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Mons. Prevost: “Jesús nos invita a su reino, pero nos pide una respuesta personal”

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Compartimos la reflexión de monseñor Robert Prevost O.S.A., Administrador Apostólico de la Diócesis del Callao, durante la homilía de la Santa Misa del domingo XXXII del Tiempo Ordinario (8 de noviembre).
San Pablo, en la segunda lectura nos dice: ‘consuélense mutuamente con estas palabras’; y de verdad encontramos ese consuelo y esperanza en el mensaje de Jesucristo, que nos ofrece la vida eterna; y nos invita a levantar la mirada y mirar más allá. Para saber que todo no termina en esta vida, que nos espera el reino de Dios.


Al mismo tiempo Jesús, después de esta parábola de las 10 muchachas; las 5 prudentes y las 5 necias, nos dice también que estemos preparados, porque no se sabe ni el día ni la hora.


Estamos en el mes de noviembre, la reflexión de este domingo también nos invita a continuar lo que hemos vivido es domingo pasado, fiesta de todos los santos y luego la fiesta de todos los difuntos.


Quizás algunos de ustedes han acompañado la celebración de la Santa Misa que se realizó en la Plaza de Armas en Lima con todos los obispos de la zona de Lima y Callao, queriendo recordar y encomendar al Señor, las almas de tantas personas, más de 10,000 que han fallecido sólo en Lima y Callao, durante estos últimos meses por la pandemia.


Queremos renovar nuestra fe en Jesucristo, en su Palabra y nuestra fe en la vida eterna.  Vemos aquí que hay una gran diferencia entre la persona que tiene fe, la persona que cree y la persona que no tiene fe,  que no cree. Diferencia entre quién espera y el que no espera.
San Pablo escribe a los Tesalonicenses, lo que hemos escuchado en la segunda lectura: ‘no queremos que ustedes ignoren la suerte de los difuntos, para que no se aflija como lo que no tienen esperanza’. Es la fe en la muerte y resurrección de Jesucristo, la que nos marca de verdad en un momento decisivo.


Igual San Pablo dice a Los Efesios que antes de recibir la Buena Nueva, estaban sin esperanza y sin Dios en el mundo. Aquí hay una verdad muy grande, muy importante y lo vemos hoy en día en tantas situaciones en la sociedad en que vivimos. Si quitamos a Dios, si quitamos a Cristo, el mundo vuelve a caer en el vacío y es la oscuridad.


Y cuánto es importante renovar nuestra fe y ofrecer a los demás el testimonio de la fe; precisamente para encontrar el sentido, el verdadero sentido de la vida.


El evangelio de hoy es una parábola que conocemos muy bien, que habla de esas diez muchachas que fueron invitadas a una fiesta de bodas. La boda en la escritura es símbolo del reino de los cielos de la vida eterna.  El banquete de bodas es una de las imágenes más usadas para expresar esa plenitud del reino de Dios, que espera a todos los que tenemos fe. Es una imagen feliz con la que Jesús nos enseña una verdad, que nos debería hacer reflexionar.


De esas 10 muchachas, 5 entran en la fiesta, porque a la llegada del esposo, esa 5 las prudentes, las sabias tienen aceite para encender sus lámparas. Pero las otras cinco se quedan fuera, porque por algún motivo no han llevado aceite. 
Esas diez muchachas de la parábola serían las amigas de la novia, que representan a los fieles que esperan la venida del Señor, y el señor es el novio.  En la parábola entre las muchachas que esperaban al novio, un grupo son de las necias y las otras las sensatas. Mateo considera sensata a aquella persona que escucha el mensaje de Jesús y lo pone en práctica, lo pone por obra.


Mientras que la necia es la que conoce mensaje de Jesús, pero no lo práctica. Esa actitud de las muchachas prudentes que encontramos en esta parábola hoy, parece casi cruel, algo egoísta. ¿Por qué no querían compartir su aceite?, pero Jesús quiere decirnos algo diferente. Nadie puede tomar de ti, tu responsabilidad de vivir bien tu vida, según la Palabra de Dios, según la voluntad de Dios. Y hablando de exigencias Jesús nos dice muy claro, que no vas a poder resolver la ausencia de fidelidad en tu vida pidiendo aceite a alguna otra persona.
El aceite y la lámpara encendida significan aquí algo muy personal, algo que Dios mismo da y que es algo que no puedes transferir, por decirlo así, a otra persona. Entonces, hay hoy día una llamada, una invitación a la propia responsabilidad, precisamente porque sabemos que el Padre nos invita a la gran fiesta.


No se trata de que ilumine nuestra lámpara con el aceite de otro, hay una responsabilidad que cada uno tiene que asumir.


La calidad de la vida depende del camino realizado, depende de lo que realmente hacemos en la vida, con el don del aceite, el don de la fe, del amor, que Jesús mismo nos ofrece. Él nos invita a todos, pero espera nuestra respuesta; una respuesta que podemos ofrecer con responsabilidad.
Hay otro aspecto de esta imagen del aceite que algunos Padres de la Iglesia subrayan en sus reflexiones sobre este pasaje de la escritura. ¿Qué representa este aceite tan necesario para poder entrar a la fiesta de la boda? San Agustín ve en ese aceite ese símbolo del amor. El amor que Dios nos ofrece,  por el don que nosotros mismos tenemos que saber recibir aceptar y cultivar. El don del amor que puede de verdad cambiar nuestra vida y a través de nuestra vida llegar a los demás.


Solo cuando vivimos en el amor de Dios podemos comprender lo que significa ser invitados a la boda, a esta fiesta que a final de la vida, es la fiesta de la vida eterna.
Cuando Jesús nos convoque para el juicio final, ¿cómo nos encontrará, cómo vamos a presentar lo que hemos hecho en esta vida? San Mateo en el capítulo 25 nos relata un poco cómo se va a realizar este juicio final y será según el amor, el amor practicado en esta vida. Jesús pregunta ¿cuándo tuve hambre me diste de comer? y ¿cuándo tuve sed me diste de beber? Este es el amor que tenemos que encontrar para que tengamos las lámparas encendidas. Este es el amor que Cristo nos dona, que Cristo ha derramado en nosotros, pero que pide que nosotros también lo compartamos con los demás.


Quien cree en este don del amor, quien cree que Dios es amor, tendrá dentro de sí una esperanza, una fe muy grande, una lámpara encendida que también ofrece luz a otras personas y así podemos llegar a la gran fiesta de la vida eterna.
Hermanos y hermanas, Jesús nos invita a su reino, pero nos pide una respuesta personal, la falta de preparación podría implicar la exclusión de la fiesta. Estar preparados significa tener siempre presente a Cristo, significa comprometernos con su causa  en esta vida todos los días y al final de estos días poder decir que hemos sido fieles discípulos suyos, que hemos querido seguir a Jesús a donde quiera que vaya; y que de verdad nosotros también estaremos preparados siempre por la gracia de Dios, siempre con este don que Dios mismo nos ofrece. Estaremos preparados para ese encuentro verdadero y final con Jesús mismo, con el Señor que ha venido a salvarnos.