Padre Juan Meneses: “Mi vocación fue definitiva, no dudosa, quise arriesgar y me lancé a todo”
Juan Albert Meneses Balcón nació en el departamento de Puno, creció con el aymara como lengua materna y se crio en medio de las cosechas y el ganado que producía su familia. Con 30 años de edad recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo del Callao, Monseñor José Luis del Palacio, y es hoy, un nuevo sacerdote para la Iglesia chalaca y universal. En esta entrevista, comparte con nosotros el itinerario que lo llevó a descubrir su vocación. ¿Cómo se da tu primer acercamiento con la Iglesia?
En primer lugar, no creía en Dios. Mis dioses eran la santa tierra, el apu y la pachamama; heredado por parte de mis abuelos. Y es por la enfermedad de mi madre que viajo a la provincia de Azángaro para concluir mis estudios de secundaria. Allí conocí a Dios, mediante los compañeros de clase que asistían a la parroquia del lugar, me insistían que vaya a participar del coro o como monaguillo.
¿Cómo fue atravesar la enfermedad de tu madre a temprana edad?
De esta manera, yo no he tenido un padre presente, nunca me he criado con él. Me he criado con mi madre y mi hermano que me lleva 10 años. A mi madre le diagnosticaron cáncer a los intestinos y epilepsia, los doctores la desahuciaron, me cargué con todas las responsabilidades por un tiempo. Éramos productores de ganado y teníamos cosechas, vivíamos de ello. No nos esperábamos la enfermedad de mi madre y mi hermano empezó a sentar cabeza, decidió estudiar y dedicarse al trabajo de la familia. Pero, como existían unas riñas entre mi hermano y yo, mi mamá decidió separarnos, a mí me envió a estudiar a otra provincia y él se quedó en Puno.
Este es un cambio radical en tu vida porque empezabas una vida independiente muy joven ¿Cómo fue vivir esto?
Tenía 14 años aproximadamente y empecé a vivir sólo. Mi madre se quedaba conmigo dos días y luego regresaba con mi hermano o podía quedarse tres días y volver después de un mes. Teníamos una casa allí y el colegio quedaba sólo a media cuadra. Estudiaba casi todo el día, de 8 a 1, después de 3 hasta las 7. Día y noche estaba ocupado. Ese colegio no tenía nada que ver con la Iglesia, el director nos preguntaba mucho sobre qué queríamos ser de adultos y algunos decían médicos, ingenieros y otras carreras; por ello, decidió descartar el curso de religión y otras materias afines. En ese momento, mi meta no era ser cura, yo deseaba ser ingeniero civil, veterinario o médico.
En este particular contexto ¿Cómo descubres tu vocación?
A través de la invitación de un amigo de este colegio que me dijo: “Juan, nunca me has hecho un favor”. Y era verdad, este compañero venía a casa y me ayudaba a ser la limpieza, nos criamos como hermanos, éramos muy amigos. Venía a casa sólo para estar presente y acompañarme porque estaba solo. Tenía mucha razón, nunca le había hecho un favor. Él deseaba ser sacerdote y me invitó a un retiro. Acepté, le dije que yo lo acompañaba. Recuerdo que sólo me fui con una casaca, un par de zapatillas y nada más, no sabía ni a qué íbamos. Llegué al seminario y había por lo menos 54 chicos que nunca había visto. Resultó que mi compañero no llegó a ir porque su madre lo encerró en su habitación y hoy en día es un padre de familia que tiene tres hijos y vive en el Cusco.
¿Cómo viviste ese retiro?Me quedé sólo por dos cosas: la confesión que no sabía que era, si hice el bautismo y la primera comunión fue porque mi madre estaba muriendo y autorizó a mis padrinos para que ellos lo hicieran; pero no sabía más. Y porque sentí que me devolvieron la dignidad cuando me dijeron: “Juan Meneses, alcánzame esa Biblia”. Pensé ¿Quién es Juan Meneses? Nunca me habían llamado por mi nombre y apellido, sólo por mi apodo que era “ratón” porque era el más pequeño. Me sentí único y que no había otra persona igual a mí, así me empecé a enamorar de la Iglesia y es así como sigo perseverando a lo largo de este tiempo. Me quedé allí un año y luego, por problemas familiares tuve que salir, cuando quise regresar no me quisieron aceptar, no pregunté el motivo. Me fui llorando y por designios de Dios, acabé en la Parroquia Señor de los Milagros de Zarumilla, donde estaba como párroco el Padre Sergio Díaz, conversé con él y estuve apoyándolo por dos años. Es él quien me invita al pre seminario del Callao.
Y así empieza, de alguna manera, una nueva oportunidad para discernir tu vocación
Si, venía los fines de semana desde Puno para asistir sólo a las actividades del pre seminario. Muchas veces sólo venía para hacer un partido de fútbol y regresar. Viví así por casi todo un año. Entonces, entré nuevamente al seminario en el 2009 y la primera etapa de estudio la hice en el seminario de Arequipa. Cuando Monseñor José Luis asume el ministerio episcopal nos mandó llamar y desde ese momento, regresamos al Callao y he concluido mis estudios.
¿Cómo tomó tu familia esta decisión de vida?
Al inicio no lo aceptaron, les costó cinco años aceptar que yo entre a un seminario. Mi madre había arriesgado tanto por mí, me había puesto en los mejores colegios, puso mucho esfuerzo y dedicación en mí. Cuando le dije que entraba al seminario, no lo aceptó. Me quiso sacar del seminario y se enteró que no fui al examen de ingreso a la universidad, mi hermano la llamó a preguntar por mí. Me buscaron en la morgue, el hospital, comisarías y el último lugar que fueron fue a la parroquia y el párroco les dijo que estaba en el seminario. Mira, mi vocación fue definitiva, no dudosa, quise arriesgar y me lancé a todo. Esto le costó mucho a mi mamá, hay una parte del evangelio en que nos dicen que vendamos nuestros bienes y se los demos a los pobres. Cuando tomo esta decisión, la casa que mamá me había heredado la doné a la parroquia. Eso no le gustó y renegó mucho. Es un signo de Dios que mi madre hoy lo acepte y entienda.
¿Qué enseñanzas y momentos recoges de tu formación?
Sigo formándome, no es que sienta que haya acabado. Lo veo y lo necesito. Han pasado 11 años y no he sentido el paso del tiempo, siento como si concluyera mi primera semana de formación. No me lo creo, veo que es un milagro, porque Dios ha vencido todos mis miedos y limitaciones; mi lengua natal no es el castellano, sino el aymara, y por motivos de trabajo también aprendí el quechua.
Dentro de formación, fuiste enviado a Israel, cuéntame sobre esta experiencia

Hace dos años me enviaron a Israel, llegué asustado porque era otro idioma y cultura, y era la primera vez que salía del país. Me fui adaptando como un niño que necesita ayuda y poco a poco fui aprendiendo, sufriendo pero me ha valido. En cuento a la lengua, el hebreo y el árabe fueron entendibles para mí, porque se asemeja muchísimo al quechua y aymara. Aprendí mucho y en Israel he visto como Dios me ha consolado y me ha confirmado en la fe. En el seminario conocía a Dios por los estudios, pero al llegar a Tierra Santa, siento que lo he podido conocer personalmente. Todo lo que había estudiado lo tenía en la cabeza pero también tenía muchas dudas sobre si verdaderamente existía la tumba o si eran hechos. Me he sentido como Tomás, he tocado, he estado y he creído. Ha sido una respuesta muy clara para confirmar mi vocación y que Dios me llama.
¿Cómo te encuentras hoy frente a tu ordenación sacerdotal?
Me he dejado llevar por el Señor en este tiempo y veo que hay signos que manifiestan la presencia de Dios. Mi comunidad me ha ayudado muchísimo, no estoy solo, si bien mi familia está en Puno, mi familia espiritual está aquí. Me siento muy acompañado y estoy tranquilo frente a la ordenación. Y espero algo que Monseñor siempre nos ha dicho: dejarme llevar. No tengo ningún plan o una decisión de estar en un lugar. A donde me manden, iré. Dispuesto a lo que Dios decida.