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De marinero a sacerdote (Testimonio del P. Ronnie Estrella)

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El P. Ronnie Estrella, es filipino de nacimiento, pero peruano de corazón; así lo dice en sus propias palabras. Conoce la realidad del país, ya que ha llevado su ministerio por las tres regiones del Perú. Hoy, se encuentra como administrador parroquial en la P. Nuestra Señora del Mar, en Ventanilla. 

En esta entrevista, nos cuenta de su presbiterado como misionero, ya que así se siente, desde el primer momento en que llega al Perú. Nos hace un recuento de su labor como sacerdote para este país y nos cuenta algunos hechos que marcaron su vida.


P. Ronnie, cuéntenos acerca de su juventud filipina

En mi país de origen, antes de mi experiencia de mi encuentro con Jesucristo, trabajaba en una embarcación como radio operador, fue casi por doce años. Allí empieza la historia que Dios tiene para mí. Estaba un poco confundido, mis padres tenían un problema en su matrimonio, a causa del adulterio. Mi padre abandonó la casa por seis años. Como marinero, tenía una vida muy mundana. Tenía trabajo, dinero y una novia. Pero, no me sentía bien. Parecía un arroz chaufa que no tiene sazón. Era una vida sin sentido, esas son las palabras exactas. Buscaba algo y no lo encontraba. Inicié una búsqueda. 

¿Un encuentro con Dios?

No sabía que Dios me estaba preparando para volver a la Iglesia. Entonces, regreso a mi pueblo por un mes de vacaciones. En ese momento, encuentro al grupo de hermanos hablando de Jesucristo y de su misericordia.  Era un episodio de mi vida que nadie podía sacarme del hoyo en donde estaba. Entonces, encontré un anuncio de la Iglesia. Así, escuché la catequesis, en la parroquia donde crecí. La misma, a la que  mi madre me llevaba de pequeño, junto a  mis hermanos.

¿Es allí, donde nace su vocación sacerdotal?

En realidad, no tenía un acercamiento al sacerdocio. Para nada. Tenía 37 años y sólo buscaba una vida espiritual adecuada. Luego de unos años de caminando en la perseverancia, tome la decisión para ser sacerdote. Al inicio, estuve en un lugar de formación temporal, por un tiempo pensé que no pertenecía a ese sitio. Hubo un cambio de catequistas y deciden enviarme al seminario. Junto a un grupo, fuimos enviados a un seminario en Manila. Ya que no existían  seminarios en aquella época en Filipinas. Allí, nos invitan a Porto San Giorgio, a una reunión mundial de vocaciones. Es ahí, donde por sorteo, me envían a Perú,  junto a dos filipinos más. radio

Así,  empieza su relación con el Perú.

Entonces, nos mandan por 30 días, a un encuentro con Monseñor Durand. Teníamos pasaporte de turistas. No sabíamos nada. Ni a dónde íbamos a hospedarnos, ni el idioma. Ya en Perú, el rector del seminario, P. Ángel Ciriza, nos recomienda, no estar juntos, sino mezclarnos con los estudiantes, para aprender a hablar español. Entonces, no llegamos de visita, sino que nos hicieron quedar en el seminario.

¿Cómo empieza la vida del seminario, para un filipino que no sabe hablar español?

Fue doloroso, un estrés horrible. En un principio, mi cabeza memorizaba lo necesario: mi nombre, la edad que tenía, dónde vivía. Entendía un poco, pero para expresarme, eso era lo más difícil. En especial, para los exámenes. Recuerdo que, cuando recibía mis evaluaciones, siempre llevaban una nota que decía: Difícil para entender, mejorar expresiones, entre otras. (Comenta entre risas)

Algunas anécdotas dentro del seminario

Dos, una al inicio y otra finalizando mi vida como seminarista. Una profesora de la P. San Martín San Lorenzo, nos llevó a una escuela de niños pequeños. Nos presentan como amigo filipinos que necesitan vocalizar las vocales. Casi me muero. Pero eso me ayudo, eso fue de Dios. Me invitaba a humillarme. Eso no me gustaba tanto, pero vi a Cristo. Seguí mis estudios de corrido, solo salí cuando hice una itinerancia, para la visita a Tierra Santa del Papa Juan Pablo II. Fuimos un dominicano y yo, a trabajar para los peregrinos. Fue un trabajo riguroso, pero lo encontré con gusto. Tuve un pequeño encuentro con Juan Pablo II, cuando inaugura la casa de convivencia en Jerusalén. Regreso y me envían a Yurimaguas, a completar la misión. Luego, me ordeno como diácono.

Cuéntenos del inicio de su presbiterio 

La primera parroquia, a la que fui como párroco fue San Luis Gonzaga, en Ventanilla. En un comienzo, esa parroquia estaba abandonada. Fue difícil. No teníamos para comer. Fuimos trabajando poco a poco. Llegamos a introducir los sacramentos. En este lugar, ocurre un hecho que marca mi presbiterio. Existía un grupo de drogadictos, que venían a confesarse de vez en cuando. Y esto me marcó, porque en la celebración de Semana Santa, no sabía quiénes podrían ser los apósteles; y fueron ellos, quiénes los representaron. Cuando les beso los pies, comenzaron a romper en llanto. Y me comentan: “Padre… nunca he sentido cuánto me ama la Iglesia, como hoy lo siento”. Fue algo que no había visto nunca, en mi vida. Así, los llegué a preparar para que sean acólitos y fue una sorpresa para Monseñor, durante una visita.

Después, estuvo un buen período de su ministerio en la selva peruana.

Desde que llego a Perú, sabía que era misionero. Entonces, me mandan a Iquitos. Se vive un calor insufrible. Es una realidad distinta, las personas van en short y faldas a la misa. Empezamos, junto a un grupo de catequistas una nueva evangelización. Por otro lado, las personas querían mejorar la parroquia, que estaba en condiciones precarias. Y lo hicimos, quedó muy bello.  La convertimos en lo que llamo una parroquia “pituca”, es decir con dignidad para el servicio de todos los fieles.

Y actualmente, se encuentra en la P. Nuestra Señora del Mar

Así es, desde que llegué acá estoy contento. Estoy con una familia en misión, que son un signo visible de la Iglesia, para el mundo. Encontré varios grupos parroquiales y comunidades. Son grupos que les gusta realizar varias actividades. He encontrado con gozo el contacto con la gente. Luego, percaté que no celebraban la fiesta de la patrona. Solo una kemesse. Así que, investigué acerca de la historia de la patrona, junto al equipo parroquial y todos los fieles, realizamos la festividad de la patrona, que es muy importante para nosotros.