Mons. Robert Prevost reflexiona acerca de la nueva encíclica del Papa Francisco “Fratelli tutti”
Hoy domingo 4 de octubre, en la Solemnidad de San Francisco de Asis, Mons. Robert Prevost O.S.A., Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao, durante la Santa Misa, reflexionó acerca de la nueva encíclica del Papa Francisco “Fratelli tutti”. Compartimos aquí el íntegro de la homilía.
El evangelio de hoy, y los tiempos en que estamos viviendo, especialmente desde este tiempo de pandemia, nos llaman a pensar también en nuevas y creativas formas de ser misioneros. También, a través de las redes sociales, sabiendo que todos podemos poner de nuestra parte para que el anuncio del Evangelio siga como prioridad de la Iglesia.
Con la ayuda del Papa Francisco vamos a reflexionar un poco más sobre ese punto, pero quiero comentar muy brevemente las lecturas que acabamos de escuchar.
En la primera lectura encontramos al profeta que muestra al pueblo de Israel, en una época en la que el abuso de los poderosos produjo grandes escándalos e injusticias, y grandes diferencias sociales. Encontramos ahí, esta figura de la viña; y como nos dice el Salmo Responsorial, el pueblo de Israel era esa viña, que se había olvidado de su relación con Dios. Su alianza, su fidelidad de la acción de Dios en el pueblo de Israel. Dios que salva, Dios que libera y por el pecado, por la indiferencia y abandono de su fe, de esta alianza, se han dejado llevar muy lejos.
Entonces, en la lectura escuchamos a Isaías, que canta el nombre de su amigo, el canto de su amigo por su viña y presenta a Dios como aquel que ha cuidado a Israel su viña. Luego, en el evangelio Jesús habla en términos muy reales por su tiempo, que pueden ser también los nuestros. En el tiempo de Jesús es muy común que, un dueño era un extranjero, que no vivía en Israel. Alquilaba sus tierras a unos labradores y trabajadores. Después de un cierto número de años, cuando la viña empieza a dar fruto, ya se podía buscar cómo cobrar la renta. Normalmente, a partir del quinto año, según la ley, el dueño de las tierras podía empezar a exigir el pago de su porción, su parte. Así se hacían los contratos en este tiempo, pero vemos la injusticia, la maldad de sus labradores, que hasta piensan en matar al hijo del dueño de la viña.
Jesús dirige su palabra muy fuerte y su crítica a los sumos sacerdotes del pueblo, a los fariseos y a los jefes de Israel. Quiere anunciar que Dios va a pedir cuentas a su pueblo. Entonces explica que a los primeros enviados, que serían los profetas sufrirían la violencia que está descrita en forma de lapidación, de persecución.
Y con la misión de Jesús se pone en evidencia el último intento realizado por Dios, el dueño de la viña envía a su propio hijo. Es la última oportunidad que tienen los labradores a vivir la conversión, a cambiar su mente, su corazón, su forma de actuar.
Así vemos que en el Evangelio, subraya la gravedad del rechazo de Jesús, es un rechazo a Dios en la persona de su hijo, de su enviado. Un rechazo que en el caso del Evangelio sucede en esta forma de querer matar al hijo del dueño de la viña.
Hoy en día, quizá un rechazo por la indiferencia, por el abandono, igual que el pueblo de Israel por la falta de lealtad y fidelidad a Dios, a su alianza.
Pero como sabemos en la historia de la vida de Jesús, la última palabra no es la muerte del profeta, sino la intervención de Dios. Dios siempre se hace solidario con los que son fieles. Jesús, hijo de Dios nos ofrece una vez más la vida, la liberación, si queremos de verdad comprometernos con él.
La iglesia como pueblo de Dios está llamada a continuar la Misión del hijo de Dios, anunciando la justicia, rechazando toda forma de injusticia, invitando, dando testimonio a todos para que la justicia de Reino de Dios reine también en este mundo.
La viña, este mundo, la tierra que el Señor nos ha dado, no es nuestra y tampoco los frutos. Todos somos servidores, no somos propietarios, sino más bien estamos llamados a servir. En ese sentido, también nuestra vocación misionera significa que tenemos que buscar la manera de continuar el anuncio de la Buena Nueva, el anuncio de la Palabra de Dios.
Ayer, el Papa Francisco hizo su primer viaje fuera de Roma desde que empezó la pandemia. Podemos decir que el Papa también es misionero. Viajó al pueblo de Asís, donde vivió y falleció su patrono san Francisco de Asís. Hoy en su fiesta, 4 de octubre, celebró una Eucaristía en la tumba de santo.
Al final de la misa, el Papa firmó una carta encíclica, escrita para todos nosotros, a todos los hombres y mujeres del mundo. Tiene por título, en italiano, citando de San Francisco: “Fratelli tutti” (hermanos y hermanas todos).
Quiero compartir una reflexión sobre esta carta, donde el Papa Francisco nos invita a todos a descubrir una nueva actitud, de ser hermanos y hermanas, todos. Hermanos entre cristianos, no sólo hermanos entre los amigos y amigas, no sólo hermanos entre católicos, sino de ser hermanos universales.
El Papa invita a lo que él llama la amistad, la fraternidad y la amistad social. Y dice que Dios es amor universal; y en tanto ser parte de ese amor, estamos llamados todos a la fraternidad universal. En esa apertura no hay “otros”, ni “ellos”, sólo hay “nosotros”.
Queremos con Dios y en Dios un mundo abierto sin muros, sin fronteras, sin excluidos, sin extraños. Para ello tenemos que tener un corazón abierto.
Eso es muy importante en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, porque tantas veces encontramos a excluidos, miramos al extranjero, quizás con ojos distintos. Creemos en nosotros, pero no en ellos. El Papa nos llama a todos a vivir como hermanas y hermanos todos nosotros unidos.
Invita a pensar en la política que, este año que viene, sería importante reflexionar sobre lo que buscamos también en nuestras autoridades.
Nos invita al diálogo diciendo que es el camino para abrir el mundo y construir la amistad social. El diálogo, no la guerra, no la discusión o el odio. El diálogo que es importante en la familia, entre esposos, y padres con sus hijos.
Pues, también a nivel de la sociedad, que muchas veces entra en conflicto, tenemos que aprender más y más a dialogar. Con respeto, buscando consenso, buscando siempre la verdad, el bien común. Pero, no basta con esto, nos dice que tenemos que enfrentar la realidad de las heridas del desencuentro, establecer y recorrer en su lugar caminos de reencuentro. Eso también puede ser una nueva forma de pensar en ser misioneros; poder encontrarnos todos como hermanos.
Hay que curar las heridas y restablecer la paz. Necesitamos audacia y partir desde la verdad, partir de ese reconocimiento de la verdad histórica.
Perdonar no es olvidar, el conflicto en el camino hacia la paz es inevitable, pero no por ello es aceptable la violencia. Por ello, la guerra es un recurso inaceptable y la pena de muerte, una práctica que debemos erradicar.
También habla de las distintas religiones en el mundo y llama a todos diciendo que las oraciones están llamadas a servicio de la fraternidad en el mundo, desde la apertura al Padre de todos, reconocemos nuestra condición universal de hermanos: todos hijos e hijas de Dios. Y no es el camino como cristianos, como católicos, pues nos lo enseña el evangelio. El manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el evangelio de Jesucristo, de ahí surgen nuestras acciones y compromisos.
Este camino de fraternidad tiene para nosotros también una madre, nuestra madre se llama María. Ante los pedidos por las sombras de un mundo cerrado que yacen al lado del camino. Y en la carta hay una reflexión muy hermosa del Buen Samaritano, donde el Papa nos pregunta ¿Con quién o cual de los personajes nos identificamos?
Quizás desafiándonos a no pasar de largo, de preocuparnos de verdad por el hermano herido, caído. Francisco nos llama a ser nuestra esa misión y a operar el deseo mundial de fraternidad, que parte de reconocer que somos "fratelli tutti", somos hermanas y hermanos todos. Que renovemos nuestro compromiso de ser misioneros y que aprendamos anunciar la Buena Nueva, reconociendo que todos somos hermanas y hermanos en Cristo.
Para leer la encíclica completa acceder AQUÍ.