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P. José Nazario: “Señor, si tú me llamas, adelante”

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A sus dieciocho años, el joven José Nazario Ayala ya tenía una vida planificada: terminar su carrera de mecánica textil, sacar su título, casarse, tener hijos y probar suerte fuera del país. Veintiséis años después, el hoy Pbro. José Nazario lleva una vida dedicada, en sus palabras, a la Nueva Evangelización de la Iglesia en la Parroquia “Santa Teresita del Niño Jesús” de la Urb. San Fernando de la Diócesis del Callao. 
 
En esta entrevista conoceremos la historia de un joven que nunca pensó en optar por la vocación sacerdotal y que, luego de un encuentro personal con Dios decide convertirse en sacerdote. 
 
 
¿Cómo se da su primer encuentro personal con Dios?
 
He visto como Dios ha tenido una pedagogía especial conmigo. Mis padres son católicos, casados por la Iglesia, ellos nos inculcaron los sacramentos del Bautismo, Primera Comunión y la Confirmación. A los 18, con la carrera de mecánica textil casi acabada, mi madre me obligó, digamos, a entrar a la Iglesia. Ahí empieza una historia de salvación conmigo. Ahora, veo a Dios detrás de todo esto, porque era una persona que vivía creyendo que era dios de su vida, que lo podía todo. Cundo conocí la Iglesia, me dijeron: “Dios te ama” y mi primera reacción fue de rechazo, dije: “Eso es mentira, porque si Dios me amará, mi historia fuera otra, sin sufrimientos”. Sin embrago, se quedaron en mi corazón esas palabras. Hice mi Confirmación y dije: ¿Y ahora qué?”. En la Parroquia “San Agustín” de Sarita Colonia, estaba el Padre Miguel Ranera y nos invitó a perseverar en los grupos juveniles. Me inserté en un grupo, pero no porque tenía fe o creyera, sino porque había algo dentro de mí que me decía que Dios me llamaba a algo más grande. Había en particular un grupo que se llamaba “San Pablo”, sólo de varones que trabajábamos, y estudiábamos. El padre nos invitó a hacer una acción pastoral de ayudar a niños de familias en alto riesgo de la zona. Eran familias con problemas de drogas, alcohol, padres separados, violencia. Esto me impactó, los visitábamos y recuerdo que el padre nos decía que sólo digamos y les recordemos que Dios los ama, estar y jugar con ellos. Y creo que eso fue lo que me enganchó, el querer vivir como misionero, anunciando el amor de Dios a los necesitados y vivir en la precariedad en la medida de lo posible. 
 
¿Y es en este grupo en el que suscita su vocación sacerdotal?
 
Yo nunca pensé en la vocación pero como perseveraba en el grupo, una vez el padre me dice: “Tú tienes pasta para ser sacerdote”.  Le dije: “No, lo mío es el matrimonio”. Me escapé ese año, pensado que lo mío no era eso y tuve mi enamorada. Entonces veía, el sufrimiento y la pobreza de estos hermanos que visitábamos, no como un escándalo, sino como un medio que ayuda al hombre a encontrarse con Dios. He visto esta pedagogía de Dios conmigo, pasaron dos años y otra vez, el sacerdote me vuelve a decir, y mi respuesta fue “No, tengo que ayudar a mi familia y sacar mi título”. Siempre escapándome de Dios, ya tenía 20 años, quería casarme y mi gran proyecto era formar una familia, irme del Perú y hacer mucho dinero por otra parte. Pero veo como mis planes, no son los planes de Dios. 
 
 
Entonces ¿En qué momento decide dar el sí?
 
A los 21 años, cuando Dios pasa por mi vida. Me sentía entre la espada y la pared. En ese tiempo, fui una noche a hablar con el entonces diácono Martín Saavedra, hoy sacerdote. Le dije: “… quiero que me hables del matrimonio. Estoy confundido”. Él sabía que yo tenía una inquietud. Cuando terminó de hablar sobre el matrimonio, me dijo: “Todo lo que te he hablado sobre el matrimonio, en el sacerdocio es lo mismo, sólo que tu esposa será la Iglesia y te dará hijos concretos en diversos lados al crecer en la fe. En los dos vas a sufrir, a pasar precariedades. Tú decide”.  En la Parroquia del Rosario se juntaban los seminaristas, las hermanas consagradas, matrimonios y comencé a perseverar los domingos. Decidí cortar con mi enamorada y le dije que lo mío era otra cosa. Pero, me fui al norte para estar sólo con el Señor y decidir. Dije: “Si el Señor me llama ser sacerdote, pondrá su manera”. Allí comencé a trabajar, no iba a la parroquia y hui de lo que Dios me llamaba. Entonces, el fallecimiento de mi abuelo, marca mi historia y mi familia se enteró que estaba allí, me llamó para rezar porque sabían que yo iba a la parroquia. Mientras más rezaba el rosario algo que me decía: “Esto es lo tuyo”. Al día siguiente, en la misa de mi abuelo, en la Eucaristía mi corazón latía a mil por horas y de nuevo algo me decía: “Esto es lo tuyo”. Me acerqué a la imagen de la Virgen del Carmen y le dije: “Tu hijo me llama, tú me has invitado, estoy dispuesto a seguir”. Regresé a Lima y volví a mi parroquia, entonces el primero de enero me acerqué a hablar con el Padre Miguel Ranera y le dije si creía que podía ser sacerdote. Yo pensé que me iba a rechazar, porque fueron tres años que me había invitado y había dicho que no. Me dijo que empezara al día siguiente, ya tenía mis cosas listas porque estaba preparado. Fui le dije a mi madre, claro mi madre se opuso. Y e recuerdo que el 2 de enero del 97, salí de casa. Hablé con mi mamá y me dijo: “Si, sales no regresas”. Eso me marcó mucho, soy el mayor de cuatro hermanos y siempre me creí el dios de mi familia. Entonces, el 2 de enero empiezo a hacer la experiencia del pre vocacional en la Parroquia del Rosario para entra al Seminario “Corazón de Cristo”. A partir de ahí dije: “Señor, si tú me llamas, adelante”.  Hasta ahí no entendía que había que hacer un pre vocacional y al año siguiente, el 5 de abril nos invitaron a entrar al seminario. 
 
¿Cómo inicia su vida como seminarista?
 
Esto fue un paso de Dios, porque ni bien entre, el primer día que llegué, el hoy Padre Jhony Alarcón me pregunta: “Y, ¿Eres feliz?”. Me quedé con la boca abierta y asentí, dije sí. Y esta es una pregunta que siempre me ha acompañado en mi vida. Mi madre me decía: “Hijo, lo que te haga feliz”. Y fue lo que le dije: “Mamá siempre nos has dicho que hagamos lo que nos haga felices y esto es lo que me hace muy feliz”. Entré muy contento al seminario a vivir una vida comunitaria, rezar y estudiar. En realidad, nunca pensé que había que estudiar para ser cura, filosofía y teología. No soy muy bueno en los estudios pero el Señor me ha ayudado. Gracias a Dios ha habido hermanos concretos, mis formadores, padres espirituales, maestros y tantos hombres en el seminario que me ayudaron en mi formación. Como el seminario, albergaba seminaristas de otras diócesis y arquidiócesis, veía esa diversidad y me alegraba. Todos con el deseo de ser santos, pero con nuestras precariedades como seres humanos. 
 
Cuéntenos del inicio de su presbiterio
 
Inicié con mucha alegría y miedo a la vez en lo que era la Capilla Divina Misericordia, como diácono y luego como sacerdote. En mi ordenación se creó lo que es la Parroquia San Martín de Porres, en un pueblo joven, una realidad muy precaria, necesitados todos de Dios. Había cuatro capillas en su jurisdicción y había que correr para atender a todas ellas. La misión fue bastante dura al principio, porque había que animar y ayudar a la gente, acercarse a algunos sectores, pero Dios ha proveído en todo ese tiempo.  
 
En marzo de 2017 asume la administración parroquial de la P. Santa Teresita del Niño Jesús ¿Cómo tomó este nuevo cargo y qué nos puede comentar de la realidad de su jurisdicción parroquial? 
 
Siempre he estado dispuesto a ir donde Dios me mande, a través de mis obispos. Y en el Callao, nuestro actual obispo siempre nos anima a salir, dentro del Callao y al mundo. Esta parroquia ha sido una alegría para mí, asumí el cargo dos días antes de mi aniversario sacerdotal y la recibí como un regalo, una gracia. Con muchas expectativas y muchos miedos, porque nos soy mejor que nadie. Lo único que sé es que Dios nos ama mucho y que necesitamos conocer la verdad del amor de Dios. Y seguir los lineamientos del Papa francisco y el obispo, la caridad, el servicio, el amor, la educación y la evangelización. Esta es una obra de Dios, han pasado muchos sacerdotes haciendo mucho bien. La realidad de esta zona es que estamos entre una urbanización y un asentamiento humano, entonces siempre va a haber diferencias entre los hermanos, pero cuando entra Dios, todo lo transforma. Esta zona ha sido considerada como zona roja, cuando visitaba las comisarías los policías me lo decían. No me he escandalizado, más bien me he puesto a rezar. Y con el Pbro. Manuel Briceño que me acompaña desde que el obispo nos dio esta parroquia, estamos saliendo juntos, animando a los grupos e ir anunciando que Dios es nuestro Padre y ha puesto a dos sacerdotes en este tiempo para acercarlos hacia Dios, que no venimos a cambiar nada, sino que venimos a fomentar la fe y a que puedan crecer en ella. 
 
¿Qué necesidades pastorales urgen en su parroquia?
 
Sobre todo, el contacto o la cercanía. El Papa Francisco dice que no olvidemos a las ovejas, que tengamos olor a ovejas, y en mi experiencia, más que se amolden a mí, es yo hacerme a ellos, acercarme sin perder mi identidad como sacerdote y lo que la Iglesia me ha dado. As, mostrarles la belleza del amor de Dios, y hasta ahora animamos y formamos a la gente, visitamos las casas, los colegios y salimos a las plazas. Y esta parroquia va saliendo hacia adelante, gracias a todos los que colaboran dentro de la parroquia y los de fuera. Lo que necesita esta parroquia es el encuentro personal con los pastores y nuestras realidades. Hemos visto también la precariedad humana y anunciado el amor de Dios, en medio de sufrimientos, porque más que darle cosas, es darle una Palabra de Dios. Y continuamos con la evangelización y el fortalecimiento de los grupos parroquiales. 
 
¿De qué manera afianza el trípode del obispo en su parroquia?
 
En la parroquia tenemos un equipo de Cáritas, desde donde ayudamos a trece familias permanentemente y a todas la que vienen por ayuda. Cada grupo parroquial envía a dos integrantes que hacen el servicio de visitar estas familias, rezar con ellas y predican el amor de Dios. Estas familias están empadronadas y todo lo que Dios provee se les da, porque es de ellos. En el tema de la educación, hemos ubicado cuatro colegios de la zona, particulares y estatales, y a dos grupos parroquiales le he encomendado la evangelización, anunciando el kerigma durante 10 minutos. Para navidad, hicimos las “posadas”, tocábamos las puertas en una teatralización de María y José,  en lo condominios que tenemos cerca y la gente lo recibió muy contenta, muy agradecida. La gente ve que los sacerdotes están con ellos. Siempre animamos a los jóvenes, la primera vocación es ser cristianos. Lo que nos hemos dado cuenta y nos preocupa, es que aquí hay un miedo al matrimonio. Entonces, hablamos mucho con los jóvenes, varones y mujeres, sobre este sacramento, a no tener temor de hacer la voluntad de Dios y tomar una decisión.
 
¿Cómo resumiría usted estos años de trabajo pastoral frente a esta parroquia?
 
Si resumo estos tres años, son de amor y fidelidad de parte de Dios, que nos ha puesto al Pbro. Manuel y a mí, hombres débiles con muchas precariedades para que de Él sea la gloria. Ahora, nuestro reto es que Dios siga teniendo misericordia de nosotros, que nos conceda su Espíritu Santo y seguir al Papa, con una Iglesia nueva en su ardor y predicación. 
 
¿Qué retos considera que enfrenta la Iglesia del Callao?
 
Todos somos débiles, el gran reto es dar una palabra de vida eterna a todos. Todos los hombres necesitamos de Dios, seas sacerdotes, abogado, periodista, ama de casa. Tenemos que salir de nosotros mismos y anunciar el amor de Dios a tiempo y a destiempo. Ese es el gran reto, salir, no quedarnos en nuestra zona de confort. El Callao necesita que se le anuncia la fe, la Buena Noticia. No necesitamos más policías o más  cámaras, lo que necesitamos es que los padres sepan que Dios los ama y que les ha dado unos hijos para amar y cuidar, y los hijos que sepan que Dios le ha dado unos padres para que se sientan amados y protegidos. 
 
¿Desea compartir un mensaje final con sus fieles?
 
Quiero animar a la feligresía a dejarse amar por Dios, abrirse a esta dimensión porque Él quiere hacer algo grande en sus vidas, familias y matrimonios. Nada está mal hecho, Dios ha permitido muchas cosas, todo para nuestro bien. Debemos encomendarnos siempre a Dios y no tener miedo a dejarse amar por Él.