Los seminaristas del Callao y la alegría del anuncio del Evangelio
En el Seminario Corazón de Cristo, existe un día especial, un tiempo virtuoso donde no hay méritos, un lugar privilegiado pero sin privilegios, es tan solo el gozo de salir a caminar con Dios a la calle.
La ciudad es misión y se llena de bendiciones cada vez que dos o más están reunidos en el nombre de Jesús (Mt 18, 20), y que en palabras del Papa Francisco, es el mismo Señor quien “primerea” en la tarea que la Iglesia realiza cuando está en salida y hace suya la acción evangelizadora.
Nuestros seminaristas del “Corazón de Cristo” salen cada jueves del seminario, yendo de dos en dos, según el diseño apostólico del Señor, (Mc 6, 7-13). Caminan despacio, sin prisa, pues no es una heroica tarea personal la que realizan, sino la obra de Dios, que se manifiesta en lo sencillo, en la palabra, en cada pequeña acción hecha con amor y por supuesto en la alegría de estos jóvenes que han experimentado un encuentro personal con Jesucristo y que, desde esa experiencia, pueden anunciar el gran tesoro del amor de Dios.
Es así que el anuncio del evangelio mueve el seminario entero, para ir a diferentes zonas del Callao, recorriendo aquellas periferias sociales y espirituales, de las que siempre nos habla el Santo Padre. Este caminar con Cristo puede llevar a los seminaristas, por ejemplo, desde aquellas casas hechas de cartón y esteras hasta las más modernas construcciones de material noble. No importa donde sea, pueden ser mercados, cárceles, hospitales, pero es en los colegios donde se ha dado mayor oportunidad de llevar el anuncio de la alegre noticia de Jesús, el hijo de Dios, que está vivo y ha venido para salvarnos a todos.
A veces se dan todo tipo de circunstancias, como cuando alguien atiende desde un segundo y tercer piso, y hay que gritar: ¡hermano (a) Dios te ama!, así como situaciones donde se encuentran enfermos, familias destruidas, personas con muchos problemas, que al escuchar el anuncio del Evangelio, llegan a emocionarse hasta las lagrimas, para luego bendecir al Señor.
Sucedió una vez hace tiempo que al tocar la puerta de una vivienda, los seminaristas encontraron a un hombre cuya familia no quería abrirles las puerta y solo atendían tímidamente por el resquicio de una ventana, al escuchar la predicación, un hombre grito desde adentro de la casa para que los hagan pasar porque el también quería escucharles, este hombre estaba postrado en una cama con una herida en su costado, tenía una bala alojada producto de una balacera y no podía ir a ningún hospital para ser atendido por temor a la policía. Sin embargo, esa tarde al igual que el ladrón arrepentido del evangelio, sintió el temor de Dios en su vida. Y por primera vez escuchó que le hablaban de algo nuevo para él.
Cada semana son muchos los testimonios de vida y fe que recogen los seminaristas, futuros sacerdotes de la Diócesis, tan solo dando un momento de su vida, pueden dar vida a otros llevando la presencia de Jesús, que es el camino, la verdad y la vida.
Muchas veces hablar a los jóvenes es muy difícil, en los colegios puede percibirse aquella manifestación insulsa que envuelve la vida de los adolescentes y de los niños, que son muchas veces las victimas de toda la violencia familiar y social que les rodea. Y solo el Señor tiene la capacidad de cambiar y restaurar vidas. Sucedió una vez en un colegio de Villa Los Reyes, que al terminar de predicar un seminarista les invitó a compartir el mensaje de la buena noticia que acababan de escuchar, haciendo un dibujo en una hoja de papel y luego entregarla a sus familiares, vecinos y a las personas que más lo necesitaran. Al despedirse y salir del salón una pequeña niña corrió detrás de aquel seminarista y le dijo: “Padre esto es para ti” y le dio un papel, el cual tenía un dibujo y un mensaje que decía: “Dios te ama a ti”. Lo cual quería decir que el mensaje había sido entendido y llegado al corazón de aquellos niños.
Al caer la tarde los seminaristas regresan al seminario, y aunque cansados, descansan en el gozo del kerigma que es la dulce y confortadora alegría de evangelizar, porque cuando nos acercamos y comunicamos la buena noticia a los demás, más que dar algo se recibe la gracia y la alegría de acercarnos cada vez más al corazón de Cristo.