•  

Mons. Robert Prevost celebró Misa en Honor al Señor de los Milagros

  1. Inicio
  2. Noticias
  3.  Mons. Robert Prevost celebró Misa en Honor al Señor de los Milagros
 Compartir  


El domingo 18 de octubre, Mons. Robert Prevost O.S.A., Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao, presidió la Santa Misa, en honor al Señor de los Milagros. La ceremonia fue transmitida desde la Catedral de Chiclayo.

Compartimos aquí su reflexión durante la homilía.


Hermanas y hermanos miembros de la hermandad Señor de los milagros, a los que nos acompañan en las redes sociales, a los que nos ven desde la Diócesis del Callao, muchas gracias por su fraternidad con nosotros, especialmente en este tiempo de la pandemia.
Quiero expresar en esta fraternidad en que vivimos, la tristeza, el dolor, el sufrimiento que sentimos todos a nivel mundial, a causa de la pandemia, de la imposibilidad de este año de realizar la procesión, de caminar con el Señor de los Milagros, por las calles de nuestra ciudad y de todos los rincones del país.


Pensar de verdad cuánto sufrimiento hemos sentido todos a causa de la enfermedad, pero los invito a no quedarse en el dolor y más bien, buscar precisamente en el gran milagro del amor que Jesucristo nos enseña desde la cruz.
El Señor de los Milagros, nos da la esperanza de que vamos a superar este tiempo, donde vamos a volver a la realidad de seguir celebrando la fe, caminando unidos. Pero, también cambiando distintos aspectos de la vida, como la falta de respeto a la naturaleza, a la casa común.  El evangelio nos invita a nuestra corresponsabilidad con lo que nos ha entregado el Señor.


Jesús nos dice claramente que el César y Dios no son  como dos autoridades de un mismo rango, semejantes. Evidentemente, es de Dios quien está encima de cualquier ser humano, sobre el emperador César, o cualquier autoridad del estado, cualquier individuo. Todo pertenece a Dios y nosotros como sus hijos y fieles, tenemos que dar a Dios lo que es de Dios.


El evangelio de Jesús, en ese sentido, de verdad puede iluminar y alimentar nuestra vida. Les invito a escuchar una idea de los padres de la iglesia de San Agustín y también de otros que nos ayudan a entender el evangelio que acabamos de escuchar:
“Hay que pagar al César la moneda que lleva su efigie y la inscripción del César. Hay que pagar a Dios lo que ha sido sellado con el sello de su imagen y semejanza. Nosotros hemos sido creados en la imagen y semejanza de Dios; somos nosotros las monedas, el tesoro de Dios.  
Nosotros llevamos en nuestro ser la imagen, el sello, la inscripción, no del César, sino de Dios y por tanto, cuando preguntan ¿qué debemos hacer?, pues nuestra primera responsabilidades es dar a Dios lo que es de Dios. 


Somos nosotros imagen de Dios y tenemos que dar nuestras vidas a Dios. Eso quiere decir entonces, que Dios merece un respeto que ningún partido político, ninguna ideología, ningún interés económico, puede pretender ignorar o suprimir. Es nuestra tarea como seres humanos y como seguidores de Jesús, defender y proteger esta moneda de Dios, la vida humana, el tesoro que es el ser humano.


Porque pertenecemos a Dios y a nadie más. No dar a Dios lo que es de Dios, significa y supone que muchos jóvenes inmigrantes, personas mayores, tengan que asumir contratos abusivos y horarios agobiantes para poder llevar algo de dinero a casa.
Pues no puede ser así, y nuestro respeto por los jóvenes, emigrantes, de los mayores, debe ser manifestación de que ellos también llevan el sello, la imagen de Dios en sus vidas. 


Muchas veces la fe se quiere arrinconar en el ámbito privado, o simplemente convertir en un acontecimiento folklórico de Dios. Es esas son cosas más bien del César y en dónde hay muchas distorsiones en la vida de fe, en las tradiciones hermosas que vivimos. Incluso, en esta grande e importantísima tradición de vivir como fieles devotos al Señor de los Milagros.


Tenemos que ver cómo vivir de verdad, en nuestro caminar diario, que es la verdadera procesión  que debemos promover. 
Hoy es también el domingo mundial de las misiones y quiero compartir lo que la Iglesia quiere de nosotros. 


Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Tenemos una vocación personal y esta vocación viene del hecho que somos todos hijos e hijas de Dios. 
Somos todos hijos de la iglesia en la familia, hermanos y hermanas en esa caridad de Jesús. Es importante que esta fiesta del Señor de los Milagros que estamos celebrando durante todo este mes, el mes morado, sea un tiempo de conversión y que sigamos creciendo en este compromiso de ser miembro de una familia. La familia donde ha nacido y comparte la fe en Dios.

 

El amor, esta relación unos con otros, que ya es elemento esencial en la sociedad de hoy. Sin embargo, cuánto sufre la familia por muchos ataques que vienen de distintos lugares.

Tenemos que vivir está dignidad, reconociendo que todos hemos recibido una vocación divina ser hijos de Dios, para vivir la conversión y por medio de los sacramentos para vivir en la iglesia. Continuando la misión que Jesús nos ha encomendado, anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos.

 

Queremos pedir en modo muy especial hoy día por los misioneros, las misioneras, por todas las misiones de la iglesia, la misión doméstica en la familia, como también las misiones a otros lugares. Para que sea de verdad la continuidad de lo que Jesús ha entregado a nosotros.

Comparto una reflexión que viene de una carta que el Papa Francisco ha escrito a los peruanos en solidaridad y fraternidad con nosotros por todo lo que estamos pasando, en el marco del mes morado.

 

El papa dice: en este día del 18 de octubre, en el mes morado, día de la tradicional procesión con la imagen del Señor de los Milagros. Me dirijo para elevar oraciones al crucificado, implorando su misericordia y el cese de la pandemia que aflige también a esta querida tierra. Todo el mes de octubre está marcado por la especial veneración al Señor de los Milagros, Jesús crucificado fijo e inmóvil en la cruz, no por la fuerza de los clavos; sino por su amor infinito. 

 

Es la prueba más linda de Dios hacia el amado pueblo peruano. Se muestra como el silencioso, sale al encuentro de su gente para darle vida y consuelo y abarcarlo en el abrazo de su misericordia.

Durante 332 años, el pueblo de Dios, unido a sus pastores, ha acompañado al crucificado con devoción y esperanza en el largo cortejo para las vías de la capital.

 

Este año la procesión no podrá salir por las calles, pero esto no impide que el Señor realice el milagro de llegar a los millares de corazones bien dispuestos, que con fe sencilla continúen recorriendo junto con sus hermanos y hermanas. Jesús, sigue compartiendo la incertidumbre y el sufrimiento de todos, especialmente, de los más pobres, excluidos y descartados.

 

Me conmueve pensar en las duras pruebas que tantos hermanos y hermanas nuestros deben enfrentar a causa de este virus, que no solo afecta a la salud, sino a nuestras vidas, aumentando las injusticias, los sufrimientos, las incomprensiones que golpean, su dignidad personal, sin distinción de pertenecía religiosa. Ante la consternación y la sensación de impotencia que golpea a todos, sin acepción de personas, me gustaría animarlos a mirar una vez más al Señor, Él no nos abandona; nos llama y nos abraza con un amor infinito que nos cura, nos conforta y nos salva.

 

El papa concluye diciendo, les aseguro mi oración y cercanía espiritual y mientras los confió a la misericordia del Señor de los Milagros y al cuidado maternal de la Virgen de los Dolores. Les imparto la bendición apostólica, como signo de abundantes gracias divinas; y por favor les pido que no se olviden de rezar por mí.

 

Francisco, el Santo Padre nos acompaña con su bendición y su oración. Pidamos también por Él con el mismo nos pide; y pidamos a Dios que seamos fieles a esta vocación que hemos recibido. Seamos de verdad imagen y semejanza de Dios en nuestras vidas en las en todos los rincones de nuestro país