáculos
grandes que el hombre pueda tener en su camino a la santidad, sobre
todo porque el dinero puede llevar a un hombre a sentirse dueño
y soberano de su vida.
Por
eso la pregunta de los apóstoles: ... entonces ¿quién
podrá salvarse?..., a lo que aparente Cristo no da una
respuesta aunque en realidad somos nosotros como los discípulos
que no la entendemos.
La
segunda lectura en este contexto que estamos hablando viene a ayudarnos
e iluminarnos porque dice que la Palabra d Dios: ... es como una
espada de doble filo, que penetra hasta el punto donde se dividen alma
y espíritu... Y por eso la respuesta de Cristo: ...
imposible para los hombres pero no para Dios ...
Para
ir enlazando los puntos podemos preguntarnos: ¿Por qué
Cristo ha dicho que no hay imposible para Dios? ¿No estará
queriendo Cristo hacernos presente que la vida nueva que Él está
predicando y nos está revelando y anunciando no consistirá
más en la observancia y en el cumplimiento? En el libro del Génesis,
en la historia de Jacob, hay un pasaje en el cual se narra que este
personaje de la Biblia tiene un combate con Dios (...) Dios le cambia
el nombre y le dice: ... ya no te llamarás más Jacob
sino Israel... , que significa fuerte con Dios (Gn 32).
De
esta manera podemos ir entresacando de esta lectura que el hombre por
sí mismo no puede obedecer plenamente a Dios. Recordemos el Evangelio
de la semana pasada en el que Cristo decía: ... lo que
Dios unió que no lo separe el hombre.... Si Dios se ha
reservado el hecho de unir al hombre y la mujer para toda la vida, lo
que hoy llamamos matrimonio eclesiástico, también se ha
unido el derecho de que el hombre pueda unirse a Él y la forma
cómo realizarlo.
Pasando
al tercer momento, inmediatamente se hace sentir la réplica de
Pedro, en la cual podríamos incluirnos todos nosotros que venimos
y participamos de la Misa, que comulgamos frecuentemente; aún
más sacerdotes y religiosas que hemos dejado todo, como muchas
veces se escucha equívocamente decir: he dejado todo por
elegir a Cristo, pese a que cristo dice que él es quien
nos ha elegido. Es Dios el que llama y cuando nos llama nos da las gracias
para seguirle. Pero en otro momento profundizaremos sobre lo que significa
la vocación del discípulo.
Decíamos
que Pedro hace mención a Cristo de todo aquello que los discípulos
han tenido que dejar por estar con Él y seguirle. Y Cristo respondiendo
rápidamente a Pedro, también como a los discípulos
nos deja desconcertados a nosotros. Dice: ... recibiréis
el ciento por uno ahora en el presente, (...) con persecución;
y en el mundo venidero vida eterna...
Retomando
la segunda lectura, la Carta a los Hebreos decía que : ...
la palabra de Dios es como espada de dos filos ..., entonces esto
significa que la palabra crea en el hombre un corazón según
el querer de Dios, donde no se admitirá, sino solamente a Dios.
Pongamos un ejemplo muy humano, es un hombre y una mujer que llegan
a descubrirse a través del tiempo un amor exclusivo entre ellos,
y no es que no puedan amar a otros, pero el amor entre ellos es singular
y exclusivo, y tanto es este amor recíproco que muchas veces
se convierte en fundamento y fuerza para poder amar a otros.
Ahora,
entonces, la primera lectura nos ayuda en este momento para enriquecer
esta parte del Evangelio. En una parte de la primera lectura se decía
que ... ni todos los bienes juntos se comparan a esta sabiduría
o podrían equiparla..., tanto es así que la misma
lectura hacía referencia que ésta (la sabiduría)
no se compara ni a todas las riquezas. Sabemos que esta sabiduría
de la que se habla en el Antiguo Testamento es el mismo Cristo, que
es la Sabiduría, la Palabra del Padre.
Entonces
tenemos así que ante la interpelación de Pedro que menciona
que han dejado todo por seguirle, esto no puede quedar en un acto altruista
o de alta generosidad, o de filantropía humana. Hoy sabemos que
dejarlo todo para seguir a Cristo sólo es posible si este Cristo,
Sabiduría encarnada, habita en nosotros. Y por eso es difícil
que un rico de sí mismo o con el corazón apegados a ,los
bienes pasajeros, entre en el Reino de los cielos, por eso, el Evangelio
de Mateo, Jesús llama bienaventurados a los pobres de espíritu
porque aquellos heredarán el Reino de los cielos. Por eso el
joven rico se va triste, no porque ha descubierto que realiza el mal
o hace el mal, sino porque quizás podía dar todo y cumplir
todo a la perfección, pero vaciarse de sí mismo sólo
es posible por obra de Dios y en la realidad en que nosotros nos abramos
a la acción de su gracia.
Por
eso tengamos presente la segunda lectura en este día, porque
la Palabra de Dios es una espada de doble filo, porque para llenarnos
de Dios, llenarnos de Cristo, llenarnos del Espíritu Santo, Dios
tiene que ayudarnos a vaciarnos y a despojarnos de todo aquello en lo
que podamos, sin darnos cuenta, estar poniendo la seguridad de nuestras
vidas. Por eso, como dice san Pablo en la Carta a los Filipenses: ...
así como Cristo se despojó de sí mismo...
y así se hizo como nosotros, igualmente nosotros para revestirnos
del hombre nuevo que es Cristo necesitamos que la Palabra, la predicación
de la Iglesia realice en nosotros este vaciamiento.
Es
necesaria toda esta pedagogía porque en ciertos casos podemos
hacer obras aparentemente buenas pero no sirviendo a Dios. El Evangelio
de Mateo nos dice: ... no se puede servir a Dios y al dinero....
El dinero en este contexto no se debe entender solamente como el dinero
en cuanto tal, sino que representa aquí a aquello donde el hombre
construye y pone la seguridad de su vida independientemente de Dios.
Por
eso el dar nuestros bienes a los pobres, dice la tradición de
la Iglesia de los primeros siglos, es un acto de confesión de
fe en el Dios a quien estamos llamados a: ... amarle con todo
el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas....
Y así como los esposos necesitan gestos concretos de amor, también
en la vida cristiana nosotros necesitamos realizar estos actos de fe,
no porque Dios lo necesita sino porque nosotros necesitamos signos concretos
con los cuales Dios va acrecentando nuestra vida y nuestro amor hacia
Él. En esto consistirá por tanto vivir ya desde este mundo
como un anticipo la vida eterna, que significa vivir en comunión
con Dios y con los hermanos.
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