Mons. Prevost: “Seamos nosotros esa voz que clama en el desierto”
En el segundo domingo de Adviento, compartimos la reflexión de monseñor Robert Prevost O.S.A., Obispo de Chiclayo y Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao.
La primera cosa que comparto con ustedes es una sencilla reflexión que viene de las palabras de la primera lectura. Palabras de Isaías, que como sabemos este profeta que anuncia la venida del Mesías que, para nosotros entendemos muy bien, la venida del Salvador, y cuánta esperanza ofrecía él a su pueblo y hasta el día de hoy a todos nosotros. ¿Y cuáles son estas palabras? Isaías dice citando a Dios, lo que Dios pide al profeta ‘Consuelen a mi pueblo, háblenle al corazón de Jerusalén, griten que se ha cumplido su condena y que está perdonada su culpa’.
Este consuelo que todos necesitamos en este tiempo, más que nunca en la vida de todos sus seres humanos. Mañana por la tarde tendremos una celebración especial aquí en la catedral para todos los que han fallecido, durante estos meses de la pandemia. La iglesia quiere ser esta presencia de Cristo, del consuelo de Dios en la vida de tantas familias que están sufriendo. Pienso también en tantas personas que han fallecido solas, porque sus familiares no podían entrar al hospital.
Los sacerdotes estaban prohibido entrar en aquellas zonas de los centros de salud, donde estaban los pacientes. Hoy gracias a Dios algunos sacerdotes han conseguido el permiso de visitar a los pacientes y brindar los sacramentos. Pero, durante largos meses estos pobres pacientes han sufrido y sentido profundamente el dolor de la soledad y muchos de ellos han fallecido. El Señor los tendrá en la paz, en la gloria.
Sin embargo, queremos ofrecer el consuelo a los familiares. A ellos queremos decir que el consuelo del Señor estará con ustedes y nosotros, todos como iglesia queremos estar presentes.
Sé que muchas veces personas se han acercado a sus parroquias en busca de sacerdotes y no han encontrado la posibilidad a uno que pueda visitar a sus enfermos. Comprendan por favor que nosotros también somos humanos, muchos de nosotros también tenemos que cuidarnos. Pero eso no quita el dolor y la tristeza de esas situaciones, donde las personas realmente necesitan los sacramentos de la iglesia, la gracia de Dios, la presencia de ese consuelo de Dios en los sacramentos, en la oración. Pido perdón a toda la comunidad, y al mismo tiempo invito a ustedes como invito a todos los sacerdotes a que vivamos con esperanza de que vayamos viendo que de hecho el Señor viene a salvarnos.
Este es el mensaje del Adviento, el Señor sí viene y viene con su poder y podemos confiar en él, confiar en el Señor no significa que podamos olvidarnos de las normas de bioseguridad. Tenemos que seguir cuidándonos, cuidando aquellas personas que son vulnerables que necesitan una atención especial.
El Señor nos enseña que podemos llevar adelante esta cruz, esta dificultad, todo el dolor, todo lo que significa vivir en estos tiempos de pandemia.
Los tiempos del profeta Isaías no son muy distintos al nuestro, pues había desánimo, soledad, tristeza, miedo; porque el pueblo había sido desterrado, lejos de Jerusalén, de su templo, su tierra. Es ahí que Dios dice: Consuela a mi pueblo, hablen a mi pueblo, al corazón. Eso significa estar con el que se siente solo, con el que sufre, con el que se encuentra en dificultades y aliviar su carga, calmar la inquietud, fortalecer su fragilidad, suavizar la angustia. De modo que pueda dividir con más esperanza y con más confianza.
El consuelo hermanos no elimina el dolor y tampoco no lo relativista, pero si ensancha la esperanza y fortalece la valentía para poder afrontar todo el dolor, el sufrimiento que uno tiene en su vida.
Hoy en el Evangelio hemos escuchado no sobre Jesús, sino Juan el Bautista, el más grande de los Profetas, el último de los profetas de aquel momento, en la historia de la salvación, que prepara la venida del Señor.
Esas palabras nos dicen san Marcos: ‘una voz que clama en el desierto, preparen el camino del Señor’. Clama en el desierto, pues ¿cuáles son los desiertos de nuestra vida?
Por supuesto en la naturaleza, pero también hay desiertos en nuestras ciudades hoy, desiertos creados, porque muchas veces las amistades, las relaciones humanas se han dejado, se han abandonado o se han destruido. Mucha soledad, otra forma de desierto, mucha indiferencia, mucho aislamiento. Ese también es el desierto donde tenemos que escuchar a ver quién va a gritar con esa voz profética.
Preparen el camino del Señor, el Señor va a llegar y a ustedes también. Hoy los que escuchan, los que escuchamos la Palabra de Dios. El señor nos pide también que demos testimonio, que seamos nosotros esa voz que clama en el desierto.
El desierto que quizás muchos tenemos en nuestro corazón y que se vuelve árido, apagado, sin esperanza. Quizá nosotros conocemos a personas que están viviendo también ese tipo de experiencia de desierto.
Llenamos el corazón con muchas cosas, con el teléfono, con el whatsapp, con películas, con tantas formas para ir pasando el tiempo; pero también en ese desierto, en el vacío pues tenemos que ir buscando al Señor que viene a darnos la esperanza.
El señor es el único que puede sanar nuestros corazones. Es Cristo que se apiada de los que sufren; y nos invita hoy a cada uno de nosotros a tener y a repartir esperanza en esta humanidad que sigue hambrienta, desorientada y muchas veces desilusionada.
Ahí está la invitación, el llamado de este tiempo de Adviento, el anuncio de la venida de Cristo a nuestra historia. Ese mismo llamado viene dirigido a nosotros, es el Señor que viene a enjuagar nuestras lágrimas, a vendar nuestras heridas, a invitarnos a todos a recibir este gran don de su consuelo.