•  

Monseñor Robert Prevost: “La pandemia del coronavirus nos obliga a comprender hoy de otro modo la vida y la fe”

  1. Inicio
  2. Noticias
  3.  Monseñor Robert Prevost: “La pandemia del coronavirus nos obliga a comprender hoy de otro modo la vida y la fe”
 Compartir  


Continuando con las reflexiones que cada domingo ofrece nuestro Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao, Monseñor Robert Prevost O.S.A., publicamos aquí parte de la homilía ofrecida el domingo pasado, XIII del Tiempo Ordinario.

“Hermanos y hermanas, hemos vivido ya más de cien días de este periodo de emergencia sanitaria con sufrimiento y con muchos fallecidos, pero aún seguimos celebrando con fe el misterio de la presencia de Jesucristo entre nosotros.

Tenemos que ser nosotros signo de esperanza, especialmente ahora, que poco a poco, según las últimas disposiciones del gobierno, nos están invitando a volver a abrir, vamos a poder salir; pero tendremos que hacerlo con mucho orden, mucha responsabilidad, porque el contagio aún está presente.

Ser cristiano también significa ser responsables. Significa saber escuchar, saber vivir según la Palabra de Dios, según la fe respetando la vida y defendiendo la salud. Si empezamos en este contexto, podemos leer la Palabra de Dios y preguntarnos qué es lo que Jesús nos pide a nosotros hoy. Las palabras de Jesús en el Evangelio son palabras bastante exigentes. Quizá alguno quisiera pasar página del Evangelio de este domingo, porque es más fácil ser cristiano a nuestro modo y no desde la Palabra de Dios.

Si escuchamos, sabemos que la Palabra de Dios puede desafiar nuestra forma de pensar y de actuar. Las palabras de Jesús hoy nos sorprenden por ese lenguaje duro, por sus enseñanzas. “El que quiera más a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que no carga con su cruz no es digno de mí”. Esta es claramente la exigencia radical de Jesús, su doctrina no cabe en la lógica humana, es una doctrina que afecta en cuerpo y alma al discípulo, quien es el que quiere escuchar a Jesús y no le pone condiciones.

San Mateo nos hace saber la urgencia del Evangelio, que invita a dar la vida, a perder la vida. Perder la vida por Jesús y su Evangelio significa encontrar la vida, ganarla. Este es el proyecto de Jesús. Entonces, en este contexto, podemos preguntarnos ¿cómo debe ser la vida como discípulos de Jesús, qué significa ser iglesia profética, responsable en este tiempo?

Propongo en primer lugar que toda la situación que estamos viviendo, escuchando el Evangelio, escuchando a Jesús nos pide a nosotros un cambio de mentalidad. Hemos visto en estos meses que quizá aquellas cosas que teníamos muy claras en nuestro corazón han pasado a segundo lugar, no han podido venir a participar de la misa, sin embargo, siguen siendo cristianos, seguimos siendo una comunidad de fe. Mientras que Jesús nos dice que todas esas cosas son importantes, también es importante a aprender a amar, a aceptar las pruebas en la vida, a defender la vida y la salud, acompañar a los que sufren, ser solidarios y vivir la caridad.

No toda nuestra vida católica y cristiana se satisface simplemente asistiendo a las misas los domingos, al contrario, Jesús que vino a servir, no vino para ser servido, también nos dice a nosotros que al final de los tiempos nos va a preguntar: cuando tenía sed ¿me diste de beber?, cuando tenía hambre ¿me diste de comer?

Todo lo que sucede es un gran desafío para nosotros, a veces hay desafío hasta en nuestra conciencia, porque nos han formado de otra manera y ahora la iglesia nos está enseñando cosas muy diferentes, respondiendo a las exigencias que vienen, no como castigo de Dios, sino como realidad en el mundo que vivimos. Mas bien como resultado del pecado del ser humano, de la destrucción del medio ambiente, de tanto daño que hemos hecho.

La pandemia del coronavirus nos obliga a comprender hoy de otro modo la vida y la fe y quizá no volveremos jamás a la normalidad de antes. Quizá a partir de aquí vamos a ver con ojos muy diferentes una nueva normalidad, una nueva forma de ser y tenemos que ser escuchando la Palabra de Dios, escuchando la exigencia de Jesucristo, quizá tenemos que cambiar nuestra mentalidad sobre cómo se debe vivir. No debemos comprender este problema como una anécdota pasajera o sin importancia. Es un desafío que nos abre un horizonte humano para pensar las cosas de otra manera, para inventar una forma distinta de vivir y, como bien ha dicho el Papa Francisco, nos corresponde a todos enfrentarla comunitariamente, en solidaridad y con responsabilidad creadora.

Otra cosa que podemos aprender de este tiempo es que todos tenemos algo que dar, algo que contribuir, algo que podemos hacer. Vemos que Dios siempre elije a los que son los más pequeños, a los que son nada en el mundo y con los pequeños nos ayuda a comprender otra realidad, empezando con el valor del ser humano, de la vida humana. No de las riquezas ni las posesiones materiales, sino cada ser humano por su dignidad, hombre y mujer creado en imagen y semejanza de Dios. Dios muchas veces elije al más pequeño para servir en su reino. Dios eligió a David como rey, porque era el último, el que sobraba. Dios muchas veces elige al que no tiene apariencia ni presencia.

Es también tiempo para vivir las obras de la misericordia. En todo este tiempo hemos visto en los médicos, enfermeras y enfermeros, los trabajadores sanitarios, los que han tenido que vivir y trabajar con los enfermos ayudándoles, acompañándoles, incluso a los que no lograron recuperarse, pues vivir el dolor de un fallecido con la imposibilidad de acompañarlos en sus últimos días.

Hemos visto que todos y cada uno puede hacer algo. Empezando con la oración, viviendo con la Palabra de Dios en casa, reunidos como familia, escuchando lo que Jesús nos quiere decir, aprendiendo a compartir mejor, buscando ayuda en las cosas pequeñas e insignificantes.

Luego, creo que todo este tiempo nos ofrece una oportunidad para descubrir nuevas dimensiones para lo que significa ser iglesia, ser testigos, dar testimonio de solidaridad, escuchar la Palabra de Dios y sentirnos convocados por la Palabra a hacer una iglesia solidaria.

Quisiera en esta reflexión pedir a todos como cristianos y católicos, a nuestra Diócesis de Chiclayo, a la Diócesis del Callao que hagamos de este tiempo un momento de preparación, en nuestras casas, sabiendo ya que la normalidad anterior no va a volver. Tenemos que preocuparnos, porque la nueva normalidad, que será diferente, nos ayude a eliminar las indiferencias, aquellas faltas de solidaridad, la falta de cuidado, de delicadeza; que nos ayude a eliminar la corrupción, esas aptitudes tan tristes que han causado también en este tiempo en muchos lugares la pérdida de mucho dinero con una diferencia hacía los hambrientos, los mas pobres. Hay que aprender a eliminar el maltrato y violencia. Distintas cosas que suceden incluso dentro de la familia, en los barrios, en la sociedad y hasta en la iglesia.

No podemos regresar a la normalidad que está contaminada por estas cosas. No regresaremos jamás, debemos crear una normalidad nueva, llena de servicio, del cuidado del uno al otro, de preocupación, del orden necesario para defender la salud.

Por último, invito a todos a pensar en la importancia de comprender la vida como interpelada por la situación y por los otros, sabiendo comprender los problemas profundos que nos plantea y convertirlos en desafíos, porque en medio de ellos está llamándonos el Señor.

Jesús, cuando nos habla en el Evangelio sobre tomar su cruz y seguirlo, está hablando de ahora, en esta situación. Ahora que aún no podemos celebrar la misa dominical aquí en la catedral, tampoco en nuestras iglesias, pues si nos reunimos, podrías llegar a mas contagios. Necesitamos una forma de ser cristianos en espíritu y en verdad como testigos que nos permita vivir nuestra fe en la vida cotidiana profundamente, guiados por el Espíritu Santo en una forma más flexible y creativa, quizá algo menos rígida, vivir nuestra vida en que seamos capaces de escuchar la Palabra de Dios, sentirnos inspirados por Él para poder responder a los desafíos de este mundo.

Ánimo, hermanos, que el Señor los bendiga, que sigamos caminando juntos con el distanciamiento social, confiando en Dios y siempre siendo signos de esperanza.