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Mons. Robert Prevost: “Mejoremos nuestras relaciones fraternas en nuestras comunidades y familias”

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Compartimos la reflexión de Monseñor Robert Prevost O.S.A., Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao, durante la Santa Misa de hoy domingo 6 de setiembre.
Hermanos, hoy como siempre el Señor nos da su bendición y nos ilumina con su Palabra para nuestro caminar.  
Para muchos de nosotros, nuestra formación en la fe nos ha enseñado a preocuparnos por nuestra relación con Dios.  En la oración, en la preparación para los sacramentos, especialmente en el deseo y la necesidad de participar, de vivir el sacramento de la penitencia y reconciliación con el señor.   En nuestras devociones, en la participación en distintos grupos. Nuestra relación con Dios ha sido lo principal,  pero hoy las lecturas nos invitan a pensar también y como algo igualmente importante, en nuestra relación con nuestros hermanos y nuestras hermanas.
En la palabra de Dios la preocupación por la relación entre hermanos, siempre ha sido muy grande, principal se puede decir. Desde aquel acontecimiento entre el Caín y Abel.
Esa palabra de Dios nos invita a pensar cuál debe ser nuestra relación con nuestros hermanos; los hermanos de sangre en la familia, pero también como hermanas y hermanos en la comunidad cristiana.
Encontramos en el texto del Evangelio de hoy de san Mateo, esa ocasión cuando Jesús habla precisamente de la relación entre hermanos y hermanos en la comunidad.
Jesús nos enseña que la relación de los discípulos de Jesús, no es sólo hago de importancia en cuanto a ser seguidores de Jesús, sino también y muy importante cómo vivimos los unos con los otros. Cómo vamos a vivir esta relación a ser todos discípulos de Jesús, todos misioneros, todos con una corresponsabilidad.
Pero ¿Cómo vivimos nuestra relación de hermanos y hermanas? Encontramos en este texto algunas indicaciones importantes que Jesús quería enseñar a sus seguidores.
Cómo debemos vivir en este mundo. Ese texto que forma parte de lo que es el cuarto discurso en el Evangelio de san Mateo. Es conocido como el discurso comunitario. Es decir, vivir como discípulos de Jesús, como hijos de Dios. Eso también implica que seamos de verdad comunidad, que no podemos vivir a solas como cristianos, sino que Cristo mismo nos llama a ser sus discípulos, a vivir como hermanos en él, con él.
Este texto muestra la actitud fundamental que debe existir en la comunidad, recordando siempre una gran misericordia de Dios Padre. Una misericordia que Dios ofrece a nosotros, pero que también quiere que nosotros ofrezcamos unos a otros.
Entonces encontramos en el Evangelio de san Mateo un modelo de comunidad, una comunidad de hermanos en la que no existe división, no existen distinciones por clase social, donde se dejan de lado prejuicios y privilegios. Donde nadie es quién manda y otros que tienen que obedecer como esclavos; sino más bien donde hay esa unidad de hermanos y donde todos juntos todos unidos buscan seguir a Jesucristo.
La igualdad entre hermanos entonces, la participación de todos los hermanos es fundamental. Algo que buscamos vivir también hoy en nuestra experiencia de iglesia, en nuestras parroquias, en nuestras diócesis. Cristo nos llama vivir en comunidad como hermanos y nos invita a participar en una iglesia que es comunión con él. 
A veces algunos de nosotros hemos tenido experiencias donde, por ejemplo, en un grupo o en movimiento, entre dos o tres hermanos, hay algunos roces y no sabemos buscar la reconciliación, vivir con esta misma idea o valor de la misericordia.
Entonces el grupo se divide. Todos amamos a Dios decimos, pero mejor que estemos divididos. Me parece muy contradictorio a lo que Jesús nos enseña, por qué Jesús nos anima a unirnos, nos anima ayudarnos mutuamente a crecer y a ser mejores personas. 
Jesús en este evangelio y nos llama a aprender y a practicar el perdón, y el perdón desde el amor. Este texto es muy conocido porque presenta un modelo de lo que es la corrección fraterna. Jesús dice si tu hermano peca llámale la atención a solas, no públicamente, en el principio no creando grandes escándalos, sino buscando este diálogo tan importante y si te hace caso dice, has salvado a tu hermano.  Si no te hace caso llama a otro, uno o dos para que todo el asunto fue confirmado por boca de dos o tres testigos. Después de esto, sólo se fuera necesario ir también a nivel de la comunidad.
Hablando de corrección fraterna, san Agustín en un momento dice, antes de corregir primero tienes que amar a tu hermano. La corrección no debe nacer desde la cólera, que estamos molestos, sino por un auténtico amor, el deseo de vivir la reconciliación y ayudar al hermano a corregir sus errores.
Pues desde ese amor fraterno nace una auténtica preocupación, y dónde podemos de verdad ayudar al hermano. Por eso, Jesús manifiesta esta preocupación por la comunidad, que es la misma preocupación por toda la iglesia. Pero, también a nuestras comunidades pequeñas, de nuestras parroquias, los grupos de oración, movimientos, y también en la familia.
Qué triste es que a veces entre hermanos, entre esposos, padres con sus hijos, tampoco hay este amor, esta comprensión, esta capacidad de diálogo. Jesús nos llama también y quizás sobre toda la familia, pues es ahí donde nace la iglesia, la iglesia doméstica.
La familia que debe ser esta comunidad, testimonio de amor, donde también tenemos que aprender a perdonar, a pedir perdón, a ser un poco más humildes, a buscar cómo vivir con gratitud. Tantos meses que estamos viviendo en este tiempo de la pandemia, muchas personas con su salud, quizás dificultad de personas vulnerables por la edad, viviendo la soledad, o dos o tres personas viviendo en la misma casa, viviendo juntos durante tanto tiempo, creándose dificultades, propios de la convivencia. Ahí, si no tenemos la humildad y la capacidad de diálogo, se va a romper este vínculo fraterno que debe ser parte de toda comunidad cristiana. Porque la auténtica comunidad de Jesús no está formada por buenos y malos, no es algo donde alguien dice yo soy mejor, entonces va a ser así; donde uno debe perdonar y nadie más; donde uno habla y nadie más; donde uno es juez y nadie más. 
Nuestras comunidades de nuestras familias tienen que ser formados por hermanas y hermanos que creen en Jesucristo, que se respetan y quieran unos a otros, que saben ayudarse mutuamente. Por eso, el encuentro fraterno es tan importante. A buscar cómo trabajar unidos, para ponernos de acuerdo, para buscar las mejores soluciones y no pensar que hay un sí y un no en todas las cosas. Sino más bien saber ceder un poco y permitir que el otro también tenga razón.
La oración es importante para fomentar una auténtica vida comunitaria. Porque con la oración aprendemos a vivir también en confianza. Nos sentimos amados y queridos por Dios y cuando oramos juntos, cuando hay una comunidad que ora, también crece entre los miembros de la comunidad, de la familia, esos mismos vínculos de amor.
Por eso san Pablo, lo que escuchamos en la segunda lectura nos puede decir: a nadie le deba nada nada, más que amor, porque el que ama a su prójimo ya tiene cumplido el resto de la ley. San Agustín dice algo muy parecido con una frase que todos conocemos, pero no siempre  entendemos: “Ama y haz lo que quieras”.
Porque si uno realmente ama, jamás hará daño a su prójimo, a su hermano, al otro. Todos los mandamientos, dice san Pablo se resumen en esta frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Sería muy bonito que esta semana nos dediquemos a ver cómo podemos mejorar las relaciones fraternas en nuestras comunidades, familias y los grupos. También, a través de las redes sociales podemos comunicarnos, pedir perdón si es necesario. Buscar cómo superar aquel obstáculo que quizás nos están poniendo aún más distancia en estos tiempos del distanciamiento social.
Que el señor llene nuestros corazones con su amor con el don del perdón y con la reconciliación y que aprendamos todos a vivir, como miembros de la comunidad de Cristo, todos unidos como hermanos llenos del amor de Dios.