Mons. Robert Prevost: “Si no somos prójimos, ¿cómo vamos a servir?”
Compartimos la reflexión de Monseñor Robert Prevost O.S.A., Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao, durante la Santa Misa del domingo 27 de setiembre.
Hoy el Evangelio, Jesús pone esta pregunta sobre quién hizo la voluntad del Padre: ¿El que dice no, no quiero, pero después recapacita y va; o el otro que dice sí padre, sí voy a ir, pero después no va? Y pregunta Jesús ¿Quién hizo la voluntad de su padre? Pues evidentemente el que dijo que no, pero después fue. Pero eso tampoco es lo que realmente quiere el Señor. Lo mejor es decir sí y hacerlo.
Una cosa que muchas veces falta a nuestra experiencia de vida, personal, comunitaria, en nuestras autoridades políticas, en muchos lugares; es esa coherencia de la palabra. No queremos promesas que no se van a cumplir y tampoco queremos mentiras, pretextos, excusas. Este tiempo de la pandemia también nos sirve mucho para que nos demos cuenta de la importancia de la coherencia entre palabra y la obra; entre mí sí y mi actuar.
Eso tiene que ver a todo nivel, también cuando hablamos del tema dentro de esta jornada de los migrantes y refugiados que celebramos este año, con el lema: “Como Jesucristo obligados a huir”.
Es importante reconocer que a pesar de muchas huidas y dificultades, queremos encontrar en la iglesia un lugar de refugio, de ayuda, donde se manifiesta la misericordia de Dios, donde se vive lo que es auténticamente la justicia de Dios, no la justicia de los seres humanos.
Hemos escuchado en la primera lectura y también hemos repetido en el Salmo Responsorial “Recuerda Señor que tu misericordia es eterna”. Cuánto necesitamos su misericordia.
Podemos pensar en la realidad en que vivimos en el Perú con el tema de la migración. Han llegado sólo desde Venezuela, en los últimos años, más de 800 mil migrantes venezolanos. Somos el segundo país después de Estados Unidos con el mayor número de solicitudes de refugio. Sólo en la región Lambayeque se podría calcular alrededor de 15 mil personas con quienes compartimos nuestro territorio.
Pero Jesús pide mucho más, no es suficiente compartir un territorio. Tenemos que aprender más a acoger, a recibir, a ser generosos. El Papa para el día de hoy ha preparado un mensaje muy hermoso y quiero sólo compartir algunas frases de esta 106 jornada mundial del emigrante y del refugiado.
Nos propone primero que es necesario conocer para comprender. El conocimiento es un paso necesario hacia la comprensión del otro. Jesús lo enseña en el encuentro que todos conocemos de Cristo resucitado con los discípulos en camino hacia Emaús.
San Lucas dice mientras conversaban y discutían. Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Cuando hablamos de los emigrantes, los limitamos con demasiada frecuencia a números, pero no son números, son personas. Y cuando los vemos ¿tenemos de verdad un deseo de conocerlos? ¿Reconocemos que son personas que tienen una historia para comprender? Hay que conocerlos, y eso aún con más dificultad en ese tiempo de la pandemia. Hemos vivido un elemento constante en la vida de los migrantes, de los desplazados, que causa mucho sufrimiento.
Después el Papa propone esta frase “hay que hacerse prójimo para servir”. Parece algo obvio dice, pero a menudo no lo es. De nuevo citando el Evangelio de san Lucas, nos hace recordar al Buen Samaritano y pone la frase “Pero un Samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él, y a verlo se compadeció, acercándose le vendó las heridas echándoles aceite y vino y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuido.
Muchas veces los miedos, los prejuicios, nos hacen mantener distancias con otras personas. Nos impiden muchas veces acercarnos como prójimos; y si no nos acercamos, si no somos prójimos, ¿cómo vamos a servir?
Acercarse al prójimo significa estar dispuestos a correr riesgos, como nos han enseñado también tantos médicos, enfermeros, personal sanitario, en los últimos meses. Es estar cerca para servir, más allá del estricto sentido del deber.
El ejemplo más grande nos lo dio Jesús, cuando lavó los pies de sus discípulos. Jesús, como dice la segunda lectura, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Tomó la condición de esclavo ¿cuánto nos cuesta, cuánto es difícil de verdad?
Luego, el Papa dice para crecer hay que compartir. Aquí hay un desafío grande para todas nuestras comunidades, parroquias, diócesis. Para la primera comunidad cristiana, la acción de compartir era uno de sus pilares fundamentales. En los Hechos de los Apóstoles leemos; el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
Dios no quiso que los recursos de nuestro planeta beneficiarán únicamente a unos pocos, eso no es del Señor. Sin embargo, más y más, en muchos lugares del mundo encontramos, precisamente estos pocos que tienen muchísimo y la actitud que también nace en los corazones de nosotros. Muchas veces a pensar en lo mío, lo que yo pueda tener, que nos crea tanta dificultad para compartir, pero precisamente esta dificultad en compartir es un obstáculo a vivir una auténtica experiencia de comunidad.
También con los migrantes que son nuestros hermanos, hermanas. Pues estamos llamados a compartir. Estamos llamados acompañarles, a acogerles, proteger; a promover una auténtica experiencia de comunidad, sin mirar nacionalidad, color de la piel, religión; tantas otras cosas que muchas veces nos separan.
Yo quisiera en este momento agradecer a muchísimas personas e instituciones que nos ayudan a vivir la experiencia de compartir, que ayudan a la iglesia a dar una mano, muchas veces quizás muy poco, pero que sirve muchísimo para ayudar especialmente a las personas más necesitadas. Cáritas, Movilidad Humana, muchas familias, comunidades y movimientos vienen ayudando en esta tarea. Hay congregaciones religiosas, la empresa privada, personas que generosamente están acompañando y compartiendo para disminuir los efectos de la pandemia. Socialmente, están ayudando a esta población de migrantes tan vulnerables.
Hermanos como iglesia estamos respondiendo al llamado del Señor de construir una sociedad más humana y más justa, donde nadie es excluido.
Pidamos al Señor que nos ayude a vivir según este ejemplo de Jesús, con su enseñanza de humildad y generosidad. Aprendiendo a conocernos para compartir, conocernos para crear de verdad comunidades humanas, donde nadie sufra necesidad, donde todos nos sintamos hermanas y hermanos.
Gracias de nuevo a los que apoyan estás iniciativas y que el Señor fortalezca, ayude a todos nosotros a ser testimonio de su amor en el mundo.