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Mons. Prevost: "Dios es misericordioso con el que llega temprano e incluso con el que llega en el último momento de su vida"

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Compartimos la reflexión de Monseñor Robert Prevost O.S.A., Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao, durante la Santa Misa del domingo 20 de setiembre. 
Hermanos y hermanos una vez más quiero saludar a todos ustedes, en especial felicitar a los miembros de “Bodas de Caná”, por su 33 aniversario de presencia en la Diócesis de Chiclayo; a los miembros de la parroquia “San Juan Apóstol” que también todos los domingos nos acompañan. También, saludar a los fieles de la parroquia “San Pedro Nolasco”, de la Diócesis del Callao, que celebran 60 años de creación, en la zona de Ventanilla, con una presencia muy importante, como testimonio de Jesucristo del evangelio de la solidaridad y la comunión.


Quiero empezar con las hermosas palabras de la primera lectura que son de profundo sentido, merecen ser meditadas por nosotros, quizás de manera muy especial, a partir de la experiencia de estos últimos meses que estamos viviendo, luchando contra la pandemia.
Cómo ha hecho san Agustín, varias veces en su predicación, vuelve a dar lectura a la misma palabra de Dios; y lo hago como parte de la primera lectura, porque de verdad es importante: “Busquen al Señor mientras se le encuentra, invóquelo mientras esté cerca. Que el malvado abandoné sus caminos y el criminal sus planes; y regresé al Señor y Él tendrá piedad”.  Luego el Señor nos advierte algo muy importante, como vamos a ver después en el evangelio, que la lógica de Dios no es nuestra lógica, nuestra forma de evaluar las cosas es muy distinta a la del Señor.
A través del profeta, el Señor nos dice: “Mis planes no son sus planes y tus caminos no son mis caminos”. 


Aquí en esta lectura lo que encontramos es que el profeta Isaías, que se dirige hacia los fieles; los miembros del pueblo de Israel; que están preparándose para regresar a Jerusalén; después del tiempo de destierro; les está animando a tener fe en el Señor.


Quizá es  algo parecido a lo que todos nosotros estamos viviendo, en un cierto sentido, desterrados de los lugares Santos durante estos meses alejados presencialmente, con esa imposibilidad de participar en la Asamblea Eucarística, la Santa Misa; y especialmente en estos días domingos.


El profeta nos explica que una de las condiciones del nuevo estado de vida, del nuevo estado de las cosas, será buscar al Señor, ponerse en estado de conversión. Además, nos anima, porque la conversión está al alcance de quién tiene verdadero interés de cambio. Basta querer ponerse en esta visión nueva, de vivir la conversión.


Me hace pensar en palabras de san Agustín que escribió “a quién hay que encontrar está oculto, para que lo busquemos…y es tan inmenso, para que, después de ser encontrado, lo sigamos buscando”. 
Nunca podemos decir que ya hemos encontrado a Dios en su plenitud, nunca en esta vida vamos a comprender totalmente lo grande que es amor de Dios, su perdón, su misericordia. Nunca aquí vamos, definitivamente a saber su voluntad. Como tampoco podemos decir que ya tenemos conseguido el amor en su plenitud, pues mucho menos lo vamos a poder decir de Dios. Porque conocer a Dios, no es como poseer un objeto, tenerlo en nuestro bolsillo, tener ya todo solucionado. 


Hay que buscar, hay que sembrar, preparar el terreno de nuestras vidas para que el Señor siembre su semilla en nuestras vidas, que vayan creciendo como la viña, como los que trabajan al comenzar el día, a media mañana, a media tarde y al anochecer. 
Es un engaño pensar que ya hemos encontrado definitivamente el sentido de nuestra vida, porque Dios es un Dios de sorpresas.


Pidamos a cada momento, que sigamos buscando, que sigamos caminando, que no abandonemos, y que no nos cansemos de este trabajo, pero también de está felicidad y de esta alegría de saber que, en comunidad, unos con otros, en la familia, como pareja, busquemos continuamente al Señor.
Esto va muy bien para las parejas, los matrimonios de “Bodas de Caná”, que pueden decir muy bien que el matrimonio no es algo fijo, que fue establecido el día de la boda, sino más bien es crecer en el diálogo, seguir aprendiendo a comunicarse unos con otros y después con los hijos, construir la familia, todos unidos, pero no como una cosa fija, sino buscando permanentemente al Señor.


Si miramos un momento al Evangelio, en el contexto en que vivimos hoy, no es difícil comprender algunos de los aspectos que este texto nos presenta. Socialmente, después de todos estos meses, esa crisis económica, como resultados de la pandemia.
Cuántas personas son que han perdido su trabajo, que tiene que luchar día tras día para encontrar, quizás solo necesario para sobrevivir, para llevar algo a sus hijos. 


En la época de Jesús, por distintos motivos, también había crisis sociales, el desempleo era muy abundante, los obreros solían reunirse en una plaza desde temprano, esperando que alguien llegaría ahí diciendo “necesito gente que trabajen los campos”; y los contrataba normalmente para una jornada entera.


Los que fueron contratados, generalmente en la madrugada, las 6 de la mañana trabajaban 12 horas. En el evangelio que Jesús, en esta parábola nos presenta, llegaron todos que empezaron a trabajar a las 9 de la mañana, pues también otros que trabajaban menos horas, mediodía hasta las 3 de la tarde y a las 5 de la tarde todavía. Este amo buscando cómo dar trabajo a estos hombres que lo necesitaban. Según las normas que se encuentran en el Antiguo Testamento, se pagaba el salario del día, en el mismo día que se realizaba el trabajo. Una forma de justicia para asegurar que el trabajador recibirá su pago. Lo normal era recibir un denario para una jornada de trabajo. Era como un sueldo mínimo; podemos decir apenas para la subsistencia de un hombre con su familia.


Aquí encontramos al dueño de la viña que manda a su mayordomo que pague a los obreros, pero en orden inverso. Empieza con los que apenas han llegado hace una hora. Sucede aquí algo que nos puede parecer tan extraño. A los últimos les pagan un denario y a los que trabajaron 3 horas hasta 12 horas, también les dan un denario.


Un denario que era el sueldo justo.  El amo de la parábola da a todos lo que necesita para vivir, a los primeros porque se lo han ganado y a los demás porque de forma progresiva el dueño de la viña decide ser generoso con todos.
Podemos entender que los que habían trabajado 12 horas empiezan a quejarse, a protestar. ¡Eso es injusto! ¿Por qué a nosotros, después de 12 horas nos dan lo mismo que dieron a ellos que trabajaron una sola hora?


La lógica humana, nuestra forma de pensar que yo soy mejor, yo soy superior, yo trabajé más, y por eso merezco más. Pero el amo, el maestro, el dueño de la viña que representa lógicamente a Dios Padre, no piensa como nosotros, pues no es que los que hayan trabajado más hayan adquirido derechos especiales, que sean superiores que son los especiales, privilegiados. 


Dios nuestro Padre, quiere tratar a todos con amor, con misericordia, quiere perdonar a todos los que llegan temprano en el día, como también los que llegan quizás al último momento de su vida. No nos toca a nosotros quejarnos o criticar o juzgar nada, más bien, nos toca a nosotros agradecer a Dios por su gran generosidad y su misericordia. Dios es generoso hermanas y hermanos. Dios no pone condiciones como si tuviéramos nosotros que trabajar tanto para merecer el amor de Dios, pues jamás lo vamos a merecer.


Dios nos ama con generosidad y nos pide simplemente que lo busquemos, que seamos sinceros y honestos, que vivamos conforme a lo que nos enseña y que vayamos aprendiendo también a vivir con este mismo espíritu de generosidad, de misericordia, y que seamos un poco menos exigente con los demás. Que no nos consideremos como los jueces que pueden criticar o condenar, sino más bien como hombres y mujeres que saben reconocer en el otro que ahí también está la imagen de Dios: En el inmigrante, en el indigente más pobre, en el que quizás está sucio, y no nos gusta cómo se presenta. Pues todos somos hijos de Dios y Dios nos ama a todos y quiere dar a todos lo que Jesús ya nos ganó, la salvación desde su cruz.


Dios es un Dios generoso de la recompensa gratuita. El Dios que no está obligado a darnos nada, pero es el mismo Dios que nos entregó todo, nos entregó a Jesús su hijo en la cruz. Jesús que dio su vida por nosotros. Abramos nuestro corazón a recibir una vez más este gran regalo. A ver si nosotros también podamos crecer en su amor y compartir con los demás esa experiencia, con generosidad y amor al otro.