Mons. Robert Prevost: “Dios es el alfarero, y quiere seguir remodelándonos”
Compartimos la reflexión de este I Domingo de Adviento durante la homilía de la Santa Misa, presidida por Monseñor Robert Prevost O.S.A., Obispo de Chiclayo y Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao. “Qué les digo a ustedes se lo digo a todos, estén vigilantes”. Con esas palabras Jesús nos invita a empezar desde ahora, en este camino de adviento, preparándonos para la venida del Señor.
Parece increíble ha llegado este primer domingo de Adviento y ya estamos mirando hacia el tiempo de Navidad, tiempo del Señor y también preparándonos para la segunda venida de Cristo. Cristo está por venir y eso puede causar mucha alegría a nuestro corazón, es también una oportunidad para preguntarnos, si de verdad estaremos preparados para su llegada.
El Adviento es tiempo de esperanza, pero muchos están en luto. Debemos vivir este tiempo con un sentido de anticipación, de alegría por la venida de Cristo. También es importante que demos una mirada a nuestro corazón, para ver cómo estamos nosotros en nuestras familias en este tiempo.
Después de tantos meses de la pandemia y conscientes de la realidad en la cual nos encontramos, muchas personas no se sienten tan alegres. Algunos se sienten quizás pesimistas, otros preocupados, tristes, viviendo con dudas y con temores. Y a ellos también Cristo quiere invitarles a caminar unidos en la iglesia.
A ver si no se puede despertar nuevamente ese aspecto de la esperanza y la anticipación tan importante en nuestra vida humana. Mucho tiempo en la pandemia puede tener ese efecto de hacernos perder el temor frente a esta enfermedad. Por un lado parece que los números de infectados vayan bajando, pero en parte es porque a veces faltan las pruebas y los números oficiales no reflejan la realidad.
Otros quizás por tanto tiempo y tantas dificultades y usando la expresión que hemos escuchado en la primera lectura, se encuentra con el corazón endurecido; y ya no tiene la sensibilidad necesaria para ver y conocer la realidad que estamos viviendo.
Cómo podemos responder, pues un corazón duro es el que no procura comprender lo que ocurre. Serán tan duro de corazón que no pueda ver y no puede sentir. Porque hay personas que se enfrentan a la realidad, pero con sus ideas fijas, con cierta seguridad absoluta de que ellos tengan la verdad y los que no están de acuerdo con ellos son sus enemigos.
Ese sí es un corazón duro. Un corazón duro es el que se pone como en las rocas, se encierra en sí mismo para que nada ni nadie le hiera. En cuanto a nuestra fe ¿Quiénes son los que realmente temen a Dios? Pues temen a la pobreza, a la falta de trabajo, al contagio del virus. Otros a la soledad o a la crisis económica, a la muerte.
Pero ¿Quién teme a Dios? Para algunos Dios se ha quedado muy lejos y ahora no saben hacia dónde caminar. No saben dónde buscar; y ese ese pesimismo, esa falta de esperanza, puede hacer que se endurezca el corazón. Para ellos también es este tiempo de adviento, tiempo para renovar la esperanza y nuestra confianza en Dios, pidiendo que nos ayude a abrir los ojos y el corazón para ver las señales de nueva vida e indicaciones que puedan renovar nuestras vidas.
Lo que el profeta Isaías propone para su tiempo, puede servir para el nuestro: “la más pesimistas de la situaciones puede convertirse, desde la fe, en un llamado a la esperanza, a la resistencia, a la conversión”, a un auténtico cambio de vida. La desesperanza, el pesimismo, el desánimo nacen cuando nos olvidamos de Dios, cuando estamos lejos de él. Porque consideran que todo está exclusivamente en nuestras manos. Cuando actuamos así, por nuestra propia cuenta, no hayamos salida.
El profeta Isaías responde a esas situaciones recordándonos que Dios es siempre fiel y que está presente en toda circunstancia.
San Pablo, nos dice además, Dios es fiel y nos sigue llamando a participar en la vida de su hijo.
Aunque aseche el pecado, los fallos, los fracasos, el desánimo, la desesperanza, la tristeza; no olvidemos jamás que Dios es nuestro padre. Por grandes que sean nuestras equivocaciones, por mucho que nos hayamos alejados e él. Dios no deja de ser lo que es. Dios es nuestro Padre y nos ama.
Dios es el alfarero, y él quiere seguir remodelándonos. Nos toca a nosotros, cambiar todo aquello que no ha funcionado.
La esperanza no es solo un optimismo, no consiste solo en decir “Ojalá llegue la vacuna”, que de hecho será una buena noticia. Pero la esperanza la podemos encontrar en el cambio, en mejorar nuestras vidas, en responder mejor a la voluntad de Dios y en el mundo que él ha soñado para todos.
El mejor remedio para este nuestro corazón endurecido, y la mejor receta para cada uno cuando está buscando nuevos signos de esperanza está en la oración.
Quiero invitarte a retomar esta dimensión de la vida cristiana, de vivir una vida de oración, de rezos, pero mucho más de relación con Dios, disponernos a una fiel escucha. Pues por la oración podemos despertar nuestro corazón dormido.
La oración del Padre Nuestro, nos anima a buscar la voluntad de Dios para nuestra vida, ir dejando que la Palabra de Dios llegue a nuestro corazón, como la lluvia que cae sobre la tierra, haciendo fecundo nuestro corazón, nuestra vida estéril, nuestro mundo sin esperanza. Es la oración que nos ayudará a ver el mundo con los ojos de Dios, para ir poniendo ternura, misericordia, comprensión, alegría, esperanza, solidaridad, paz, allá donde no lo haya.
Debemos empezar desde nuestra propia familia, los que tienen hijos, casados, y los que viven solos, a ver en las relaciones humanas que llevamos, ver cómo renovar esas dimensiones de nuestras vidas y obras de caridad.
Es la oración que seguirá dando valentía a tantos comprometidos, con quienes más sufren: los hambrientos, los emigrantes, los que viven en extrema pobreza. Que hará surgir corazones generosos, que quieran poner toda su vida al servicio del Evangelio del Señor. Es la oración que nos ayudará a poner una palabra distinta en el mundo frío donde se pierde el respeto por la dignidad de cada ser humano.
Una oración que nos impedirá dejarnos arrastrar por la fiebre de comprar, y comprar. Tantas veces hemos visto que este tiempo de preparación, se convierte en un tiempo comercial, donde muchos dice que “hay que gastar más porque viene la Navidad”. Quizás este año más que otros, con todas las dificultades económicas que muchas familias están pasando, será el momento para que nos demos cuenta de lo que verdaderamente es importante, de cara a nuestra preparación para esta Fiesta.
Unas palabras del Papa Francisco, quizás nos pueden ayudar a vivir este tiempo: “Ven, Señor Jesús, te necesitamos. Acércate a nosotros. Tú eres la luz: despiértanos del sueño de la mediocridad, despiértanos de la oscuridad de la indiferencia. Ven, Señor Jesús, haz que nuestros corazones distraídos estén vigilantes: haznos sentir el deseo de rezar y la necesidad de amar… Rezar es encender una luz en la noche. La oración nos despierta de la tibieza de una vida horizontal, eleva nuestra mirada hacia lo alto, nos sintoniza con el Señor”.
“La oración permite que Dios esté cerca de nosotros; por eso, nos libra de la soledad y nos da esperanza. La oración oxigena la vida: así como no se puede vivir sin respirar, tampoco se puede ser cristiano sin rezar… Y hay mucha necesidad de cristianos que velen por los que duermen, de adoradores, de intercesores que día y noche lleven ante Jesús, luz del mundo, las tinieblas de la historia”.
Las palabras que hemos mencionado hoy en la oración colecta, antes de la primera lectura pues avive en tus fieles Señor el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene acompañados por las buenas obras. Que estas palabras inspiren en nosotros, la respuesta de los auténticos discípulos de Jesús, viviendo acompañados por nuestras buenas obras. Que renazca en nosotros ese deseo de salir al encuentro de Cristo.